ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 22 marzo, 2019 at 20:23

Valerio Magrelli: La vicevida y las poéticas ventajas de viajar en tren

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Hoy vamos a hablar de trenes y de estaciones de ferrocarril en este Odradek de los viernes. Y voy a hacerlo por dos motivos: el primero es por esa fascinación que ejercen los ferrocarriles en los escritores, algo que desde siempre me ha mantenido hipnotizado, y el segundo motivo, el más importante, es por la publicación de un libro de gran belleza lírica que contiene hermosas reflexiones sobre el asunto. Me refiero a La vicevida: trenes y viajes en tren, escrito por el poeta italiano Valerio Magrelli y publicado por Kriller 71 ediciones. Se pone en marcha el tren literario de Achtung!

En efecto, los escritores siempre nos hemos sentido poderosamente atraídos por esa poética de los trenes que posee una mística especial. En muchas ocasiones me quedo como atontado contemplando las vías, que se pierden en una larguísima recta que termina con una curva apenas perceptible, cuando estoy en los andenes de la estación de Torrelodones.

Yo he sido de esa generación que se recorrió Europa en Interrail hace ya casi 30 años, y muchos de los mejores recuerdos que tengo, y sensaciones, están asociadas al tren. Por eso, al leer el libro de Valerio Magrelli, he visto que somos coincidentes en gran parte de las percepciones. Se puede afirmar que los escritores compartimos un imaginario ferroviario común.

Antes de proseguir, quiero atender al título del libro: La vicevida. Es muy interesante, porque el autor mantiene que la vicevida es aquel momento en el cual nos encontramos esperando otra cosa. El viajero del ferrocarril se encuentra, en ese instante, de camino a un sitio, con el deseo de llegar a destino. Esos intervalos en los que:

más que vivir, esperamos vivir, o mejor dicho, vivimos en espera de otra cosa (…) Son los momentos en los cuales actuamos como vehículos de nosotros mismos. Es lo que llamaría la vicevida”.

Mientras aguardamos a algo, realmente no lo estamos viviendo; de lo anterior se deduce que nos comportamos en esos momentos como sumidos en un tiempo de espera latente, larvario, en fase de pupación. Y esta idea resulta más comprensible cuando Magrelli añade como instantes de vicevida a:

la burocracia y a la enfermedad (entendida como“burocracia del cuerpo”)”.

Ambos, burocracia y enfermedad, son dos momentos aterradores, pero el detalle de la enfermedad entendida como burocracia del cuerpo, como algo que nos mantiene a la espera insoportable de un resultado que será la curación o la muerte, es una idea brillante que anuncia que tipo de reflexiones, pensamientos y analogías, nos brindará este poeta suspicaz e inteligente en el libro. Un libro que, por otra parte, y tiempo es ya de decirlo, es de narrativa, o al menos de ese tipo de narrativa delicada y sensible, con gusto por fijarse en la naturaleza diminuta de algunas cosas y mostrarnos el asombro descomunal que se desprende de ellas.

Solo un observador con sentido lírico puede construir un texto conformado de pequeños textos que son como apuntes del natural, punzadas impresionistas apoyadas en todo tipo de elementos ferroviarios. Desde la tristeza de los pasos a nivel, las cantinas de las estaciones, la palanca del freno de emergencia o el silencio en los compartimentos. De todo ello extrae Magrelli una imagen que nos llega con fuerza, que nos transmite la mirada del autor y que consigue hacerla nuestra.

Al fin y al cabo, todos hemos viajado en tren, y ahora, con la lectura de La vicevida, percibimos con mayor intensidad algunos detalles pretéritos de nuestros trayectos gracias a la forma en que Magrelli los coloca delante de nosotros que, como lectores —y a menudo se habla de la lectura como un viaje— nos desplazamos por las páginas de La vicevida asistiendo a la sorpresa de algunas de las reflexiones y sintiéndonos completamente identificados con ellas.

Magrelli consigue algo bien complejo, establecer una empatía con el lector, que también se ha visto reflejado en la ventana del compartimento mientras veía, fugazmente, el desfile del paisaje (o bueno, no tan fugazmente, según de que desesperante tren se trate). El cristal ejerce de “médium” con dos propiedades: mostrar el paisaje y, de repente, el rostro del viajero que lo contempla, que se aparece como una máscara. Incluso al estilo de una Alicia lewiscarrolesca, el viajero parece que haya sido capaz de “girar al otro lado”.

Pero dejemos tranquilo a Lewis Carroll, porque en esta reflexión sobre la ventanilla espejada y la imagen reflejada subyace, o más que subyacer impone su enorme presencia, Luigi Pirandello y su descomunal reflexión sobre nuestra cara en el espejo que desarrollada en la novela Uno, ninguno y cien mil (El acantilado).

Pirandello es una de las referencias culturales que brotan en el libro, pero hay muchas más. Magrelli es un poeta que sabe reconocer sin problemas la deuda contraída con sus inspiradores, y en los textos aparecen referencias a David Grossman, Karl Kraus, Paul Valery, Henri Micheaux, Georges Duby, Rilke, Pushkin o Rimbaud, solo por citar a los más conocidos. Todos ellos se han subido, de la mano de Magrelli, a este ferrocarril narrativo que es La vicevida.

Es así: un ferrocarril narrativo compuesto de pequeños vagones o compartimentos. Como en todo tren, la composición del convoy empieza por una locomotora que, además, llega cargada de significado inicial al agrupar los textos bajo el epígrafe de Infancia del tren. Y la locomotora de La vicevida no puede ser otra, pues, que el recuerdo de esos viajes nocturnos de juventud, durmiendo en cualquier rincón del vagón atestado, colocado de mala manera, pero soportándolo sin problemas porque:

la juventud es un fenómeno nocturno”.

Sin olvidarnos, además, de la fascinación que casi todos hemos sentido por los trenes en la infancia, como cuando yo esperaba la llegada de mi abuelo en la estación de Chamartín. Venía en el Talgo desde Zaragoza y un círculo solar en la lejanía anunciaba el faro de la locomotora y el momento de mi mayor alegría. Pero, a veces, también hemos experimentado temor, o incluso miedo, como Magrelli recuerda, a bajarnos en la parada equivocada, perdernos o equivocarnos de tren. Por ello, a tiernas edades, lo más seguro y fascinante era jugar con los trenes de juguete, o subir en las atracciones de feria, una forma de curtirnos ante las futuras despedidas y desencantos que muy posiblemente nos traerían algunas vías y apeaderos en el futuro…

Una conclusión firme se desmenuza de este libro de Magrelli. Hasta cierto momento, y a pesar de que el viajero se encontraba inmerso en esa vicevida, el tren, o sus compartimentos, eran un lugar en donde se producía algún tipo de comunicación. En mi cabeza, y en la de Magrelli creo que también, hay un punto en el cual el tren es un espacio de relaciones, que todavía no ha accedido al malditismo del no-lugar proclamado Marc Augé, ese sitio de indefinición que hace imposible todo tipo de intercambio relacional.

Antes, el tren con sus compartimentos, las estaciones de ferrocarril acogedoras, hacían de este medio de transporte uno de los más amigables. Se charlaba con el compañero de asiento, se compartía comida y bebida (en mi caso, elijo el caso más exacerbado, entre Atenas y Bucarest, brandy y filetes empanados con un boxeador de Kiev y un estudiante de canto de Rumania). Me da la sensación de que este libro se encuentra en un instante de bisagra entre la extinción del viaje en tren como un suceso relacional y la configuración del viaje en tren como un no-lugar de absoluto aislamiento.

El autor de La vicevida, Valerio Magrelli.

La desaparición de aquellas composiciones antiguas de los vagones, con pequeños habitáculos como habitaciones, ha favorecido en la actualidad la llegada de convoyes largos y diáfanos, anodinos y despersonalizados en toda su frialdad. Por supuesto, de ello también se ha percatado Magrelli.

Por ello, quizá, el coche-cama ejerce una fuerza todavía poderosa en el autor. Ese recinto en donde, además de dormir, compartes litera con otra persona. Es lo único, ya, que impide que el tren se convierta en un no-lugar completo.

Las estaciones han sucumbido a esa calificación de no-lugar: Londres (por cierto que en el libro nos habla de las ratas de la estación, y allí siguen, puedo atestiguarlo), Roma Termini, Moscú… Conglomerados, todos ellos, destinados como útiles espacios para el intercambio de pasajeros, pero no de relaciones, interacciones o conversaciones. Quizás, en eso tenga mucho que decir la transformación de las cantinas en cafés. Un término que lo decía todo con su significado.

Así que el ferrocarril ahora invita a la reflexión interna. A fijarse en lo que nos rodea, pasados los alegres tiempos en los que se podía compartir, tal cómo me ocurrió a mí, por ejemplo, una garrafa de vino del Chianti entre Florencia y Burdeos, junto a una animada charla con desconocidos.

Esa reflexión, la interiorización de Magrelli, le lleva a fijarse en algunos aspectos que no dejan de sorprenderme, como cuando en un trayecto en ferrocarril por Austria, en el interior de un tren moderno e impecable, sin embargo, de la observación del exterior, le llega un mensaje muy distinto: “un aire sombrío” de los pueblecitos que entronca directamente con esa idea tan de Thomas Bernhard de que la campiña austriaca encierra un espíritu del mal y la enfermedad. Y claro, de esa percepción del mal, aunque Magrelli no llegue a entender muy bien el motivo, surge bruscamente la asociación con los vagones sellados que iban de camino de los lagers:

las hileras de los balcones floridos, tan oscuramente floridos, me evocaban las deportaciones”.

Todo el lirismo del ferrocarril, que puede llegar a enfermarnos casi de forma estendhaliana, se transforma en ese instante en un elemento al servicio del mal.

Hemos dejado atrás el tren como vehículo de encuentros, ahora es contenedor de reflexiones individuales, y tal vez por ello la segunda parte del libro se titula Soledades, y en ella los ojos poéticos de Magrelli extraen reflexiones líricas de los aspectos más variopintos: desde la posibilidad de escribir un poema siguiendo el ritmo del traqueteo, “yambos ferroviarios”, tal y como los denomina, hasta la tristeza de esas periferias que debe recorrer el convoy antes de ganar la estación central de la ciudad. Viajar en tren puede producir:

una intoxicación de soledad”.

Sin embargo, y lo afirmo ya, eso es lo que nos gusta a los escritores. A mi cabeza viene Austerlitz (Anagrama) de Sebald, y toda la puesta en marcha de una poética de las estaciones (Amberes, Londres, París) como lugares de desarraigo y tristeza.

Otros relatos, como la novela Trenes rigurosamente vigilados (Seix Barral) de Bohumil Hrabal o Jefe de estación Fallmerayer (El acantilado) de Joseph Roth, impregnan con un halo de amargura la lectura, y esa amargura emana directamente de las vías, de los convoyes, de las casetas de los jefes de estación. Es inevitable, y una parte de la belleza que contiene el texto de Magrelli se debe a su tristeza emboscada, o no tan emboscada, en figuras de gran lirismo y en cavilaciones que ahondan en las vías muertas de nuestros sentimientos.

Esta profundidad casi telúrica se muestra en todo su esplendor en la tercera parte, Una comunidad ferroviaria, el trayecto más intimista de todo el libro. Aquí se hace perceptible toda la angustia, no en vano empieza reflexionando sobre el Holocausto (de nuevo esa disfunción ferroviaria), para después fijarse en los pobres que piden en los vagones y en los suicidas que se arrojan a las vías:

expuestos a esa intolerable carga de pena que ha empujado a alguien bajo nuestras ruedas (…) Nada se crea, y nada se destruye: su dolor realmente no ha desaparecido, sino que ha sido distribuido entre los presentes, aunque en partes desiguales. Y cuando se reparte, pesa un poco más”.

Estamos en la parte de mayor dramatismo del libro, y si algo dramático puede encontrarse en un tren, eso es el freno de mano para emergencias, como lo define muy bien:

Todo el tren colgando de una manija”.

Y después, retornando a esa idea del tren transmutado de lugar de relación e intercambio a no-lugar augeiano, esta reflexión sobre los compartimentos y su eliminación:

Están desapareciendo los compartimentos (…) El tren fue el único medio de transporte que, consintiendo la idea de un lugar circunscrito, favoreció la coagulación de pequeñas comunidades nacidas por azar. De allí nacían retículas de conversaciones, embriones de relaciones humanas destinadas a disolverse al final del viaje, pero a veces más tenaces que un simple tramo ferroviario. Eran microscópicas colmenas de encuentros, pliegues de significado, puntos de recogida de historias, recogida y clasificación”.

Por ello, el tren, punto de recogida historias y urdimbre de tramas, entendido a la antigua usanza, ha sido siempre vehículo de inspiración literaria, desde Kafka a Borges con ese Juan Dahlmann que se dirige al Sur de su desgracia, o desde Highsmith y Agatha Christie como lugar efervescente para el crimen, pasando por Pasternak, Kapuściński y Martin Amis, hasta Solzhenitsyn, Sebald o Antonio Orejudo y sus Ventajas de viajar en tren (Tusquets).

El ferrocarril, como mero producto de consumo, los auriculares a todo volumen, el ensimismamiento del viajero sobre sus teléfonos móviles y el vagón de silencio de los AVE (que, a pesar de todo, resulta ser una bendición), han favorecido, también, a que el vagón sea un no-lugar tan no-lugar como la sala de espera de un aeropuerto o la recepción de un hotel. Y a eso ha contribuido también, y Magrelli así lo anota:

Otra gran especie extinguida: el vagón restaurante anaranjado, vacío y no muy luminoso”.

Para culminar con esta parte que, en ciertos aspectos, es un glosario de la decadencia de los atractivos del tren, o un encendido elogio de todo aquello que hizo que nos enamoráramos del tren hasta contemplarlo con ojos poéticos, Magrelli recurre a la visión que desde las alturas, y gracias a herramientas modernas como el Google Earth, se obtiene de las estaciones y nudos ferroviarios:

Parecen gigantescos enchufes eléctricos, con sus andenes como inmensos cables (…) Son imágenes plausibles, sí, pero seriamente abstractas (…) Hedor y cubículos y emboscadas. Freidurías, inmigrados, corros de gente. Un hormiguero de pequeños y desesperados tráficos por sobrevivir”.

Valga este ejemplo para mostrar el tipo de prosa brillante, que atiende al detalle desde lo micro hasta lo macro, de Valerio Magrelli. Con la última parte del libro, titulada La vicevida, el tren narrativo del autor llega a su destino como este Odradek de los viernes arriba ya a su estación final.

Es La vicevida un libro para leer en pequeños trayectos, disfrutar de sus textos entre estación y estación, y maravillarse, siempre, de que el destino lírico del ferrocarril cabe en la pluma de un poeta que se ha convertido en maquinista de sus propias reflexiones, que nos ha hecho partícipes de ellas como lectores y, así, viajeros del asombro.

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