Un lirio en el estercolero

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De cobardes, mordiscos y vigilias

Él solo quería sentir algo. Nunca había creído estar destinado a nada aquí. Hacía tiempo que se había dado por vencido. Ya no buscaba un carajo, ni esperaba nada. Solo se dejaba mecer por el fango, sabiendo que no tenía más opción que aceptar la derrota y refugiarse en aquellas trincheras que consiguen mantener su sonrisa con vida, por muy fugaces y ridículas que sean. Que todo aquel que se encabrona en buscar la verdad y el sentido de esto, sea lo que sea que hacemos con nuestras vidas, no es más que un pobre imbécil incapaz de subsistir en el caos y la sinrazón que gobiernan cada minuto que el tiempo nos roba.

Esa noche la trinchera vino con cerveza y horas de más. Locales sucios y poca decencia. Pero encontró un lirio. Un lirio con los ojos insultantemente bonitos. No reaccionó porque uno no sabe cómo reaccionar cuando se encuentra un lirio en el estercolero y está condenadamente seguro de que los lirios no existen. Ella sí lo hizo. Se acercó y él se dejó ganar. No existía otra opción.

A él le entró el vértigo. Ella bailaba fatal. Salieron fuera con la excusa de fumar pero nadie se encendió ningún cigarro. La beso porque no podía hacer otra cosa. No permitiría que se ese lirio volviera a esconderse entre el fango. Además, seguía intimidado por sus ojos. De una forma u otra, pensó que, al morderla, ella los cerraría y podría tener un segundo para coger aliento. La vida se detenía delante de esa mirada.

Pero todo muere con la costumbre, y el vértigo iba desapareciendo. Las horas pasaban y terminaron bajo techo, lamiéndose el sudor y arañándose la espalda. Pasó de querer vivir debajo de sus bragas a esperar a que se durmiera para irse al sofá. Se sentía solo en su presencia, absurdo y fuera de lugar. Como si supiera que no merecía ningún lirio. Que formaba parte de toda la mierda y el fango del que intentaba desesperadamente escapar y no se perdonaría ensuciar la única flor que parece que se mantiene con vida mientras todo se convierte en plástico.

Mientras se encendía un cigarro recordó sus besos. Todavía bailaba su sabor entre su boca. Ella mordía como quien aún busca encontrar algo verdadero en los labios de otro, pero él mentía al besar. Mentía al hablar, mentía al mirarla y al dejarse mirar. Sabía que era un puto cobarde incapaz de estar cerca de alguien con el valor de convertirse en algo de verdad.

Ahora no puede dormir. Casi nunca puede. Decide coger una hoja en blanco y empezar a escribir, como siempre hace cuando la noche se empeña en no dejarle ir. Escribir sobre ella, sobre los ojos bonitos que nunca llegará a conocer, sobre el lirio que dejará escapar para que permanezca con vida. Pero escribe en tercera persona, para distanciarse de sí mismo, para no descubrirse entre sus palabras.

Porque, siendo sincero, ¿quién cojones querría ser ese tipo?

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  1. Pingback: Cartas a mi querida mujer oscura (7) . 17 de abril de 2019

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