ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 18 mayo, 2018 at 18:40

Un escritor fuera del tiempo. El hombre exacto: ensayo sobre Robert Musil

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En alguna de esas absurdas listas que se elaboran sobre libros teóricamente indigestos y que nadie consigue terminarse jamás, además de aparecer disparates como El Quijote, La montaña mágica de Mann, la obra de Proust, el Ulises de Joyce y La broma infinita de Foster Wallace, siempre suelen ubicarnos a Musil acompañando a todos estos ilustres ladrillos. Y conste que utilizo el término ladrillo porque eso suele desprenderse de los títulos de semejantes listas: Libros que nadie ha leído, Clásicos que todo el mundo conoce, pero nadie lee, etcétera. La verdad es que, cada vez más, este tipo de clasificaciones me harta. Y entre Anna Karenina, Los hermanos Karamazov, Guerra y Paz, Doktor Faustus y la Divina Comedia, aparece empotrado Robert Musil. Musil, siempre Musil, el infinito culpable de su gran pecado: El hombre sin atributos que, además, ni siquiera pudo terminar.

Para Robert Musil no hay lugar en la literatura actual, y parece que casi ni siquiera lo hubiera en la pasada. Si fuera una cuestión de librerías, libreros y editoriales, muchos de ellos intentarían rectificar la historia al estilo de Winston Smith en 1984 y borrar cualquier resto de existencia musiliesca. Simplemente, a dia de hoy, este escritor sobra. Sobra como no ha sobrado nunca ninguno antes. Sobra por culpa de un concepto profundo de ignorancia literaria que urge ya corregir.

Aquí y ahora, entonces, aparece la editorial Ediciones del Subsuelo. Y publica, en estos tiempos en los que Musil sobra, un ensayo titulado El hombre exacto, cuyo autor es Jean-Pierre Cometti y con la excelente traducción del francés realizada por Laura Claravall.

Resulta que a Ediciones del Subsuelo le interesa Musil. Resulta que a Jean-Pierre Cometti también le interesaba Musil (y Cometti es un peso pesado, no sólo en lo referente a filosofía, también en los estudios literarios, en especial sobre el propio Musil). Un momento, ¿pero no habíamos quedado en que Musil no le interesaba a nadie? Pues todavía existen algunos a los que nos importa porque, en efecto, Musil me interesa a mí también. Lo siento. Así que he decidido hablar hoy de este ensayo, de Musil y de la literatura de Centro Europa en esta columna de los viernes de El Odradek. Porque no podía ser de otra forma: A El Odradek le gusta Robert Musil y el ensayo de Cometti.

Con todos ustedes… ¡Robert Musil!

Alguien podrá pensar: si El hombre sin atributos es el paradigma de lo aburrido, y Musil es su creador, entonces un ensayo sobre Musil será una explosión de Valium. Todo lo contrario, porque esa afirmación alberga, al menos, dos errores: Musil no es aburrido, El hombre sin atributos es un texto divertido, repleto de ironía y humor disolvente, caustico y desesperanzado, y el ensayo de Cometti es una aproximación analítica, directa, como si el estudioso fuera un cirujano literario que con su escalpelo sabe poner al descubierto nervios y huesos novelísticos del personaje diseccionado; de Valium nada. Abandonemos el juego de los estereotipos y llamemos a las cosas por su nombre.

Jean-Pierre Cometti demuestra ser algo más que un excelente crítico y conocedor de Musil. Es su amigo literario.

Musil es un escritor inteligente, divertido, y el ensayo El hombre exacto una aproximación concienzuda y rigurosa al sistema filosófico-intelectual que el escritor pretendía poner en pie en su novela, esa Kakania literaria que compendiaría gran parte de su concepción del mundo. Pero el trabajo no sólo repara en lo filosófico, y aquí radica uno de los enormes aciertos de Cometti, que lo alejan de cierto mal musiliesco interpretativo de la crítica que ha buscado centrarse en demasía en los aspectos filosóficos de Musil.

El problema siempre ha radicado aquí, entonces, no en que Musil aburra o sea aburrido. Que va. El inconveniente lo hallamos en que Musil es el gran desconocido de la literatura, casi entendido como un filósofo. Y es un escritor. Es un escritor que se hizo un harakiri con la tinta de su pluma —Mishima sin filo— dado que en 1906 su novela Las tribulaciones del estudiante Törless (Seix Barral) cosechó un notable éxito, a pesar de ser una obra cruda y desagradable. Fue muy bien saludada por la crítica, tal y como refleja Cometti en el ensayo al reproducir estas palabras del crítico Alfred Kerr en los momentos de la publicación del Törless:

Robert Musil nació en el sur de Austria, tiene veinticinco años, y ha escrito un libro que perdurará”.

Sin embargo, pronto brotó el Musil utópico, filosófico, complejo (que, por supuesto, ya estaba en el Törless, eso ni lo duden), solo que ahora los siguientes textos, breves como Uniones (Seix Barral) o el fracaso teatral de su obra Los alucinados, comenzaron a infectarse de esa ausencia de atributos que será determinante en el siglo XX, es decir, los personajes de sus novelas comienzan a representar “un fenómeno central del hombre y de la cultura modernos”.

Los alucinados, teatro. Fracaso en toda regla. Pasó sin pena ni gloria en Viena y fue un desastre en la cartelera de Berlín. Musil hizo un teatro contrario a las modas imperantes del momento. Musil es un Thomas Bernhard, o Bernhard imita la obstinación teatral de Musil. Para Cometti:

Las obras que el público vienés podía ver en el escenario del Burgtheater, por ejemplo, eran según él la expresión de una mediocridad que atentaba contra la cultura en su conjunto (…) y por ello criticaba sin piedad las obras o las representaciones que se refugiaban en las convenciones de otra época y evitaban tomar un riesgo que él consideraba un deber asumir”.

Bernhard, ya lo he dicho. Aparte de a Musil, solo a Bernhard lo he visto atacar así al teatro vienés. Todo, en el párrafo anterior, nos recuerda a las novelas de Bernhard. Y claro, el recibimiento que Musil obtuvo de su obra le proporcionó una amargura teatral que lo acompañó el resto de su vida.

Y Musil, entonces, eligió despeñarse en el intento de escribir una novela monumental —en la que ya llevaba empeñado casi desde el principio, antes incluso de haber empezado cualquier otra obra—, que reuniría toda esa tesis, toda esa visión de un mundo sin atributos reflejada en Ulrich, el protagonista de la narración, y le irá en ello todo su tiempo, la salud y el empeño. Como asegura Cometti, captando el meollo de este problema peculiarmente musiliano donde:

los personajes desempeñan un papel insólito, a las puertas de quedar expuestos a su propia negación. Pueden interpretarse como una plasmación de las tensiones que enfrentan a dos polos aparentemente opuestos de la subjetividad”.

Musil, aprisionado entre esos polos, casi negándose a él mismo también, terminó por disolverse, diluirse en el empeño de acabar su Hombre sin atributos. Y buena prueba de ello son las numerosas aproximaciones filosóficas a la obra de Musil.

Yo no soy filósofo, soy crítico y teórico de la literatura, y ese aspecto de connotar una filosofía profunda, de todo un sistema de pensamiento trasvasado a la obra de Musil, demuestra hasta qué punto el autor llevó a cabo el intento de una novela total, lo que me permito denominar como la completa novela austrohúngara, alcanzando muchos hitos (literarios) en ella, pero quedándose a medias, quizás algo más lejos, por culpa de esa deriva ante los problemas de concepción filosófica y de concepción del mundo que han terminado por dar la idea de que el señor Musil es un plomo de cuidado.

Pero de eso nada, como ya hemos acordado. Que El hombre sin atributos puede calificarse como un proyecto novelístico elefanciaco, dinosáurico o monstruoso, a secas, no deja de sorprenderme porque no se trata de nada excepcional. Literariamente no está lejos, es más, se encuentra muy cercano a otras aspiraciones igualmente ambiciosas, por ser generoso con el adjetivo, como las de Mann, Tolstoi, Dickens o Leopoldo Alas Clarín, que embutieron universos enteros en el interior de sus novelas, que son a la vez sistemas de pensamientos y unidades de acción.

No son menos paquidérmicas que El hombre sin atributos obras como La broma infinita de Wallace, El arco iris de gravedad de Pynchon o Las confesiones de Franzen, o En busca del tiempo perdido de Proust, Los miserables de Hugo o Los hermanos Karamazov de Dostoyevski… Sin embargo, que la obra de Musil se presente, además, incompleta, le añade un plus de frikismo —no podemos engañarnos— porque, en estos tiempos de lo inmediato y la retribución fácil, en donde la cultura del esfuerzo ya solo se mantiene en el lema inscrito en las camisetas del Valencia Basket… ¿Quién va a leerse una novela de 1600 páginas que además está inacabada y presenta numerosas variantes y borradores finales? Ese espacio ya lo ocupa, por derecho propio, El castillo de Kafka (Cátedra). Y parece que con una novela así ya tenemos cubierto el cupo…

La cultura del esfuerzo… algo que ya sólo aparecen en las camisetas de baloncesto.

Musil, a los lectores, se nos ha ido diluyendo entre las manos, intentando analizar los porqués de una obra tan importante, circunstancia que nos ha ido alejando de su lectura para centrarnos en las interpretaciones, construyendo una fortaleza erudita alrededor del texto: convirtiendo a Musil en inaccesible, luego en olvidado y, al final, en prescindible. Uno de los rasgos de este absurdo y odioso mundo posmoderno en el que vivimos es que conseguimos con mucha facilidad hacer prescindible lo verdaderamente necesario, y Musil es una buena muestra del proceso.

Por eso, es mucho más que notable la importancia de que una editorial edite a Musil, pero no a Musil propiamente dicho, sino un ensayo que recupere la figura del escritor obsesionado por conseguir “no escribir” una de las novelas más importantes de la literatura mundial. Un autor siempre atento al menor detalle, borrador tras borrador, en descomunal batalla contra su tiempo y su salud. Un Alonso Quijano de los Imperios Centrales.

En Cometti ha encontrado Musil un amigo, porque este ensayista y filósofo bucea en el proceso creativo del autor y nos habla de literatura, de la Literatura como experiencia, tal y como se titula una de las partes del trabajo, y se aproxima al escritor en El conocimiento del escritor: apuntes, intentando desentrañar la génesis, el chispazo creativo que condujo a Musil a empantanarse con semejante aventura “de mas de treinta años de esfuerzo y que no llegó a terminar”.

Musil abordó una utopía literaria, eso es innegable, que buscaba encontrar los resquebrajamientos entre la literatura y la filosofía, queriendo ser tan exacto en la formulación de ese universo que se convirtió en inexacto; porque llegó tarde al colofón de su obra, se le quedó inconclusa, y esa fue la mayor paletada de tierra que el propio Musil se atrevió a extender sobre su féretro literario. Porque a toda la complejidad literaria añadió la fealdad del aborto, esa que tan solo sabemos apreciar unos cuantos. Y somos pocos.

Si a eso le añadimos el mazazo hitleriano prohibiendo y calcinando su obra, llegamos a un lugar infame de la historia de la literatura: Musil que fallece de un derrame cerebral en el baño de la casa en donde ha sido acogido, en Suiza, sin dinero, llevando una vida de privaciones y con la angustia de haber arrastrado a su mujer hacia ese tipo de vida precaria. Todo por un empeño tan vano y absurdo como la literatura, incluso peor, por el empeño en construir una sólo obra. ¡Pero qué obra!

Musil empezó a pergeñar El hombre sin atributos allá por 1905. El primer volumen apareció en 1930 y el segundo en 1933. De forma póstuma, financiado por su mujer, el tercero vio la luz en 1943. La primera edición francesa es de 1957. En España la edición que podemos considerar canónica se la reparten Austral en su edición de 2010 (y que remacha en la portada con un sello de “edición definitiva”,) y la obra de Seix Barral, en dos volúmenes que incluyen la tercera parte póstuma, borradores y variantes, publicada en el año 2006.

En su novela, Musil intentó plasmar lo que denomina “una libertad negativa”, como principal maldad de esa Kakania que no es sino el remedo burocrático y cruel del Imperio Austrohúngaro, cristalizado, detenido en el tiempo y las tradiciones (y como ejemplo valga ese leitmotiv de la Acción Paralela que no es acción ni es paralela, ni siquiera se conoce muy bien lo que puede ser, pero todo el mundo se reúne, hace planes y habla de ella al respecto del emperador Francisco José).

Siguiendo esa idea de congelación, de tiempo que avanza con la lentitud de un edicto burocrático, el propio Musil concibió la tarea de la escritura así:

Seguir descubriendo siempre nuevas soluciones, nuevas interrelaciones, constelaciones y variantes, establecer prototipos de diferentes cursos de acontecimientos, modelos seductores de cómo puede ser el hombre, inventar el hombre interior”.

En efecto, “inventar el hombre interior”. Eso lleva su tiempo, puede que toda una vida para poder plasmarlo con éxito en la literatura. Sobre todo, si el intento se imbrica en el seno de un país como Austria, “símbolo del mundo moderno” en donde impera “el mal llamado civilización”. Así, Diotima, uno de los personajes de El hombre sin atributos,

se siente víctima de una época que ella caracteriza como tiempo sin alma, dominados únicamente por la lógica y la psicología”.

Aquí encontramos el principal problema de caracterización minuciosa de la novela de Musil; debía ser capaz de poner en carnes literarias esos esqueletos vieneses. Podría hacerlo, pero no sería sencillo. Para poder plasmar esta idea, Musil entendía que:

era tarea del escritor inventar otras posibilidades más allá de las de la narración lineal, de la causalidad, del tiempo espacializado. Para ello debía apelar a una idea de la realidad distinta de la imagen ilusoriamente estable que tenemos de ella”.

Y claro, surgió esa Kakania, ese gemelo maligno del Imperio Austrohúngaro, Doppelgänger estatalizado, alimentado desde la tradición de la novela fantástica del romanticismo alemán, encarnado en un espacio político de inacción en El hombre sin atributos. Tal y como Musil afirma en sus diarios:

la literatura no es simple descripción, sino, en primer término, interpretación de la vida”.

Una vida que, para sus personajes, tal y como advierte Cometti,

psicológicamente, en el comportamiento de Törless, en el de Claudine o en el de otros personajes de Musil, se manifiesta un estado que la psiquiatría de la época designaba con el término genérico de psicastenia”.

Una afección que puede venir caracterizada por ciertas fobias, con un sentimiento de extrañeza ante el mundo o de uno mismo que, de nuevo, nos lleva al romanticismo alemán, a esos relatos de E.T.A Hoffmann, por ejemplo, preñados de incomodidad e inquietudes, de cierto extrañamiento pavoroso como una característica de estas literaturas.

Porque no puedo evitar traer aquí ahora el análisis de las características de la literatura centroeuropea realizada por el filósofo y sociólogo, profesor de la Universidad de Trieste, Václav Bělohradský en su ensayo La vida como problema político (Milán, 1980) —ediciones Encuentro—. Soy comparatista, ya lo saben todos, y me resulta emocionante comparar este ensayo de Cometti con el de Bělohradský.

El patrón de la novela de la Mitteleuropa que expone Bělohradský en el tercer capítulo de su obra, Introducción a la civilización europea, determina que existen una serie de parámetros sociopolíticos centroeuropeos que son extrapolables a la literatura. El análisis detallado se realiza con novelas escritas por autores pertenecientes a los extintos Imperios Centrales, es decir, con obras de principios del siglo XX.

Su teoría es que la naturaleza del Imperio Austrohúngaro ha sido tan particular y peculiar, que ha calado muy hondo en el comportamiento y, sobre todo, en el pensamiento político y cultural de los ciudadanos de la Mitteleuropa, hasta el punto de que una serie de conductas han sido extrapolables a la literatura, expresión, por otro lado, que emana de los más hondo del espíritu humano y que, como tal, puede ser analizada desde esa perspectiva.

Siempre lúcido, Bělohradský.

Así, Bělohradský define a la sociedad centroeuropea como ultralegalista, junto a otro rasgo determinante: el llamado humorismo centroeuropeo en tanto en cuanto:

hunde sus raíces en algo que es la fuente conocida de ese sentido general de ambigüedad y de precariedad de toda forma racional de vida, de todo ordenamiento jurídico que se manifiesta de ese modo típicamente en la literatura centroeuropea”.

Resulta innegable que existe una línea que une, directamente, al Kafka más descarnado y con el Musil más denso, pesado y kakánico. Y desde allí, se abrazan al sistema deshumanizado e incomunicado. El concepto, para Bělohradský, puede llamarse “la fuga hacia la ley”, y consiste en:

un enorme esfuerzo grotesco por transferir los aspectos irracionales de la vida, sus energías discontinuas y arrolladoras, a los modelos de orden racional y legal. La literatura centroeuropea descubre al paradójico estado de barbarie que supone este esfuerzo”.

En las obras de Kafka (qué decir de un relato tan paradigmático como Ante la Ley, que parece aglutinar y resumir toda esta teoría, casi una forma de vida), Musil o Jaroslav Hašek, se traza claramente esta máxima; y Kundera, Hrabal, Klíma, para referirnos  a autores que, escribiendo en la actualidad, comparten grandes rasgos de la misma, y que se trasvasa, deconstruye y cristaliza, se erige en una nueva realidad, en esa nueva subjetividad paradigmática en la obra de, por ejemplo, el autor austriaco Peter Handke.

Para Bělohradský el Estado Imperial, extraordinariamente fragmentado, intenta por todos los medios legitimarse con la construcción de un aparato administrativo impersonal riguroso, custodio inflexible de la legalidad. Surgen, así, visiones como la de El castillo kafkiano o la ciudad de Perla de Kubin (en su novela La otra parte editada por Minotauro). Las administraciones, en su intento de aplicar esta legitimación con su propio aparato administrativo impersonal riguroso, una burocracia, una censura y una vigilancia extremadas, generan una extrañeza ante la rigurosa y, tantas veces, absurda ley respecto de la vida privada, que genera situaciones y estados —y podría decirse que también Estados, con mayúscula— tan absurdos que resultan grotescos. Y aquí aparece otro componente de la literatura centroeuropea que se solapa al humorismo, y que es el concepto de lo grotesco.

Lo grotesco aparece en Kafka, por supuesto en Musil, especialmente en Hrabal y Hašek, en el austriaco Peter Handke. La idea de Bělohradský es que:

esta sensibilidad por todo lo que es ‘distinto de la ley’ y que crece secretamente bajo la fachada jurídico-legalística de todos los estados modernos es típicamente centroeuropea; el hombre moderno es atraído y seducido irresistiblemente por el aspecto nocturno del orden social”.

Desde Gustav Meyrink hasta Kafka, desde Urzidil hasta Kundera, pasando por Rilke o por Jan Neruda, y llegando a Iván Klíma, semejante seducción por el aspecto nocturno del orden social ha sido una de las marcas de agua de estas literaturas. Es más, Musil asocia la idea del orden a la de muerte: “un orden civil perfecto es la muerte de frío, un paisaje lunar, una epidemia geométrica.

En consonancia con Musil, Bělohradský concluye que:

los crímenes masivos que han sacudido a nuestro siglo hasta en sus certezas más radicales, son los resultados de esta epidemia geométrica (…) la cultura centroeuropea ha intuido el matrimonio íntimo de la racionalidad estatalista con la muerte (…) del progreso organizativo con la más cruel irracionalidad”.

Y eso mismo concluyó Kafka, y todos los escritores que vinieron después. Este esquema de la narración centroeuropea que Bělohradský define como “una regresión desde la estructura hacia la energía elemental”, gira en torno, pues, a los grandes temas dominantes de la cultura de los Imperios Centrales. De esta manera:

la seducción de la vida se convierte, de ese modo, en tema base de las historias centroeuropeas; el fracaso del intento de denominar las energías vitales mediante estructuras lógicas, cognoscitivas, metafísicas, es la fuente de la literatura centroeuropea”.

A los ya citados escritores de la Mitteleuropa, podríamos añadir Joseph Roth, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Hermann Broch… etcétera. Bělohradský encuentra otras similitudes entre las diferentes literaturas centroeuropeas. Entre ellas, una incapacidad para terminar la obra literaria, para darle conclusión; todo ello adobado con una obsesión por el uniforme y el burocratismo que desembocan en ese humorismo pasado de vueltas, con toques existenciales que desembocan en lo grotesco y que entronca directamente con las estructuras más recalcitrantes del Imperio Austrohúngaro, que cimentó su ingente territorio, y la administración de la muchedumbre de sus pueblos, sobre estas premisas. Unas premisas que luego han repercutido en la literatura y cristalizado en ella. Como ocurre en El hombre sin atributos, pero no sólo en esa obra: El valeroso soldado Ŝvejk de Haŝek (El acantilado) es otro buen ejemplo.

Si puede considerarse la creación literaria de Franz Kafka como un claro ejemplo de la forma en que su literatura se nutre de estas características de la novela centroeuropea enumeradas por Bělohradský —en las obras La transformación, El proceso y El castillo entonces, estas mismas premisas son aplicables a la producción de Musil.

De hecho, y como ejemplo de la importancia de Musil y Kafka en la creación de estas características comunes a la literatura de la Mitteleuropa, son las contribuciones de sendos adjetivos, lo kafkiano y lo kakánico, para definir situaciones y comportamientos típicamente austrohúngaros, es decir, plenamente centroeuropeos, pertenecientes a esa región literaria de emanación cultural que conjura la hibridación entre lo kafkiano relacionado con lo archivístico y lo kakánico relacionado con lo burocrático.

Además, y a través de esas características de la particular literatura centroeuropea, Bělohradský puede componer una teoría sobre el estado totalitario que ya se apuntaba en el Imperio Austrohúngaro y que venía demostrada por ciertos comportamientos alienantes con sus súbditos, por ejemplo, más aún cuando en su exposición Bělohradský aúna la teoría del Kitsch y la idea de la banalidad del mal ambas apuntaladas por Hannah Arendt en el texto Eichmann en Jerusalén (Nueva York, 1961) —ediciones Debolsillo—. Pero eso ya es otra historia (o bueno, quizás no).

Musil buscó en su literatura una “interpretación de la vida”, algo que para Cometti significa que “sin duda está pensando en cuestiones estrechamente ligadas con una búsqueda relacionada con su propia existencia”. Yo creo que esa búsqueda, en el interior de una literatura propia, puede no encontrar un final.

Crudelísimo castigo para quién, en palabras de Cometti, fue considerado “demasiado intelectual para un escritor”. Quizás, aquí, radique el inmenso drama de Robert Musil, siempre excesivo, siempre brillante y siempre monumental. Circunstancias que se han ido tolerando francamente mal con el paso de los años, el paso de la modernidad, la llegada del egoísmo intelectual en esta época de posverdad, y el nuevo paradigma en donde la mamarrachada siempre le gana la partida a cualquier reflexión bien curtida.

Musil, amigo, todavía no ha llegado tu momento. Pero puedes seguir haciéndonos felices desde fuera del tiempo. Porque quizás solo desde fuera del tiempo, al final, podamos comprenderte.

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