ACHTUNG!, carrusel, crónica conciertos, música — 4 abril, 2018 at 0:02

Stick Men en Madrid: los Intocables de Eliot Ness tocan rock progresivo

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La brigada de los Stick Men llegó a Madrid. En la sala Cool Stage y de la mano de la promotora Etin Produccions, tres músicos que parecían venidos de un futuro remoto mostraron piezas de extraña belleza, complejos ritmos e improvisaciones percusivas que eran como conversaciones, como plegarias elevadas a un dios en el idioma de su inteligencia superior. La ola sónica levantada por Stick Men fue un muro perforado de jeroglíficos, un enorme pentagrama cuyas notas eran las pistas de Nazca, un descomunal petroglifo que recordaba al monolito de la película 2001; ese que, flotando en el espacio y a la deriva en toda su monumentalidad, todavía expande su mensaje sobre las elipses de las constelaciones.

Toni Levin, Pat Mastelotto y Markus Reuter conforman este grupo dispuesto a presentar el último de sus discos, Prog Noir (2016); un género progresivo negro como existe un género noir en la literatura y en el cine. El noir literario es un asunto de pistolas humeantes, detectives privados con los pies sobre la mesa, con botellas de whisky a mano y una pila de cadáveres que son misterios por resolver. Por eso, estos tres músicos virtuosos y afables muy bien podrían ser los Intocables de Toni Levin para conformar su propia literatura del noir progresivo.

Si en la película de Brian de Palma los agentes de Eliot Ness visten de Armani, los hombres de Levin viajan provistos con sus instrumentos de fabricación exclusiva y particular para regalar una música diseñada para revolver un mundo acomodado en los convencionalismos y dominado por el conformismo.

Son tres detectives de cuerdas y tambores que han cambiado el gesto derrotado, la tequila, el burbon y la cerveza que suelen aparecer con cada atardecer sobre la ciudad del crimen literario por una batería, un Chapman Stick y una Touch Guitar por la que deslizan sus dedos como los tentáculos de un pulpo, menean sus brazos como las aspas de un parque eólico y consiguen generar una música energética, nutricia y proteica.

Son los brigadistas del ritmo porque, no en vano, dos de ellos pertenecen a la sección rítmica de bajo y batería de ese voraz Tiranosaurio Rex del progresivo conocido como King Crimson.

Cuando empieza el concierto me percato con emoción de que estoy a un metro escaso de Tony Levin y puedo empacharme durante una hora y media larga del recorrido de sus manos sobre el mástil del Stick, concentrado con un gesto de relojero preciso, de orfebre que engarzase diminutas piececillas. Apreciar las evoluciones de un mito como Levin, así, al lado, es un lujo que jamás creí que podría proporcionarme el mundo del rock.

Tony Levin es el Eliot Ness de este trio noir. Pero también es el hombre de Peter Gabriel, el hombre de Robert Fripp, e incluso lo fue de Yes; el hombre que junto a la batería de Bill Bruford participó en algunos de los discos más impresionantes del progresivo, que puso en pie la arquitectura (aristas, volutas de sonidos) de piezas imposibles.

En los años 80 fue parte de quienes para mí son el mejor King Crimson —con o sin permiso de los puristas— formando al lado de Robert Fripp, Adrian Belew y el propio Bruford. Tal sobre abundancia creativa y de genio alumbró un terceto de álbumes abrumadores: Discipline (1981), Beat (1982) y Three Of A Perfect Pair (1984).

Ese hombre amable, que parece algo tímido, con su calva y su bigote, siempre ha sido para mí la encarnación de la Gran Música, esa música de calidad que no se rinde a las concesiones comerciales, que lucha incansablemente por mantener su sitio y que necesita de una atención activa del oyente para que se puedan discernir una a una todas sus capas.

Y Levin representa todo esto desde que lo descubrí en aquel legendario Plays Live de Peter Gabriel, una obra maestra, el Taj Mahal de los discos en vivo, del año 1983. Junto a Gabriel, participaban Jerry Marotta a la batería, David Rhodes a la guitarra, Larry Fast a los teclados y el propio Levin a los bajos. Desde aquél momento no pude entender la música de otra manera que tal y como la generaban estos hombres sorprendentes.

Si no me equivoco, y creo que no, la primera vez que vi a Toni Levin sobre un escenario fue en el Palacio de los Deportes de Madrid (antes del incendio) con Peter Gabriel en su gira The So Tour, un lejano 28 de septiembre de 1987. Entonces, la aportación de Levin con sus funk fingers, y esa vibración demoledora que conseguía en la canción Don´t Give Up, fueron determinantes en el sonido desplegado por Gabriel en su disco So (1986).

Después, pude presenciar uno de los momentos musicales de mi vida cuando en el ya desaparecido Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid —un 22 de febrero del año 90— asistí al concierto de aquella banda que eran Yes pero no podían utilizar el nombre de Yes porque estaba en posesión del bajista Chris Squire; por ello se presentaban como Anderson, Bruford, Wakeman y Howe…, pero acompañados de Toni Levin al bajo y tocaron (no me odiéis por esto) un Close to the Edge inolvidable.

Y después, como no podía faltar, vi a Levin varias veces con King Crimson: y todas han sido pocas, la última de ellas el 22 de noviembre de 2016 en el Palacio Municipal de Congresos del Campo de las Naciones en Madrid, donde además también pude disfrutar del batería Pat Mastelotto en uno de los mayores monumentos a la música que haya escuchado en directo.

Si Levin es el Eliot Ness de los Stick Men —ese que interpretaba Kevin Costner—, Mastelotto es el contundente Jim Malone, encarnado por Sean Connery, curtido y resolutivo, obsesionado por cumplir con su cometido, implacable como el batería que percute sobre las cajas y los bombos con fuerza, que acaricia los platos con mimo, todo en pos de conseguir un único objetivo: crear un sonido apabullante, por momentos aplastante, que te envuelve con el rugido de la música inolvidable: esa música que se te introduce muy adentro y ya no te abandona nunca más.

El power trio, que despliega su progresivo noir sobre la noche de Madrid como si extendiera unas alas metálicas, se completa con Markus Reuter a la Touch Guitar. Es el agente Stone de los Intocables, ese que encarna Andy García, discreto y al lado de los dos veteranos, pero sabiendo cómo cumplir con su labor, especialmente en las partes más complejas de los temas, cuando saca lo mejor de sí mismo, como hace con las guitarras de los temas de King Crimson. Sin atisbo de dudas, firme, ofreciendo el soporte para que la batería y el bajo se cuelguen del trapecio que se bambolea sobre el vértigo del tapping cuando mima su guitarra con una delicadeza que, por un acto de magia, se transforma en potencia, distorsiones y vatios desencadenados.

La primera pieza, Hide The Trees, del disco Deep (2013), adornada con esos sonidos fluorescentes de la guitarra de Reuter, fue la tarjeta de presentación de un trio de genios que atesoran más talento del que podamos comprender. Ciertos ecos del tema me hicieron pensar que, inmerso en el prog noir del grupo, muy bien podría estar escuchando la música de una narración sobre grandes robos imposibles, al estilo de las películas Rififí o The Italian Job…, un tema perfecto para La jungla del asfalto (RBA), de W. R, Burnett, en donde se planea el atraco a una joyería.

Con el público boquiabierto, sin posibilidad de reacción ante la primera pieza que nos había golpeado hasta dejarnos tirados en la parte trasera de un callejón, apareció Red, de King Crimson. Esas escalas, con esa guitarra que funciona a modo de berbiquí, un sacacorchos eléctrico, fue como si los músicos se hubieran transformado en chamanes mayas y nos sacasen el corazón para enseñárnoslo mostrado en sus manos. Todos los presentes caímos rendidos a la genialidad de Robert Fripp que nos hablaba por entre los haces sonoros del grupo.

Schatetenhaft, de Prog Noir, trajo brumas y fríos de ese mundo coagulado en el tiempo y en el blanco y negro de la película El tercer hombre, tal vez de alguna novela con telón de acero como las de John Le Carré o Graham Greene, con un ritmo sincopado de persecución de espías que hace tiempo que dejaron de valorar sus vidas para emborracharse de secretos.

Después, uno de los grandes temas de la noche, Plutonium (también de Prog Noir, y es que este disco es extraordinario). Sobre la línea del tema, recitado y cantado en su estribillo, referencias a la Carmina Burana de Carl Off, al inolvidable Roundabout de Yes, a la Marsellesa de la tremenda Obertura 1812 de Tchaikovsky. La canción, una denuncia de la industria armamentística y el peligro que entraña una nueva escalada nuclear, es una perfecta banda sonora para la novela de H. G. Wells titulada El mundo liberado, que ya en 1914 nos habla de una granada nuclear, en este caso conformada de Uranio.

Del disco Deep interpretaron otro tema, Cusp, con ciertos toques industriales o mecánicos que me sumergieron en La caza del Octubre Rojo de Tom Clancy. La guitarra de Reuter es aquí un torpedo guiado directamente a la emoción. Y no yerra el blanco. Impacta en la línea de flotación de nuestra fascinación.

En este momento todo se contiene, se represa, se calma, porque aparece Crack In The Sky del disco Absalom (2011), una especie de medio tiempo lunar con una evocadora voz de Levin que se une al llanto de la guitarra. Melancolía y oscuridad a lo Blade Runner, registros sonoros para leer alguna novela ciberpunk de Philip K. Dick o Neuromante (Minotauro) de William Gibson.

El trío no se mostró nada cicatero a la hora de volver una y otra vez a King Crimson. Era el turno de Satori In Tangier del álbum Beat, quizás mi preferido de esa banda, en donde la dupla Bruford-Levin alcanza sus más altas cotas de genialidad. La referencia literaria de esta canción es inevitable, puesto que toda ella se alimenta de la obra de Jack Kerouac, en concreto a su libro Satori en París (en mi biblioteca está en una manoseada edición de Losada) y la Generación Beat que se afincó en Tánger como si fuera una nueva Meca de la creatividad: Genet, Bowles, Ginsberg, Burroughs o Capote buscando la inspiración en las callejuelas de su zoco.

La guitarra de arabescos junto a esa línea de bajo que se desata después de la introducción la convierten en un exponente del sonido Gamelan de Bali y Java que tanta importancia ha tenido en el neo-progresivo, con esos elementos repetitivos que podrían conducir al trance. En Satori el ritmo se convierte en una especie de mantra hipnótico, mientras en la actuación Reuter parecía estar a punto de sacar una cobra real del interior de la caja de su Touch Guitar.

El trío nos ofreció uno de los regalos impagables de la noche: la canción Swimming In Tea, un work in progress, tal y como la definió Reuter, que van mejorando con cada interpretación en directo. Fue un momento memorable, con ese comienzo que recordaba a las campanas de los relojes británicos de los salones de té, quizás al propio Big Ben, y a medida que la pieza se iba tensando sus toques acuáticos nos transportaban a la vereda del Támesis, o al fondo de una taza cuyos posos nos auguran un futuro pródigo. Me fue imposible no traer a la cabeza cualquiera de las novelas de Sherlock Holmes y sus misterios desparramados por la City.

El recital de talento estaba acariciando los puntos más álgidos: otra entrega de King Crimson con esa bola de demolición que es Larks Tongues In Aspic en su parte segunda, con un Markus Reuter imperial, tensando y tensando y tensando hasta lo insoportable para luego relajar la pieza con esos golpes de guitarra acompasados con un Mastelotto avasallador entre los aullidos del público.

Y en medio de esa vorágine, la sorprendente versión de Mirage de Mike Oldfield, por preferencia del propio Reuter que manifestó ser un admirador del guitarrista. El tema, del disco QE2 (1980), pertenece a una época de incorporación de sonidos más folk por parte del músico de Reading, y que fue triturado por la maquinaria de Stick Men: lo fagocitaron, hicieron una inmensa bola de sonido y nos la arrojaron encima para terminar de abrumarnos. Fue algo fantástico y sorprendente, porque después de conservar la limpia  introducción de guitarra ninguno de los presentes podíamos esperar semejante vorágine.

La brigada de los Intocables y sus muchachos se dirigía hacia el final de su misión en Madrid. Una nueva canción del último disco, Mantra (de nuevo el concepto del Gamelan) y el discurso melódico que nos transportaba a una aventura de agentes secretos al estilo de James Bond o de Misión: Imposible, donde Levin era ahora un Ethan Hunt metido (sin saber muy bien los motivos) en alguna conspiración rocambolesca.

Después, el tema que bautiza al nuevo disco, ese Prog Noir formidable, con ecos en la voz de Tony Levin que recordaban al David Bowie de la llamada trilogía de BerlínLow (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979 )—, mientras el Chapman Stick y la batería acaban por arrasar todo atisbo de resistencia para una de las mejores y más sólidas composiciones del grupo.

Había que rematar con toda la artillería, como cuando los muchachos de Eliot Ness se enzarzan en algún tiroteo demencial: Level Five de King Crimson, del disco The Power To Believe (2003). No podía ser de otra forma. Lo psicodélico, lo asincopado, la guitarra serpenteante, servido todo ello en lonchas gruesas y jugosas para firmar el último uppercut directo a la mandíbula de un público absolutamente rendido, sabedor de que acababa de presenciar uno de esos momentos de la historia musical que tan a menudo se escriben en los escenarios madrileños y de los que podemos disfrutar unos escasos privilegiados.

Y sin embargo, quedaba el segundo gran regalo en forma de bis: Una improvisación titulada Open, Pt. 3–Truncheon tomada del disco Open (2012) y que se fue por encima de los diez minutos. Es la forma que tiene el grupo de agradecer el fervor de la audiencia: Mastelotto inventaba percusiones y sonidos haciendo crujir una botella de plástico, y los tres Intocables daban por finalizada su misión madrileña con la satisfacción del deber cumplido y el buen trabajo realizado.

Un nuevo asunto les aguardaba en Málaga al día siguiente, y Levin, Reuter y Mastelotto se enfundaron en sus gabardinas detectivescas y se calaron sus gorros de ala para perderse entre las sombras de la noche de su progresivo noir. Nos dejaron con la felicidad absoluta rezumándonos por todos los poros, el asombro prendido de los ojos y de la garganta y en nuestra mente una certeza: acabábamos de asistir al mejor caso de esta brigada de músicos que de intocables acababa de pasar a inmortales. Porque nadie de los que allí estábamos íbamos a poder olvidarnos nuca de aquello.

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