Si te volviera a encontrar

por
Foto Daniel Monteiro

De acentos, recuerdos y alas rotas

Las horas de la noche construyeron una realidad demasiado interesante como para ser cierta. Todo terminará destruido con los primeros rayos de luz. Como siempre. Nada bueno permanece. Ella me miró y me caí dentro de sus ojos sin ninguna intención de salir vivo de allí. Estábamos sobreviviendo a nuestra propia guerra, uno contra (y con) el otro, bajo sábanas y quejidos. Entonces pasó. Su acento me recordó al tuyo. Hacía mucho, demasiado, quizá, que no volvías hasta aquí. Sin pedir permiso y gritando demasiado fuerte. Uno intenta escabullirse de sus propios recuerdos pero ellos siempre saben encontrar los zapatos que salen por debajo de esa cortina en la que tan ridículamente intento esconderme. No se puede escapar de lo que uno ha sido. Puede que haya treguas pero el pasado siempre encontrará los zapatos debajo de la cortina.

Tras devolvernos la piel que nos prestamos, ella me invitó a un cigarro. Y en esa conversación, entre la ceniza que ensuciaba la sábana, el sudor que poco a poco se iba secando y la luz sucia de una diminuta lámpara, me preguntó dónde estaba yo realmente. Le contesté mi verdad, que me recordaba a alguien. Hay viejas miradas que se empeñan en no desaparecer, ella lo sabe mejor que nadie. Quiso saber más y, no me preguntes por qué, esta vez le hablé de ti. Me preguntó qué haría si te volviera a encontrar. Creo que te daría el abrazo que me negué a darte la última vez que te vi. Te diría que, durante estos años, he pensado en ti menos de lo que mereces, pero más de lo que querría admitir. Que, quizá, te eché de menos. Que nunca te llegué a querer, no hubo dolor en el adiós, pero joder, todo fue demasiado de verdad como para poder olvidarlo. Hay imágenes que no desaparecen. La forma en la que me mordías la oreja, la marca del carmín que siempre dejabas en los vasos de vino. Que se te humedecían los ojos con aquella canción y que tus fechas eran traiciones.

Si te volviera a encontrar, confesaría que te he convertido en literatura para poder dejarte atrás. Que, todavía, tengo todas tus palabras bien guardadas bajo llave, junto con el sabor de tu sudor y la forma de tus dientes. Te miraría el escote que (seguro) llevarías, recordándome las veces que perdí mi norte en tu sur, confesándote que ahora sé que tenías razón, que la vida es ese fusil que hay que meterse en la boca sin miedo y sin temblar. Que tú estabas de vuelta cuando yo todavía no había empezado a ir. Que espero que ese cabrón por el que sangrabas haya podido hacerte feliz y que sigas tan jodidamente inalcanzable para el mundo como lo fuiste para mí. He llegado a entender lo que (nos) pasó. Fui un enfermero de tus cicatrices. Al final, cuando te curaste el ala, solo tuve que quedarme parado, orgulloso, con la vista puesta en el cielo, para ver como alzabas el vuelo y te alejabas de todo lo que construimos. Está bien así. Nunca tuve nada más que ofrecerte que sudor, mordiscos y un par de tiritas. Tú te diste cuenta antes que yo.

Esperaría que no me preguntaras sobre mí, porque no tengo nada que contarte que valga la pena ser escuchado. Estoy bien. El whisky ya viene sin hielo. He vuelto a mi ciudad, y me he vuelto a sentir de acero detrás del abrazo de mi gente. De mis niños, esos que consiguen que mi miedo se entristezca porque sale a jugar menos de lo que querría. Tengo (un poquito más) claro lo que quiero. Me he tatuado cinco veces. Sigo sin poder llorar. He aprendido algunas cosas y olvidado otras tantas, y he dejado de pedir perdón por serme fiel. Intento permanecer dorado, como te prometí. A veces, hasta sonrío. Y sigo llevando tu poema en la cajetilla. No he vuelto a Madrid. Siguen abdicando todas las reinas de mis castillos, y la urgencia de mis mordiscos se esconde tras el segundo baile. Como entonces. Hay cosas que no cambian, parece. Por lo menos ahora escribo un poquito más.

Si te encontrara otra vez, te diría muchas (más) cosas. Pero no va a ocurrir. Mientras espero a que no pase seguiré bailando bajo nuestra luna, porque todo, en el fondo, es aprender a vivir mientras las cosas dejan de suceder. Ya veré que se me ocurre. De momento, me esconderé bajo las sábanas de la mujer con tu acento. Sé que no es del todo justo, pero ella ha visto mis cicatrices y dice que le parece bien. Sigo siendo igual de predecible y cobarde que cuando me encontraste por primera vez. Eso también lo sé.

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