ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 15 febrero, 2019 at 22:19

Serotonina: el escritor Michel Houellebecq y el chasquido de Thanos

por

La nueva entrega narrativa del escritor francés Michel Houellebecq viene, como nos acostumbra, de la mano de la polémica de aquellos que siempre prefieren sentirse molestos u ofendidos por cualquier cosa, y agarrada de la admiración de quienes lo apreciamos como uno de los grandes escritores de este siglo XXI. Lamentablemente, parece que todo lo que rodea la producción novelística del autor ha de moverse entre esos dos parámetros: polémica, que generalmente conlleva cierta incomprensión cerril de su obra, o un deslumbramiento literario como muy pocos han conseguido proporcionarnos en los últimos tiempos. Con Serotonina (Anagrama) ya no queda duda, por si aún podíamos albergar alguna: Houellebecq es un escritor de leyenda, aupado por méritos propios, por las virtudes de su imaginario original y personal (lo que sin duda tiene mucha más enjundia) a lo más alto de la historia de la literatura. Le pese a quien le pese.

En efecto, porque con cada nuevo libro del francés ocurre como con cada disco del León de Belfast, Van Morrison, es tanta su calidad, inteligencia y clase, que se le exige como no se exigiría a nadie nunca, y mucho menos a un artista, o a este escritor consagrado. De Houellebecq, como de Van The Man, siempre se aguarda una obra maestra capaz de cambiar, o al menos alterar, la configuración del mundo. Y es su penitencia conseguirlo casi una y otra vez, y que esas voces exigentes y discordantes no sepan darse cuenta o apreciarlo.

Que la portada elegida por Anagrama para Serotonina sea un globo pinchado que, tal vez, esté a punto de estallar, no es una mera cuestión estética. Refleja todo lo que la novela pretende comunicarnos.

Nosotros, en Achtung! lo apreciamos, vaya que si lo apreciamos. Y por eso hemos comprendido rápidamente que Serotonina es la culminación de toda una obra; es la rubrica de un proyecto narrativo llevado a cabo por el francés y que comenzó en 1994 con Ampliación del campo de batalla (todas las novelas mencionadas de Houellebecq fueron editadas por Anagrama) hasta alcanzar, como entrega última, esta Serotonina de 2019: tal vez su mejor novela, por lo que contiene de cierre con relación a la tesis desplegada a lo largo de su obra. ¿Qué Houellebecq vendrá después? Una perspectiva interesante.

Mantengo la teoría de que, de forma involuntaria al principio, Michel Houellebecq se ha ido moviendo, deslizando, por el género de la novela distópica. Eso lo ha conseguido con un potente retrato del declive del ser humano a medida que avanzaba, se internaba, en los territorios del siglo XXI. En aquella novela, ya se nos presentaban los utópicos caminos de la nueva centuria que se avecinaba como algo muy próximo al viraje distópico. Y en Serotonina se nos muestra de forma muy ilustrativa lo que significa esta época. Está de más. Estamos ante una lucha que nos excede:

El tercer milenio acababa de empezar, y era quizá, para el Occidente anteriormente calificado de judeocristiano, el milenio de más, en el mismo sentido en que se habla del combate de más para un boxeador”.

Si analizamos un poco las novelas anteriores de Houellebecq vamos asistiendo al desplome de las relaciones humanas, al paulatino sometimiento de los impulsos naturales —denomínense animales, también— que van perdiendo fuelle, hasta convertir al espécimen en un despojo de charcutería.

Evidentemente, el desmoronamiento viene aparejado con el viraje de lo utópico hasta lo distópico. Tras Las partículas elementales (1998), con la entrada en el XXI, el autor firmó Plataforma (2001), para muchos su obra maestra y libro fundacional de lo que debería ser el Houellebecq de la primera decena de años de este siglo.

 

Después, La posibilidad de una isla (2005), ahora ya implantado en la distopía de una forma voluntaria, obedeciendo a ese giro iniciado en sus dos novelas anteriores, marcará definitivamente la idea distópica del autor e iniciará el recorrido hacia la consagración de su teoría literaria.

Una teoría que se apuntalará en El mapa y el territorio (2010) y que se consolidará en Sumisión (2015), su segunda novela voluntariamente distópica. El protagonista de las obras de Houellebecq ha experimentado un tránsito que culmina en Serotonina, mutación a lo largo de 24 años y a la que ya me he referido en una crítica de la novela que he realizado para el blog de la Asesoría Literaria y Librería Proscritos: el personaje de Houellebecq, tal y como afirmo allí, ha pasado de ser la posibilidad de una isla a convertirse en un islote abandonado.

Aquí os dejo el enlace a esta otra aproximación que he realizado a la última novela de Houellebecq en ese blog de Proscritos:

https://proscritos.com/houellebecq-y-serotonina-el-hombre-como-isla/

Pero vayamos, aún, más allá. El protagonista de Serotonina, Florent-Claude, es un personaje arquetípico: nos representa a todos nosotros, los humanoides de la Segunda Centuria. Houellebecq ya había instalado el desánimo, la desgana, la desmotivación, la apatía, la profunda amargura producto de la quiebra de las relaciones humanas y de comunicación —no solo sexuales— en su distopía Sumisión.

Sumisión era un título muy bien traído, desde luego, porque desde aquellos principios de los años 90 en donde ya sonaban algunos clarines apocalípticos en las novelas de ciertos autores con olfato, los humanos del Primer Mundo no hemos hecho sino doblar una rodilla, luego la otra, al final el espinazo entero, y completar la genuflexión hasta colocarnos de rodillas ante la soledad y la desesperación houellebecquiana.

¿Y cómo es esta desesperación houellebecquiana? Pues se ampara en el modelo del escritor Huysmans, un prototipo decadente y aplicable a una incomunicación de primer nivel intelectual, es decir, a nuestra incomunicación, la incomunicación del Primer Mundo, porque el resto de los Mundos no tienen cabida en esta vista distópica del francés; o sí que tienen cabida, pero como una forma de exacerbarlo.

Joris-Karl Huysmans,el escritor prototipo de cierto comportamiento determinante en la novela Sumisión.

Me explico: el Tercer Mundo, y el Segundo si es que existe, y ese Cuarto Mundo que se intuye, más bien se olfatea, están pendientes de otros problemas: terrorismo, ultranacionalismo, odios, sometimientos, explotación infantil y sexual…, un gotero de miserias que se filtran en el Primer Mundo que narra Houellebecq y que, así, contribuyen a completar su distopía, pero no forman parte directa de la misma. El drama de los personajes de Houellebecq es el drama de los personajes del Primer Mundo. Es el drama del hombre convertido en su propia distopía.

En Sumisión queda muy claro que el espíritu domado del hombre será capaz de hacerlo capaz de aceptar cualquier tipo de solución que le haga más agradable la existencia, aunque ese contrato se firme en base a cancelaciones: primero se ha cancelado la idea de la familia, después la de la existencia de Dios, a continuación la del trabajo como recompensa o forma no alienante del individuo, como algo que pudiera recompensarle; finalmente, se ha cancelado la posibilidad de mantener una relación sexual y, por fin, una relación humana.

El autor de Serotonina, Michel Houellebecq, siempre genial y polémico.

En todo ello la administración, el propio Estado por supuesto, ha tenido su parte de culpa a la hora contribuir al colapso del sistema. En Serotonina, el narrador nos advierte a poco de empezar:

el objetivo de la administración es reducir al máximo tus posibilidades de vida, cuando no consigue pura y simplemente destruirla, desde el punto de vista administrativo un buen administrativo es un administrado muerto”.

En Sumisión, el ser humano ha inclinado ya todo el cuerpo, se ha entregado a la capitulación que cristaliza en Serotonina. Aquellos personajes maleables y moldeados en la aburrida idea de la existencia perdida de Huysmans, que ceden sus ideas e ideales, incluso los religiosos —porque los políticos les dan igual— para llevar una vida más cómoda y muelle, en donde tengan resuelto el problema de la relación con otras personas, y por supuesto el del sexo con las mujeres que les asegura hasta en cantidad de tres el nuevo programa político de Mohammed Ben Abbes, líder de la Fraternidad Musulmana, son el adelanto del Florent-Claude de Serotonina que define así el segundo tramo de su vida:

la segunda parte de mi existencia solo sería, a semejanza de la primera, un fláccido y doloroso derrumbamiento”.

Retrato de Florent-Claude en la primera línea de la novela:  Se definen las características de un comprimido “pequeño, blanco, ovalado, divisible”, y después las rutinas matutinas del personaje relacionadas con el café y los cigarrillos. Todo ello parece que se desarrolla en un páramo de soledad y dolor que tan solo puede paliar ese comprimido que forma parte de la anatomía, de la substancia vital del protagonista. Es el Captorix.

El hombre houellebecquiano del futuro inmediato, apenas unos años más allá, es un hombre de Captorix, un hombre captorixzado. El medicamento eleva los niveles de serotonina en sangre, es decir, es un antidepresivo con algunos efectos secundarios: nauseas, falta de libido e impotencia. Unas molestias derivadas de su consumo que no parecen molestar mucho a Florent-Claude, o a cualquier otro en su situación: sumiso, islote aislado, descreído, cínico, agotado, acabado, y con la profunda convicción de su imposibilidad para relacionarse con los demás:

¿Era capaz de ser feliz en soledad? No lo creía. ¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse”.

A raíz del tratamiento antidepresivo, el nivel de cortisol en sangre del protagonista se ha disparado (¿o tal vez debería asegurar que se nos ha disparado a todos el nivel de nuestro cortisol en nuestra sangre?). El cortisol liberado en respuesta al estrés, en grandes cantidades, puede asociarse al síndrome de Cushing, que como corolario a su pavoroso diagnóstico presenta psicosis, ansiedad, depresión, baja autoestima, irritabilidad, baja libido, disfunción eréctil… Los tiempos de los personajes de Houellebecq en Serotonina son tiempos de Cushing, tiempos de aquello que denomina su médico como:

la impresión de que usted sencillamente se está muriendo de pena”.

En efecto, y aquí entra en acción el malvado supervillano (o tal vez no tan supervillano, únicamente un amante del equilibrio) Thanos, que se merienda a casi todos los superhéroes de la entrega cinematográfica Infinity War, y que he colocado junto al apellido de Houellebecq en el título de esta crítica. Quienes no hayan visto la película no sabrán de qué puñetas les hablo, pero Thanos, investido de un poder especial, chasca sus dedos y elimina a uno de cada dos habitantes del universo, dejándolo reducido a la mitad.

Cartel de la película Infinity War.

Así que este malvado elimina el mundo binario reduciéndolo a un mundo individual. Es decir, Houellebecq nos ha presentado el mismo recorrido desde lo utópico a lo distópico en el ser humano. Ha pasado de compartir un mundo con una geografía doble, en donde la vida en pareja sería la máxima expresión, pero la relación con los demás, con la cultura, con la religión o con Dios también puede ser entendida como este intercambio necesario, relacional y binario, a encontrarse desgajado en su insoportable individualidad.

¿Existe una solución, quizás en el interior del propio sistema? En absoluto, el protagonista de Serotonina lo tiene muy claro:

qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido”.

Para Houellebecq el proceso distópico desarrollado en el interior del ser humano lo ha llevado a transitar hasta su profunda soledad, a la incapacidad de relacionarse, al mundo individual; hemos ejecutado nuestro propio chasquido de Thanos.

El malvado Thanos a punto de chascar los dedos…

Ahora pensemos en la humanidad, en el ser humano como utopía, como todo aquello hermoso de lo que es, o de lo que somos capaces de realizar. Desde Leonardo Da Vinci (aunque admito que ese sería un ejemplo algo tópico), quizás desde el hombre renacentista, tal vez un Giordano Bruno, un Miguel Servet, el neoplatonismo de Ficino, o cualquier expresión de amor y solidaridad para con los demás sin necesidad de retroceder tan lejos y acabar en la hoguera.

Hemos podido comprobar de lo que hemos sido capaces, de las maravillas y de los prodigios, hasta que dos Guerras Mundiales, diferentes exterminios programados y un Holocausto, entre otras barbaridades, fueron fundiendo nuestra relación con los demás. El ser humano nunca ha podido a ser el mismo, herido de muerte en la travesía del siglo XX, se ha ido encapsulando y refugiándose en sucedáneos. Así, hemos llegado hasta provocar nuestro propio chasquido de dedos y acabado con ese flujo de relación, de ida y vuelta, con los demás. Por eso:

ya nadie será feliz en Occidente, pensaba además, hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas”.

De esa forma, el suicidio es una respuesta muy simple a los altos niveles de cortisol, a la muerte por tristeza. El suicidio está presente en la narrativa del francés, desde Las partículas elementales, y en Serotonina aparece de nuevo como una solución a un problema: la tristeza insoportable de ese tipo, que la cruel mercadotecnia ha denominado como single. El single, un objetivo para las marcas y las ventas, para los viajes y el ocio. El single, lo que nos resta tras el chasquido de Thanos. No hay nada que nos impida hacer con él, también, negocio. Faltaría más. Y Houellebecq lo sabe al afirmar que:

el entorno social era un máquina de destrucción del amor”.

Y esto es así porque nos encontramos ante:

un período globalmente inhumano y de mierda”.

Houellebecq ha entendido al ser humano como una utopía (no en vano la Utopía original de Tomás Moro se ubica en una isla, lo que ya nos enlaza con La posibilidad de una isla). En efecto, nosotros éramos la utopía, lo bello que albergamos en nuestro interior y que, poco a poco, hemos ido corroyendo hasta volvernos en un distopía natural, andante, que sufre y padece, incapaz de relacionarnos.

Tomás Moro y la edición de Utopía llevada a cabo por la editorial Ariel:

Esta es la principal tesis que Houellebecq ha culminado en Serotonina.  El chasquido de Thanos lleva a la conclusión de que:

es horrible y extraño pensar en todos esos hombres, en todas esas mujeres que no tienen nada que contar, que no contemplan otro destino futuro que el de disolverse en un vago contínuum biológico y técnico (…) en todos los que, en suma, han vivido una vida sin incidentes externos, y que la abandonan sin pensar, como se abandona un lugar de vacaciones simplemente correcto, sin tener pensado un destino posterior, solo con esa vaga intuición de que habría sido preferible no nacer”.

Ese “continuum biológico y técnico” es nuestro chasquido de los dedos. ¿Por qué seguimos haciéndolo? Nos lo explica así el protagonista Florent-Claude:

está claro que no se puede hacer nada con la vida de la gente, me decía, ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica ella misma el mecanismo de su desdicha, le da cuerda y luego el mecanismo sigue girando, ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo”.

Tal es la importancia de este mundo de Thanos que nos presenta Houellebecq en Serotonina. Tal es la importancia, mayúscula, de este escritor y de su última novela.

Deja tu comentario

One Comment

  1. Pingback: Francisco Martorell y Soñar de otro modo: se necesitan nuevas utopías

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *