carrusel, Chico bisex busca, sexo — 5 julio, 2013 at 13:40

El tiempo que queda

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Por A.C | Ilustración Daniel M. Vega

Otro de nuestros viernes. Desnudos, la sábana arrugada, caída a medias sobre el sueño. La lista de Spotify, con algunas canciones tal vez algo más ñoñas delo normal, añadidas al calor del reencuentro y el compromiso, suena mezclada con conversaciones de la calle. Marta y yo nos pasamos un porro más, ese porro de “después de” que a veces se convierte en varios porque no nos entra sueño todavía. Ttengo la boca pastosa y lo único que deseo es una cascada de cerveza helada cayendo por mi garganta. Pero no tengo ganas de levantarme ni de pedirle el favor a Marta. Sin embargo, a la siguiente calada, es ella la que se levanta de la cama y sale de la habitación con la litrona que nos habíamos traído en la mano, ya vacía, tras guiñarme un ojo porque tiene ese don de saber exactamente lo que necesito y dármelo.

Llevo un rato pensando en Alberto. En realidad llevo pensando en él toda la semana. El domingo pasado, al día siguiente de mi estreno como ‘escort‘, quedé con él por última vez. Nunca le he hablado de Marta, tampoco lo iba a hacer en mi despedida. Le había visto menos en las últimas semanas, pero lo que él no sabía es que en esas ocasiones es cuando más paz sentía. Era como si tuviera que estar allí, como si ese fuera mi lugar, y sin embargo tenía que dejar de verle. Me lo sigo repitiendo sin cesar, incluso cuando estoy con Marta. Sobre todo cuando estoy con Marta. Tenía que dejar de verle. Él se estaba enamorando, no hacía falta que me lo dijera. Y yo soy un puto caos que le he dicho una tía que vale, que me quedo con ella y paso de todos los demás porque me puso un puto ultimátum. ¿Cómo se lo voy a contar a Alberto, si ni yo mismo estoy seguro de nada? Hicimos el amor, me dijo que si ya no iba a volver a verme al menos quería una despedida en condiciones. Sabía que un día yo desaparecería para siempre, no me pedía ninguna explicación que yo no quisiera darle. Tan solo quería hacerlo conmigo una vez más. Vivimos a escasos cien metros, pero fui incapaz de llegar a mi portal sin llorar. Y luego aquí, en esta misma habitación, seguí explotando de rabia. No sé qué pasará cuando nos encontremos por casualidad en la calle o, quién sabe, en el Carrefour de la plaza. No puedo ni imaginar cómo sería si voy con Marta y ella está colgada de mi brazo como tanto le gusta.

Ha vuelto con otra litrona, ha encendido otro porro. Cuando me lo pasa y lo tengo entre mis dedos, me acaricia y trata de animar lo que yace desmayado sobre mi vientre. Es en vano, pero tampoco me atrevo a decirle que lo deje. Hoy no he podido correrme, realmente no tenía ganas de sexo. Quizá por eso ella sigue empeñada en hacer algo. Yo solo quiero que no haga nada.

Hemos apagado la luz. Marta ha recogido la sábana del suelo, la ha estirado y se la ha echado por encima. Es friolera, yo todo lo contrario. “Estufita”, me llama. Supongo que cada persona acaba inventando nombres para ti si le dejas estar lo suficiente en tu vida.

Cierro los ojos. Los vuelvo a abrir. Así todo el rato. Estoy tumbado hacia el balcón, lo hemos dejado abierto. Me incorporo, me hago otro porro y me asomo. Dejo que el viento de la noche me ponga la piel de gallina. Miro calle abajo. No puedo ver donde vive Alberto, no sé nada de él desde el domingo, que estará haciendo. Le imagino en su habitación, asomado a la calle, con una copa de vino en la mano.

Podría pasarme así horas. Podrían pasar años y esta certeza sobreviviría al tiempo.

Tiro la colilla del porro a la calle. Voy a por mi móvil, hago una foto de los tejados al amanecer. Se la mando.

} continuará

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