Chico bisex busca, ocio — 23 julio, 2015 at 9:27

De viaje

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Por A.C | Fotografía Cain Q

De Viaje

El mundo nació el viernes de madrugada. Por la tarde me había atrevido a mandarte la foto. Te impactó, me acabaste confesando que nunca te habías sentido tan atractivo, que más bien te avergüenzas de tu cuerpo. Pese a que chateamos bastante rato, no traté de indagar por qué podrías pensar algo tan absurdo. Preferí evitar la torpeza inherente del whatsapp para ciertos temas y esperar a un momento mejor. Lo que sí hice fue preguntarte si querías que fuera a tu casa. En realidad lo habías estado deseando desde que te había hecho la foto, te había pedido tu número y me había pirado sin saber si volverías a verme. Y ahora que te la había enviado como excusa para hablar contigo, no ibas a perder la oportunidad aunque tuvieras que anular cierto plan que tardaste más de veinticuatro horas en confesarme. Y fue entonces, sentados en el capó de un coche alquilado, engullidos en la inmensidad de ese parking, nuestras palabras flotando sobre el rumor de la música y la gente cada vez más lejano, cuando me di cuenta del milagroso timing de lo nuestro.

Me recibiste impecablemente vestido, con pantalones negros ajustados, peinado como si fueras a salir de casa. De alguna forma, la sola idea de saber que tendrías que despojarte de todo lo que llevabas encima y de que tu pelo acabaría hecho un desastre me la puso dura de golpe. Me hiciste pasar al salón, habías puesto Los Planetas, Super 8. Sonaba De Viaje. Pensé lo feliz que era de estar allí, contigo, aunque aún no hubiéramos hablado casi nada. Sacaste una litrona de la nevera de la cocina americana y llenaste los vasos que ya tenías preparados en la mesa delante del sofá. Mientras lo hacías, me fijé en que tú te habías empalmado también. No dejé que te sentaras conmigo, me levanté y comencé a besarte y deslizar mis dedos por toda tu cabeza. Cada vez abría mechones nuevos y los dejaba caer sobre tu frente como si fueras un niño y quisiera probar a ver cómo estabas más guapo. Me arrastraste a tu dormitorio, te tiraste bocarriba en la cama y me hiciste un gesto con el índice para que me echara sobre ti. Pero yo tenía otra idea. Comencé a deshacerte los cordones de la zapatilla de tu pie derecho, sin prisa. Deslizaba mi mirada de tu rostro a tu paquete hinchado. Te la desaté y la dejé caer al suelo, el mero sonido seco te hizo gemir. Seguí con la otra, la dejé caer al otro lado de la cama y solo entonces me di cuenta de que tu cojín de Mickey Mouse estaba ahí y la zapatilla había caído sobre él. Lo recogí y te lo puse en la cara. Te dije que te lo sujetaras para que no se moviera ni un segundo. Te quité los calcetines con cuidado; no olían casi, pero aspiré largamente cada uno de ellos y gemiste más fuerte y sentí palpitar el bulto en tu pantalón. Esa prenda era la próxima. Te lo desabroché, bajé de golpe la cremallera y te lo arranqué con brusquedad tirando hacia abajo junto a tus bóxers. La visión me dejó loco: tú en camiseta, tu pollón como una piedra erguida sobre tu vientre, la sonrisa de Mickey… Me desnudé rápido, encontré un condón en el cajón de tu mesilla y me senté sobre ti hasta que logré tenerte completamente dentro. Jamás me había costado tanto, Martín. Jamás…

***

¿Cómo podías estar seguro de que Super 8 había sonado ocho veces, ni una más ni una menos? No lo sé, pero cuando hice cuentas para comprobarlo mirando la hora en mi móvil, era cierto, y De Viaje comenzó a sonar por novena vez y se te ocurrió esa locura y me la soltaste. Ese sábado Los Planetas tocaban en el FIB, por la noche, a más de cuatrocientos kilómetros de distancia. “Vamos”, dijiste. No era una pregunta, no sabías que yo en realidad había estado muy triste por no tener pasta para ir. “Vamos”, y yo te besé una vez más aunque nuestros labios ya estuvieran doloridos, nuestros cuerpos magullados, nuestra mente muy lejos de tu habitación. Quizá por eso fuimos capaces de hacerlo, porque era como si ya hubiéramos escapado y nada pudiera ser ya de otra manera: ir a un local de alquiler de coches low-cost, dejarte todo el crédito de tu tarjeta allí, dejarme todos mis ahorros en la gasolina y la compra de alcohol y coca-cola y hielos en un supermercado y nuestras entradas para ese día, pedir M a un cincuentón de San Francisco justo antes del concierto y que nos durara para toda la noche a cambio de un par de morreos con él. Y vimos a Los Planetas y cantamos de principio a fin todas las canciones y acabamos llorando con la última porque qué podría ser mejor que estar siempre juntos tú y yo, y después pasamos de Blur, nada más allá podía tener sentido y lo único que queríamos era volver al parking, encontrar el coche y sentarnos a beber y seguir huyendo.

Te lo conté todo. Te conté mi vida desde que tengo uso de razón. Te conté de todos los tíos y tías con que recordaba haber follado, haberme pillado, haber dejado atrás. Me escuchabas, a cada poco me besabas, me acariciabas. No juzgabas, no te sorprendías, ni siquiera cuando te dije que no sé si tengo VIH. “Yo tampoco”, fue todo lo que contestaste. Y no hablamos de tests ni de síntomas ni del miedo, fue algo más entre todo lo que compartimos sentados en el capó sacudidos por la brisa, temblando, chupando a cada poco uno del dedo del otro y endulzando el amargor del M con un trago más de bebida. Cuando se nos acabó, nos metimos en la parte de atrás. Las moraduras de la madrugada anterior ya eran visibles, los dos teníamos incluso rozaduras en la polla, pero no sentimos otra cosa que el placer desbocado de follar en bolas, a pelo, en los asientos traseros de un coche alquilado que, tal vez, visto desde arriba, fuera indistinguible de cualquier otro de los cientos que llenaban el parking del festival, pero no, ni por asomo era como los demás porque ese cielo lanza brazos invisibles hacia mí y sé que jamás me he sentido enamorado hasta ese preciso instante, en ese preciso lugar, y puedo volver allí siempre que quiera porque me hallo abrazado a ti, tu cuerpo contra mi cuerpo, mío.

Desde que el domingo nos despertamos empapados y cegados por la luz del día, no hemos vuelto a separarnos. Hoy es miércoles, son las seis de la tarde, duermes y yo escribo en tu portátil. El fondo de pantalla es la foto que te saqué. Estoy cachondo y pienso despertarte enseguida…

Aquel plan nocturno que tenías no estaba destinado a suceder. No en esta dimensión.

} continuará

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