Chico bisex busca — 5 marzo, 2015 at 3:05

Él perdió el control

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Él perdió el control

Por A.C | Fotografía Cain Q

Anteayer me mandó un WhatsApp, como de costumbre: “Qué haces?”. Le dije que se viniera. Siempre lo hacemos en mi casa, allí donde he ido compartiendo piso, nunca muy lejos el uno del otro porque a los dos nos gusta el centro. Fer es un follamigo de hace ya bastante tiempo. Tiene novio, se llama Vicen. Le lleva algunos años a Fer, cuatro o cinco, creo. No tiene ni idea de que Fer le pone los cuernos cuando le da la gana casi desde que empezaron.  Fer sabe que Vicen jamás se ha acercado a otro chico en este tiempo, le consta, no hay contraseña que no sepa ni resquicio de autoestima de Vicen que no haya podido doblegar.

Fer era activo cuando le conocí, no había discusión al respecto. Pero con el tiempo empecé a sospechar que esa no era toda la verdad, así que un día probé a darle la vuelta y, joder, vaya si le gustaba que le follaran. Aquella vez me pidió que le diera bien fuerte por detrás, yo de pie y él a cuatro patas en la cama. Tenía aguante el cabrón, le estuve follando un buen rato. Él paraba de pajearse cada poco porque enseguida estaba a punto de correrse. Al final me salí, me quité el condón y le follé la boca hasta el final. En el fondo se moría por comerme el rabo desde que nos conocimos, pero jamás lo había hecho. No se apartó cuando terminé, qué va, aunque enseguida se piró al lavabo para escupirlo todo y gastarme medio bote de enjuague bucal. Lo entiendo: no puedes correr ciertos riesgos si tienes una relación monógama.

Un viernes por la noche, hace ya unos meses, me lo encontré en un bar. Me dio por saludar a Fer, yo iba muy borracho y quise ver qué pasaba. Estaba con Vicen y un amigo de unos cuarenta años. Alfredo, se llamaba. Un tío de los que me van. Sonriente, abierto, bastante guapete. Fer tuvo la ocurrencia de decir que yo era un ‘compi’ de su máster. Era creíble, Fer tiene una habilidad muy desarrollada para la mentira. Vicen me pareció, sobre todo, una buena persona. Se ajustó a la imagen que ya tenía formada de él por los retazos de conversaciones con Fer a lo largo de estos años. Sin embargo, conocerle fue otra cosa. Me dio una mezcla de ternura y pena, sin que yo me considere alguien especialmente empático. Pero es que Vicen está sometido a la persona a la que adora y de quien jamás podría sospechar que lleva una doble vida. Lo más perturbador era observar de reojo a Fer cuando de repente yo me miraba con Vicen. Sé que se retorcía por dentro de dudas, de celos, de angustia. Porque si hay algo que pueda desestabilizar a Fer, es perder siquiera un momento el control de lo que ocurre a su alrededor. Y yo sí quería perder el control, y llevé mis dedos al último botón de la camisa de Vicen, quería desabrochárselo, y el siguiente, y el siguiente… Deslizar mi lengua por su pecho velludo, comerle el cuello, besarle contra la barra, y sentí que Vicen estaba encantado y temeroso al mismo tiempo de lo que tal vez adivinaba en mí. Alfredo se unió a mi juego, un sexto sentido (o tal vez saberlo todo sobre Fer, todo eso que yo me conformaba con intuir) le llevó a acompañarme en mi tortura, darle la medicina que jamás podría resistir: imaginar que Vicen, acaso por una sola vez, le fuera infiel. Conmigo, con Alfredo, con cualquiera. Al final me enrollé con Alfredo, ahí mismo, delante de la pareja feliz. Y luego nos largamos.

Anteayer, cuando Fer regresó del baño supuestamente prevenido de cualquier ETS que yo pudiera haberle transmitido en nuestro ritual de acabar corriéndome en su boca, se quedó un rato en la cama. Él no es de muchos cariños, pero le noté tocado. Le pregunté si le pasaba algo. “No”, empezó diciendo. Pero enseguida, como al descuido, me preguntó por Alfredo. No me engañaba, en su aire de simple curiosidad había una gangrena que le carcomía, y es que él y yo no habíamos vuelto a quedar desde la noche del bar. “Me folló que no veas”, fue todo lo que le dije. Fer me contestó que ya no salían con él, que había acabado por pillarle manía. Le pregunté, sus explicaciones no tenían demasiado sentido. Fue entonces cuando percibí que Fer había tenido miedo de que Vicen se estuviera pillando por Alfredo y había decidido cortar por lo sano. Me confesó que en realidad era un antiguo rollo suyo. “¿Cuánto de antiguo?”, le pregunté. “Mucho, aunque una noche poco después de cuando os liasteis acabé enrollándome con él en las escaleras de mi casa”. No sentí nada, ni siquiera tuve la certeza de que fuera verdad. Qué importaba.

Mientras me lo contaba, yo le acariciaba los muslos. Fer tiene unas piernas muy bonitas. También, a ratos, le lamía un poco la polla. Me gusta mucho también: es armónica, proporcionada. Fer ejerce mucho magnetismo, y lo sabe. Lo único es que ha engordado uno diez kilos desde que dejó de fumar y, aunque no me lo diga, yo sé que eso le hace más vulnerable. Ya no se siente el chico imbatible de cuando tenía mi edad.

Extrañamente, todo resultaba natural: su lista de Spotify sonando, él hablando, yo volcado sobre él… Cualquiera habría pensado que éramos una pareja. Y el caso es que yo querría ser muchas cosas, pero jamás la pareja de Fer.

Hubo un momento en que dejé de escucharle. Me acordé de mi padre, de mi familia a la que esa misma tarde había despedido en Zaragoza. Son cosas que jamás le podría contar, no le importarían absolutamente nada. En realidad, no sé muy bien qué le importa en esta vida. Aquella noche en el bar deseé más a quienes le rodeaban que a él. Ellos son reales. Son quienes aparentan ser.

Qué lástima me da quien sueñe con tenerle, ni siquiera Vicen le tiene. Incluso él menos que nadie, desde luego menos que cualquier otro tío a los que Fer se entrega. Ellos, como yo, le conocen algo mejor. 

} continuará

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