ACHTUNG!, internacional — 11 diciembre, 2012 at 10:00

Los baazistas iraquíes en la “Primavera Árabe”

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Por Daniel Prado Simón

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Desde que a finales de 2010 diera comienzo en Túnez la cadena de revueltas bautizada por un sector de la prensa como “Primavera árabe”, han sido varios los regímenes en sucumbir bajo la presión de las manifestaciones callejeras o de conflictos armados. Otros, como el de Siria, luchan en estos momentos de manera encarnizada por su supervivencia. Con la salvedad de Bahréin, cuya monarquía logró salvar el trono in extremis gracias a una intervención militar saudí, todos los líderes que han caído y los que tienen menos probabilidades de subsistir han sido herederos de las grandes figuras del nacionalismo árabe laico y modernizador que sustituyó a buena parte de las monarquías postcoloniales de la región entre los años 50 y 60.

El panarabismo, que hoy parece totalmente derrotado, tuvo en el cristiano sirio Michel Aflaq a uno de sus principales teóricos. Aflaq creyó en una nación árabe políticamente unida, integrada por todos los ciudadanos de lengua y cultura árabe, cualquiera que fuese su religión. El partido que fundó junto con Salah Al-Din Al-Bitar, el Partido Baaz, alcanzó el poder en Iraq y en Siria en la década del 60, aunque las escisiones internas dejaron a cada país en manos de una facción diferente, enfrentada a la otra. Los dos partidos resultantes fueron sometidos por sendos líderes de personalidad muy fuerte, Hafez Al Assad y Saddam Hussein, que se impusieron sobre los respectivos aparatos vaciándolos en gran medida de su contenido ideológico.

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Cartel distribuido en el 2004 con los cabecillas insurgentes más buscados del momento. En la primera fila, de derecha a izquierda (sentido de lectura en árabe): Izzat Ibrahim Ad Douri, Abu Musab Al Zarqawi y Mohammed Younis Al Ahmed. El trío más peligroso. Por debajo, a la derecha, Abd Al-Baqi Abd Al-Karim Al-Abdallah Al-Sadun, mano derecha de Ad Douri

En 2003, Saddam Hussein, dirigente absoluto de Iraq y de su versión nacional del Baaz, fue derrocado por una invasión liderada por EEUU. Bajo la administración de Paul Bremer el Baaz fue declarado ilegal y se puso precio a la cabeza de los miembros de los escalafones superiores de su jerarquía. El nuevo régimen iraquí confirmó esta exclusión al prohibir constitucionalmente la existencia del Baaz e impedir a un amplio rango de sus antiguos miembros integrarse en la Administración del Estado. Pese a todo, el Baaz, al que llegaron a pertenecer millones de iraquíes, ha seguido operando en la clandestinidad, en Iraq y en el exilio, y ha desempeñado un incuestionable papel en la violenta insurgencia sostenida contra la ocupación norteamericana.

Pero los dirigentes del Baaz, para quienes resulta muy difícil sobrevivir en Iraq, pueden haberse visto obligados a situarse bajo patronazgos extranjeros, situación que condiciona irremediablemente su inserción en los acontecimientos que sacuden el mundo árabe.

Los baazistas iraquíes en Siria

A finales del pasado julio, la publicación Al-Monitor, especializada en Oriente Medio, informaba de los problemas que los dirigentes iraquíes del partido Baaz refugiados en Damasco están enfrentando estos días. Según la publicación, que cita a un antiguo general de brigada iraquí residente en Siria, estos hombres han visto sus residencias asaltadas y han llegado a sufrir apuñalamientos y otras agresiones. Algunos de ellos ya buscan refugio en Jordania y otros países árabes, así como en zonas rurales bajo protección tribal en la propia Siria. La misma fuente atribuye la autoría de estos ataques a miembros de la Guardia Revolucionaria iraní y de la guerrilla libanesa Hizbullah, que podrían haber entrado en el país en apoyo del régimen sirio.

Tanto Irán como Hizbullah han prestado su apoyo a las milicias confesionales chiíes que persiguen con ánimo implacable a los miembros, actuales o antiguos, del partido Baaz en el Iraq ocupado. Las organizaciones políticas de las que dependen dichas milicias, vinculadas al gobierno iraní, sufrieron en tiempos de Saddam Hussein una represión cruel. Nada tiene de extraño que su venganza se extienda a territorio sirio en cuanto la oportunidad lo permita. Pero sí parece más chocante que el principal aliado de Irán en la región, Siria, gobernado asimismo por su propia versión del Baaz (enfrentada con la iraquí durante décadas), haya ofrecido desde 2003 cobijo a un amplio grupo de exiliados baazistas, a quienes, según distintas denuncias internacionales, ha permitido organizarse para cometer ataques en territorio iraquí tanto contra las tropas norteamericanas como contra el gobierno de Al Maliki, ambivalente protegido de EEUU y de Irán.

Los criterios de admisión de baazistas iraquíes en Siria han sido selectivos. Las autoridades fronterizas denegaron el ingreso en el país de los dos hijos varones de Saddam Hussein y en 2005 se decretó la expulsión a Iraq de un medio-hermano de Saddam y de varias decenas de baazistas sospechosos de financiar ataques. Mientras tanto, otros líderes, más plegadizos a la colaboración con su país de acogida, han gozado de una protección hasta ahora inquebrantable.

Las tensiones con Iraq por este motivo han sido constantes. Los enfrentamientos más ásperos se produjeron durante el verano de 2009, cuando se conoció la confesión de un antiguo policía que aseguraba haber recibido desde Siria instrucciones y apoyo logístico del líder baazista Mohammed Younis Al Ahmed para organizar ataques contra ministerios en Bagdad que dejaron más de 100 muertos. Iraq pidió la extradición de Al Ahmed y de su segundo al mando, a lo que Siria se negó.

La escisión siria del Baaz iraquí

La figura de Al Ahmed merece cierta atención. Dirigente con una trayectoria de mediana importancia en el Baaz iraquí, en cuyo Comando Central ocupó brevemente un puesto, se desempeñó durante los años 90, según Terrorism Monitor, como una especie de comisario político en el ejército cuya misión consistía en seleccionar a militantes leales al partido con los que infiltrar cada una de las unidades de las fuerzas armadas. Aunque su nombre no figuró en la baraja de los iraquíes más buscados que el ejército de EEUU distribuyó en 2003, sí sonó con fuerza desde poco después de que comenzara la escalada insurgente, y ya en 2004 se ofreció una recompensa especial de un millón de dólares por su captura en calidad de instigador de los ataques. Ese año, desde su refugio en Siria, intentó por primera vez hacerse con la jefatura del partido, que desde la captura de Saddam Hussein estaba encabezado de manera interina por el último gran jerarca del derrocado régimen que ha permanecido en libertad: Izzat Ibrahim Ad Douri. En 2007, de acuerdo con el relato de Asarq Al-Awsat, tras la ejecución de Saddam Hussein y la proclamación de Ad Douri como nuevo secretario general del Baaz, Al Ahmed convocó en Siria un congreso extraordinario en el que 150 asistentes baazistas lo designaron a él líder del partido. Ad Douri reaccionó cesando a Al Ahmed, que a su vez había hecho lo propio con él, y denunció un conspiración siria.

Uno de los principales incentivos ofrecidos por esta rama disidente del Baaz para reclutar nuevos miembros es, según fuentes de The New York Times, la concesión de permisos de residencia permanentes a las familias de los iraquíes refugiados en Siria.

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Saddam Hussein

Izzat Ibrahim Ad Douri: el sucesor de Saddam y la “primavera árabe”

El 9 de abril de este año, aniversario de la fundación del Baaz original, Izzat Ibrahim Ad Douri, sucesor oficial de Saddam Hussein al frente del partido, ponía fin a los incontables rumores que desde 2003 le llevan dando por muerto con un discurso en vídeo de más de una hora de duración. Una parte sustancial de su intervención, repleta de llamamientos a atacar al gobierno safawi (en referencia a la dinastía que gobernó Persia), se compone de advertencias contra la maléfica sombra iraní sobre Iraq. Todo el discurso hace entender que la concepción de la nación árabe de Ad Douri es indisociable de una honda hostilidad antipersa. Obviamente estas preocupaciones no son compartidas por los baazistas sirios, que se encuentran en estrecha alianza con Irán, pese a sus diferentes en el orden interno. Esta diferencia de criterios en lo que se refiere a la cuestión iraní parece haber mantenido a Ad Douri distante y desconfiado hacia Siria.e 2002

Un día después de la emisión del vídeo, el diputado iraquí progubernamental Izzat Shabandar acusaba a Qatar de prestar protección a Ad Douri y a otros baazistas y de haber servido de base para la grabación. El activo papel de Qatar en contra de los regímenes árabes nacionalistas derrocados en los últimos dos años es suficientemente conocido. En el encono con que las monarquías del Golfo intervienen en favor de la oposición armada al gobierno sirio son muchos los que advierten una guerra soterrada contra Irán. Por eso resultan en extremo reveladoras las opiniones que Ad Douri vierte en su intervención acerca de los recientes acontecimientos en la región: apoya a los combatientes sirios que luchan contra la dinastía Al Assad, alaba el papel mediador del monarca Arabia Saudí en el Yemen y critica la intervención occidental en Libia, pues considera que la disputa debió haberse solucionado entre árabes.

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Al-Douri, izquieda, reunido con el príncipe saudí Abdullah durante un encuentro en marzo de 2002

Izzat Ibrahim Ad Douri fue un estrecho colaborador de Saddam Hussein desde la juventud de ambos. En contraste con el espíritu general de la dirigencia baazista, Ad Douri ha sido reputado un devoto musulmán. Se le considera protagonista de la evolución del régimen hacia actitudes religiosas en los años 90. Pese a sus 70 años y a estar supuestamente enfermo de leucemia, fue el único de los jerarcas de primera fila del régimen que logró esquivar la captura tras la invasión norteamericana, convirtiéndose en poco tiempo en bestia negra del ejército norteamericano, que llegó a ofrecer 10 millones de dólares por su captura. Desde su época en el gobierno se le atribuyen buenas relaciones con la monarquía saudí. Es el custodio de los fondos estatales sacados de Iraq para la guerra, los cuales, según fuentes del partido baazista rival dirigido por Al Ahmed, son gestionados por tres de sus hijos en Yemen. Su ascendencia tanto sobre los grupos insurgentes suníes de corte islamista radical como sobre ciertas tribus y partidos más o menos vinculados al baazismo es mucho mayor que la del oscuro Al Ahmed.

El futuro de los baazistas

El partido aparece así, a primera vista, dividido en una facción, la de Ad Douri, en búsqueda del entendimiento con el bloque de gobiernos árabes tradicionalistas alineados con la agresiva política exterior de Qatar y Arabia Saudí, y otra, la de Al Ahmed, dependiente del precario sostén de la inestable Siria, que a su vez se encuentra sometida a la creciente influencia de Irán. Hasta ahora, el auxilio de Damasco a un sector del baazismo iraquí decidido a derribar el gobierno chií de Iraq podía interpretarse como un signo de independencia de la política exterior siria respecto de Irán. La evolución de los acontecimientos pone en tela de juicio la continuidad de ese apoyo.

En Iraq, el rescate de los baazistas de la muerte civil, o al menos de aquellos baazistas no implicados en políticas represivas, ha suscitado intensos debates. En 2008 se aprobó una controvertida ley que rehabilitaba parcialmente a los miembros del partido que no hubiesen integrado los cinco primeros niveles de la jefatura. Los esporádicos rumores de negociación o incluso las invitaciones abiertas a los exiliados para regresar al país se han mezclado con acciones tales como el arresto, en 2011, de 240 “ex baazistas” acusados de planear un golpe de Estado desde dentro de la Administración.

Pero, aun suponiendo que en virtud de algún tipo de acuerdo se autorizase con las suficientes garantías el regreso de los baazistas, todavía pesaría sobre ellos la prohibición constitucional de funcionar como un partido. Y aun en el improbable escenario de que dicha prohibición fuese levantada, resultaría difícil que el Baaz lograse hacerse un hueco en un escenario dominado por los partidos confesionales. La fuerza del Baaz radicó en su organización, disciplinada y eficiente, más que en la popularidad de su discurso.

Esa capacidad de organización le ha permitido sobrevivir aun en circunstancias tan adversas como las presentes. Supervivencia, claro está, condicionada por el respaldo de poderes exteriores más que acostumbrados a utilizar en provecho de sus estrategias regionales a grupúsculos armados.

Este reportaje completa la serie sobre Iraq. Puedes consultar otros artículos aquí

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