a la intemperie, ACHTUNG!, opinión — 11 noviembre, 2012 at 15:48

Un cementerio de valientes

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Por Diego E. Barros

 

Lo de despedir a la gente por e-mail es una nueva muestra de lo que la actual dirección de El País entiende por el cambio digital. Dicen que no ha sido la empresa misma, sino el Comité el que ha ido, uno a uno, diciéndole a sus compañeros que su nombre estaba incluido en la lista que el lunes presentará la dirección en el Ministerio de Trabajo. Cómo te lo digan es, a fin de cuentas, lo de menos. Lo importante no deja de ser el hecho: que la dirección del que se vanagloria de ser el principal periódico en español decida al amparo de una crisis de la que ellos mismos son grandes responsables prescindir del único capital con el que cuenta un periódico, sus periodistas. En concreto 129 nombres entre los que figuran algunos de los mejores profesionales de España, maestros para los que un día nos dedicamos a este noble arte de juntar palabras para contar historias. Más allá del hecho, el cómo te lo digan no deja de ser sino un síntoma de en qué nos hemos convertido y al amparo de qué tipo de personas y políticas hemos puesto las cosas importantes.

A mí me despidieron la tarde un 9 de diciembre de 2009. Otro compañero se fue conmigo aquel día. El resto de la redacción que componía aquel periódico tardó poco más de un año en seguirnos los pasos previo ERE temporal que, se suponía, debía salvar el periódico. No lo hizo. La película de los hechos la he contado en varias ocasiones. Dicen que ayer los despedidos continuaron trabajando, por los lectores. Yo no. Bajé, apagué el ordenador y me fui a tomar una cerveza y a fumarme un cigarro prestado al bar de Madó.

En mi caso no hubo previo aviso. Un día subí la escalera como el que se va a comprar tabaco y ya no volví a sentarme en mi mesa de trabajo. A mí, el director del grupo al que pertenecía el periódico donde trabajaba tuvo el detalle de comunicarme mi despido en persona. De mi jefe, el director del periódico donde trabajaba, no supe nada más desde la mañana del día en que me despidieron. En bolas, en el vestuario de un pabellón deportivo me dijo que subiera a «hablar con el jefe» y que él «no sabía nada». Ayer leí que ese director del periódico en el que trabajaba iba a participar en un debate en calidad de director de la cabecera. Digo de la cabecera porque el periódico no existe. Constato que sí la cabecera y ahora me entero de que también el cargo de director de un periódico que ya no existe. Son detalles, pero por estos detalles uno puede entender de qué va eso a lo que llaman crisis del periodismo.

Yo ya no trabajo en una redacción. Ni siquiera vivo en España. Ahora escribo donde quiero y de lo que quiero. A veces me pagan, la mayoría no. Me prostituyo, lo sé. Para pagar las facturas doy clases en una universidad extranjera. Algún día acabaré la eterna tesis que estoy escribiendo por trámite y, supongo, necesidad. Viendo cómo está el negocio dudo que algún día vuelva. Mentiría si digo que no vivo mejor que antes. Mentiría si digo que ahora no gano más dinero que antes. Mentiría si no digo que no hay mañana en la que me despierte pensando que vuelvo a una redacción, a un juzgado, a un parlamento, a un ayuntamiento o a la calle en busca de una historia. Solo yo sé cómo lo echo de menos. Cómo echo de menos el aire irrespirable de una redacción a las siete de la tarde. El silencio de la redacción vacía a primera hora de la mañana. Las prisas de la hora de cierre y la adrenalina recorriendo el cuerpo al escribir una historia que sólo tienes tú y que mañana, inocente de ti, puede hacer cambiar las cosas. Una noche electoral. El postpartido con los compañeros. Comerse las lágrimas el fin de semana del 11-M.

De El País se han ido 129 periodistas, tras tres días de huelga y negociaciones infructuosas. Ayer El País publicaba una carta sin firma a modo de editorial en la que explicaba a los lectores el porqué de los despidos. Venía a decir que la vida es dura. Y que, a pesar de las dificultades, el show debe continuar. La carta no mencionaba a qué precio. No mencionaba tampoco los sueldos y las prebendas de unos dirigentes que acusaron a sus trabajadores de «vivir demasiado bien». Tampoco aparecía una de las excusas que los dirigentes dieron: la plantilla demasiado vieja y con escaso perfil digital: para tener poco perfil digital, vaya la que han organizado en las redes sociales algunos de los despedidos estas últimas semanas. Eso no parece haber gustado a la empresa que denuncia en su carta sin firma «las tendencias libertarias de quienes ocupan las redes sociales», lo que ha arrojado sobre la lista de despidos un manto de sospecha de caza de brujas. Pero son detalles. Como es un detalle que tener «tendencias libertarias» convierta a alguien en sospechoso.

Lo peor de la carta sin firma es la mentira convertida en tópico: «El País pertenece a sus lectores». Ningún medio de comunicación pertenece a sus lectores. Los medios de comunicación, como empresas que son, pertenecen a sus accionistas. Nada más. Los accionistas de El País tienen todo el derecho del mundo de hacer con su empresa lo que les plazca. Como si quieren seguir pagándole 13 millones de euros a su consejero delegado. Incluso pueden seguir pagándole a un director de un periódico que no existe por dirigir un periódico inexistente. Pero al hacerlo, por favor, no digan que lo hacen para salvaguardar el interés de unos lectores que no son dueños de nada más que de acudir cada mañana al kiosco y comprar un ejemplar del periódico.

Otra cosa son los vínculos emocionales que un lector pueda tener con una determinada cabecera. Después de que mi padre escrutara minuciosamente sus páginas sobre la mesa de la cocina todas las mañanas de domingo era mi turno. Yo aprendí a leer con El País. Un periódico es una actitud ante la vida, una especie de salvoconducto que convierte en cómplices a dos desconocidos que se reconocen frente a frente con un ejemplar de El País bajo el brazo. Yo me hice periodista por El País. Los años de la facultad pasaron rápidos, demasiado, mientras dejábamos que la tinta de las páginas del periódico nos ennegreciera las yemas de los dedos. Pocos comprábamos el periódico todos los días, escaseaba el dinero y sobraba la pereza. Pero sabíamos que a la mesa de redacción diaria en la cafetería de la Facultad y que solía sustituir a un aula donde poco o casi nada aprendíamos, llegaba todos los días El País, fresco como el pan de la mañana, de la mano de Rubén, Tamín o David. Y en sus páginas estaban los maestros de los que sí había que aprender. Enric González, Santiago Segurola, Ramón Lobo, Fernández Santos, Reinoso, Comas, Pablo Ordaz, A. Espinosa y otros muchos. Con el paso del tiempo aprendimos que no se podía dejar a Joan a solas con un ejemplar de El País sin antes leerlo uno mismo. Después era tarea imposible.

Hace unos días, una compañera de aquella última redacción en la que trabajé participó en unas jornadas sobre prensa, mujer y crisis del periodismo y me pidió que le escribiese unas líneas sobre cómo veía yo las cosas y cómo me había sentido tras ser despedido. Tras ser despedido, le dije, sólo se aprende una cosa: descubres quiénes son tus amigos entre los compañeros de trabajo. En la mirada de tus ya ex compañeros ves una mezcla de compasión y miedo. La compasión es lo peor y llega un momento en que te descubres a ti mismo animando a los que se quedan sin decirles que ellos, los que se quedan, lo tienen aún bastante más jodido que tú, que ya te has ido. Después, al poco tiempo, el teléfono deja de sonar y solo queda la soledad.

Hoy el miedo es solo la espera ante la muerte de mañana. Cada uno es libre de mantener a raya su miedo como crea más conveniente. Decían ayer que El País no volverá a ser el mismo. Puede ser. Lo que es seguro es que dentro de unos meses o un año nadie se acordará de lo que pasó con los 129 despedidos de la misma forma que nadie parece acordarse hoy de que no se puede ser director de un periódico inexistente o de los 6.000 periodistas que ya se han quedado en el camino desde que comenzó la crisis. Algunos volverán a escribir en otros sitios. Otros, los menos conocidos, caerán en el olvido. Los que peor lo tienen son los más veteranos y, sobre todo, las mujeres. Si aludimos a la fórmula mujer y veterana, lo siento chica, pero estás jodida. La vida es dura, ya has leído la carta sin firma de El País. El show debe continuar.

Estos días no he podido dejar de pensar lo que me hubiera gustado ver a la redacción de mi último periódico tener siquiera la mitad del comportamiento que ha tenido la mayoría de la redacción de El País y sus delegaciones territoriales. No lo digo por mí y por el otro compañero al que despidieron aquella tarde de diciembre. Nosotros solo éramos dos. Tampoco lo digo por la redacción entera que al final acabó por desaparecer. Lo digo por la plantilla ―en general― de un grupo (así le gusta considerarse a sus jefes) que no dijo nada sino más bien al contrario: protagonizó alguna deshonrosa concentración a las puertas del periódico de la mano de los mismos gestores que acabarían por matarlo.

Dicen que el cementerio está lleno de valientes. Puede ser. Pero hacía tiempo que no veía un cementerio tan hermoso como este en el que yacen los caídos de El País.

@diegoebarros

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