a la intemperie, carrusel, opinión — 22 febrero, 2014 at 10:00

Los colores del partido

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Por Diego E. Barros

Una de esas verdades arrebatadoras es la existencia de países a los que parece haber mirado un tuerto. Uno de ellos es Polonia. Sin comerlo ni beberlo, en el centro de todas las guerras europeas del pasado siglo recibiendo hostias de todas partes. Tanto que los polacos de hoy parecen llevar su malditismo marcado en el ADN. Hace unos años en EEUU en una fiesta universitaria (que nada tienen que ver, por cierto, con las de las películas) una amiga, también española, mantenía una discusión amistosamente molesta con un tipo polaco. La chica se acercó a Nuño, al otro lado de la cocina donde nos encontrábamos, y medio en broma medio en serio preguntó: «Mira lo que me está diciendo el polaco, ¿qué le digo, Nuño?». Nuño, un tipo bajito y cuadrado que arrastra la mala hostia de sus tiempos de jugador de rugby, clavó los ojos en el polaco que nos miraba desde su esquina y le dijo a nuestra amiga en un inglés de claridad meridiana: «Pregúntale qué se siente al ser de un país que ha desaparecido del mapa en tres ocasiones». Una broma macabra en el seno de una anécdota sin importancia pero el caso es que el polaco se esfumó tras escucharla.

Polonia fue uno de los países que estos días se ha unido a los negociadores de la UE (Francia y Alemania) que parecen haber alcanzado a un acuerdo que pare la violencia en la vecina Ucrania. La presencia de Polonia en la terna cobra sentido porque, en el fondo, lo que está de nuevo en juego es el área de influencia de Rusia. Y Polonia sabe demasiado del hambre expansionista de la Gran Madre Patria.

Como Polonia, Ucrania es otro de esos países que arrastran una maldición no se sabe si divina o puramente geográfica como la que Porfirio Díaz atribuía a México, otro país maldito «tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos». La Historia como ciencia resulta tan fiable como la Economía. Es pura cuestión de estados de ánimo. Por ejemplo, desde EEUU se dice que fueron ellos los que nos ganaron la II Guerra Mundial, olvidando que la URSS de Stalin hizo lo suyo. Solo hace falta contabilizar la lista de bajas. Así, decimos que Auschwitz fue liberado por «los soviéticos» igual que París por «los aliados». A las notas al pie de la Historia queda relegado el hecho de que quienes entraron en Auschwitz y París, respectivamente, fueron el Primer Frente Ucraniano y La Nueve, compuesta mayoritariamente por republicanos españoles.

Durante la Segunda Guerra Mundial, solo un 5% de la Rusia soviética fue ocupada por los nazis mientras que la devastación completa se produjo en Ucrania y Bielorrusia, las murallas de la Gran Madre Patria frente a occidente. Y son esas murallas, entre otras razones, a las que la imperial Rusia de Putin no quiere renunciar.

Yo no tengo mucha idea de lo que pasa en Ucrania. Como mucho puedo atisbar quién es quién es quién en el complejo tablero de la geopolítica. Pero entre Moscú y Bruselas, el mal menor no es precisamente el intrépido cazador de gais. Y ahí se acaba todo el debate racional. El resto pueden verlo estos días. Como ya ocurriera con la no-intervención en Siria, observamos los conflictos desde nuestra cómoda superioridad moral europea. Se trata, como dice un amigo, de escoger bando, Madrid o Barcelona.

Pasa en Ucrania y sigue pasando, por ejemplo, en Venezuela, donde lo estrambótico es ver a la Berdadera Hizquierda hablando de una supuesta lucha entre «fascismo y comunismo», como si hubiera manera de discernir cuál es cuál, más allá de quién tira de gatillo y quién pone los muertos. Como si a estas alturas de partido se pudiese seguir hablando de buenos y malos. Los argumentos de quienes lo hacen son tan fascinantes que se desmontan con una simple ―y arriesgada― comparación. Cuando las fuerzas del orden cargan aquí (o mueren 15 inmigrantes) es la «policía fascista» contra «el pueblo». Cuando lo hacen en Ucrania o Venezuela, cuidado: allí hay «nazis» y «fascistas» en la oposición; igual que las protestas en España son siempre obra de «violentos antisistema».

Yo no sé, ya digo, qué pasa exactamente en Ucrania. Sé que acabará a la vieja usanza: con EEUU en una mesa negociando con Rusia y la UE mirando. Mientras, sigan disfrutando de su superioridad moral y su amor por un supuesto «comunismo» que solo han visto desde su salón.

 @diegoebarros

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