a la intemperie, carrusel, opinión — 9 agosto, 2013 at 13:17

Guerra por compasión

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Por Diego E. Barros

Foto: LaRepublica.com

En 1897 España languidecía y Cuba era una colonia inmersa en los preparativos de una guerra de la independencia destinada a terminar con la metrópoli humillada. Pero la guerra no acababa de arrancar y Frederick Remington, una suerte de corresponsal que el magnate de la prensa William Randolph Hearst había enviado a la isla para cubrir las hostilidades, aburrido, envió un telegrama en el que decía: «todo tranquilo y sin problemas. No habrá guerra, deseo volver». Hearst, sin perder la calma contestó: «manténgase en su puesto, envíe las imágenes que yo le enviaré la guerra».  El 15 de febrero de 1898 explotó el Maine y con él una guerra de la que buena parte se gestó en los periódicos. El resto es historia: EEUU se hizo potencia, se quedó Cuba (el Castrismo es un paréntesis), Puerto Rico y el Canal de Panamá. Nosotros bautizamos una generación literaria.

De Gibraltar poco más sabemos que es un forúnculo en el culo de la Península. Como todo forúnculo, molesta de cuando en cuando pero sólo al que le otorga demasiada importancia. La propaganda oficial nos dice que es un nido de monos y contrabandistas sin especificar el orden ni la naturaleza de cada especie. Más allá de cuestiones zoológicas, Gibraltar ha sido siempre la válvula de escape de la que ha tirado España en momentos de incertidumbre cuando no directamente de ridículo. Es la tensión permanente por un pedazo de roca sobre el que los guardianes de las esencias suelen depositar en centro de las cosas y unos afortunados cientos de linenses su jornada laboral.

En mitad de la vorágine y con parte de la prensa subiéndose a las barbas del Ejecutivo, comenzó el ministro Margallo diciendo «se acabó el recreo» y a muchos nos sonó como lo que era: la amenaza del maestro sustituto del que se descojonan todos los alumnos. El presidente no está para demarrar asistencias y llamó al premier británico, según la prensa de la caverna, para ponerlo firme. Que sólo esa expresión asociada a Rajoy ya provoca sonrisa lastimera. En defensa del presidente y sus relaciones con el mundo exterior hay que decir que siempre se ha manejado mejor con algo de por medio, sea hilo telefónico, traductor, o pantalla de plasma.

La lección es que a la hora de montar una buena guerra, sea real o imaginaria, la prensa tiene una función primordial: vender periódicos que hagan olvidar que la carne de cañón sería, llegado el caso, el 60% de jóvenes menores de 25 años sin nada que hacer hoy en España. De momento, ya lo son los cientos de linenses que soportan horas de cola para ir a trabajar a Gibraltar por el gusto de todo gobernante por levantar cortinas tras las que esconder su basura.

El tema lo podíamos haber resuelto mejor con un partido de fútbol pero desde 1966 los ingleses no se sienten seguros si no es en campo propio y bajo sus reglas. La última vez fue en 1996. Hierro y Nadal fallaron los penaltis en la Pérfida Albión y a un amigo no se le ocurrió mejor forma de bajar las cervezas —y el cabreo—, que saliendo a la calle a hostiar ingleses. En Pontevedra y aquel día, lo más parecido que encontramos a un inglés fue un par de mormones de Iowa. Tal era nuestro ardor guerrero que al cabo de un rato ya nadie tenía nada claro: si nosotros nos íbamos de peregrinación a Utah, o si ellos se venían al Campillo a fumar unos petas.

Como la cosa no acaba de arrancar, la prensa nos cuenta que viene el lobo en forma de fragata. Yo por mi parte sólo espero que si nos invaden los ingleses, esta vez se queden y no hagan como los franceses, que son unos nenazas. Un país que cambió la Ilustración por Fernando VII bien merece, después de una somanta de collejas, una segunda oportunidad. Así las cosas, que la invasión no se haya producido todavía sólo se explicaría por un cierto respeto inglés vista nuestra venganza sobre Argentina tras las nacionalizaciones. Palabra de ministro de Industria, José Manuel Soria. Pero a mí no me extraña que Gibraltar quiera ser británica. Lo que me asombra es que Ceuta y Melilla no lo pidan a gritos.

 @diegoebarros

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