carrusel, cartas desde, viajes — 19 diciembre, 2013 at 10:00

Cubanos en Paris, cubanos en casa

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Cartas desde Nueva York

 

Por Sergio Rozalén | Fotos cortesía del New York Festival of Songs

Hubo una época, en el periodo de entreguerras, en la que decenas de músicos cubanos encontraron en París el lugar ideal para asentarse tras su exilio político. Los Alejo Carpentier, Eliseo Grenet o Miguel Matamoros, salidos de una decadente Habana presa de la dictadura de Machado, en la que los tiroteos en clubs nocturnos, muchos de ellos protagonizados por los propios músicos revolucionarios, eran tan comunes como el ron, encarnaban lo mejor de la música isleña del momento. Emigraron a Francia con poco más que su inspiración musical para formar parte, sin saberlo, de toda una corriente de artistas cubanos afincados en las Galias y de los que, desgraciadamente, poco se supo con el paso del tiempo.

Casi un siglo después, un erudito de la investigación musical y excelente pianista, Steven Blier, arrastrado por el influjo de la música cubana, la pasión por el descubrimiento de corrientes musicales olvidadas y con el eclecticismo que caracteriza a quien lleva décadas jugando con tendencias musicales alternativas, ofreció un único concierto en Nueva York en el que trasladó a los espectadores a lo que, algún día, debió ser la capital francesa tomada por los mejores artistas cubanos de la época. En dos horas de obra, pero con incalculables horas de trabajo previo, Blier presentó un espectáculo titulado “Cubans in Paris, Cubans at Home” de ópera, poesía y teatro cantado que es, de todo punto, inédito.

Blier es un músico de la diáspora, de los desplazados, de los olvidados, de la música que raramente se escucha en ningún festival. Quizá por eso, hace 26 años, fundó el Festival de la Canción de Nueva York (New York Festival of Song, NYFOS) donde da cabida a todo aquello que no se podrá escuchar en otro lugar. Y en cada festival, Blier se reserva su propio espacio. Si hace unos años sorprendió a todos con una curiosa compilación de canciones en euskera, galleo, catalán y español, este año el entrañable Steve apostó por su querida música latina en un contexto tan particular como el del exilio cubano en Francia. “Es un curador de repertorios, el único que consigue alcanzar ese nivel con semejante mezcla de estilos. Quien consigue elevar el cuero del tambor a la belleza de la música clásica”, asegura Leonardo Granados, el percusionista venezolano que debuta con Blier en esta edición del Festival y que no oculta su pasión por trabajar a las órdenes de un “experto en cante popular”.

Jeffrey Picón abraza a la soprano Corinne Winters

La soprano Corinne Winters, que repite con Blier y que puso voz al anterior disco de canciones en todos los idiomas oficiales de España, reconoce que los días que ensaya y actúa con su banda son “una liberación”, pues le hacen sentir más relajada y menos atada a la rigidez de la ópera. Junto a ella, el tenor Jeffrey Picón y el barítono Ricardo Herrera acompañan al pianista Michael Barret, en una interpretación que sorprende por su frescura y humor. ¿Quién se espera que dos cantantes en escena interpreten una eléctrico diálogo entre amigos que se quieren tanto como para exclamarse “Toi, c´est moi”? Una curiosa y variada composición para una banda tan efímera como la de una sola actuación, tan particular como la de rescatar las voces de los cubanos que chapurreaban el francés y que trasladaron a París sus pasiones

Bella cubana fuiste rayo de luz

Que en la negrura de mis noches

La inspiración tú me das.

Mi canción eres tú

sus credos

Por las calles de Regla lleva la comparsa

Juego santo de honor d´Ecorio Fó

Farola en alto, anilla de oro

Chancleta ligera, pañuelo de Bermejo

sus celos

Si no dijeras mentiras

Ni engañaran tus palabras

Yo por tu amor te daría

La vida entera y el alma

y sus lamentos

Esclava soy, negra nací

Negro es mi color

Y negra es mi suerte

Pobre de mi sufriendo voy

Este cruel dolor

Ay, hasta la muerte

El Merkin Concert Hall de Nueva York fue testigo de la inmensidad deSteven Blier. Su distrofia muscular puede que le obligue a desplazarse en silla de ruedas, pero no le impide tocar el piano de la manera en la que lo hace, pero sobre todo, dirigir el excelente elenco del que se rodea. Es un animal musical con más de 140 recitales a sus espaldas que afirma sin vacilar que va a seguir haciendo música hasta el fin de sus días. Transmite la calma de quien confía en sus creaciones, la felicidad del que se ha dedicado siempre a lo que más ha amado y la esperanza de que nada le impida poder seguir sentándose frente a un teclado. Este invierno, en Nueva York, para acompañar las letras hispano francesas de unos cubanos que alguna vez fueron el referente cultural de París. El año que viene, quizá una recopilación de lamentos sefardíes o una introducción a la música eslava de finales de siglo. Porque la voracidad melómana de Steven no tiene, todavía, límite.

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