ACHTUNG!, Odradek, opinión — 1 diciembre, 2017 at 20:34

No hace mucho. No muy lejos: La exposición de Auschwitz abre sus puertas en Madrid

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Realmente no existe una excusa para no asistir a lo que es un pedazo de nuestra vergüenza más inmediata. Y tiempo para ello hay de sobra, porque la exposición sobre el Campo de Exterminio de Auschwitz que se inaugura desde hoy, primero de diciembre, en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, alcanzará hasta el 17 de junio de 2018. Con el lema “No hace mucho. No muy lejos”, se nos propone un recorrido por ese pedazo del horror moderno que ha conformado parte de la personalidad del hombre de la segunda mitad del siglo XX, aquel que, según Adorno, ya no podía escribir poemas tras Auschwitz.

Por eso he querido hoy, desde esta columna de opinión de El Odradek que me brinda todas las semanas Achtung!, dedicar estas líneas a la reflexión sobre un lugar que, indudablemente, en el instante en que pude conocerlo en persona, reconfiguró mi percepción de la Historia y me moldeó como parte del escritor que soy hoy en día. Sobre este asunto, ya he hablado en esta misma revista online:

http://www.achtungmag.com/en-el-infierno-congelado-o-el-destino-de-un-novelista/

Ahora quiero detenerme en lo que la exposición de Madrid nos ofrece, y en dónde radica lo verdaderamente importante de la muestra.

Postes y alambradas en Auschwitz I. Foto: Pawel Sawicki

En primer lugar, tengo que reparar en el lema, en ese demoledor “No hace mucho. No muy lejos”, que casi parece decirlo ya todo. En efecto, para la marea devoradora de la Historia, algo que ocurrió hace poco más de 70 años no significa nada, pero es un lapso de tiempo que, para la vorágine de nuestro moderno devenir, puede parecer olvidado. Ciertamente, un genocidio de semejantes características, cometido a mitad del siglo pasado, en lugar de darnos la sensación de pertenecer al lugar oscuro del olvido de los hechos tendría que mostrársenos bien presente. Porque está ahí al lado. Todavía.

Y sucedió no muy lejos. En el mismo corazón de Europa. Actualmente, y gracias a los modernos medios de transporte, se encuentra a unas tres cómodas horas de avión. Esta debería ser una circunstancia que no podría dejarnos indiferentes, porque se trata de un crimen de unas dimensiones tan descomunales que no ha sucedido, para nosotros españoles y europeos, en las catacumbas del otro extremo del mundo.

Sin embargo, en España nunca ha habido una cultura del Holocausto, si es que se puede denominar así. España, tradicionalmente, siempre ha abrazado una actitud abiertamente pro palestina, algo que tal vez pueda entenderse si hurgamos en los complejos históricos que nos encadenan a aquella expulsión de los judíos en 1492, o a Franco y su parafernalia política. Desde luego, cada país es dueño de posicionarse políticamente como prefiera.

Y a nosotros nos acompaña desde hace mucho esta elección, que no significa un antisemitismo reconocido o un sentimiento anti hebreo de por sí. Solamente es la actitud política de simpatizar con uno de los lados en un conflicto que muchos entienden como claramente excluyente. O estás con unos o vas en contra de los otros. Y de ahí, a negar el Holocausto, o a tomarlo demasiado a la ligera, hay un paso.

Pero el hecho de que este país se manifieste abiertamente pro palestino en sus políticas y comportamientos no debería llevarnos a ignorar el crimen del Holocausto o, lo que es peor, a permitir la sangrante costumbre de ponerlo en duda o trivializarlo. Los españoles somos muy de odiar visceralmente y de no perdonar afrentas por los siglos de los siglos. De ahí que aquellos franceses napoleónicos que nos invadieron en 1808 nos siguen irritando tanto ahora como antes, pero eso no fue óbice para que con motivo de los tristes y lamentables atentados yihadistas de París en nuestro país se levantara una sincera oleada de apoyo y solidaridad. Entonces, ¿por qué motivo no ocurre esto con los judíos?

Me he sorprendido, de verdad lo digo, en más de una ocasión, teniendo que dar demasiadas explicaciones ante la ceguera de turno de quién pretendía negar el Holocausto. No lo ponía en duda o se atrevía a discutir uno u otro aspecto, lo negaba. Y ahí radica la enorme fortaleza de este crimen. Y su triunfo por encima del tiempo.

Sin embargo, y esto todavía me sorprende más, estamos en la querida Sefarad de un montón de hebreos que todavía conservan la llave de su casa medieval de Toledo, o de cualquier otro pueblo de donde sus antepasados fueron expulsados. La concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Museo del Holocausto Yad Vashem en 2007, o a las Comunidades Sefardíes en 1990, son dos gestos de reconocimiento oportunos, pero que no tuvieron mayor calado en el ciudadano de a pie, que continúa entendiendo poco y mal del asunto, e incluso argumentando auténticas barbaridades en relación a Auschwitz y a lo que, realmente, aconteció en aquel lugar de martirologio.

No nos engañemos, gestos como el del embajador Sanz Briz, son excepciones que, por su carácter especialmente extraño, llaman todavía más la atención por lo exótico y casi disparatado. De ahí la importancia de que la inauguración de esta exposición itinerante tenga lugar en Madrid. Nadie con mayor despego por este crimen que nosotros, los españoles.

Mi padre y mi madre fueron hijos de la Guerra Civil. Mi padre lo paso peor, le tocó en Barcelona, y mi madre la superó en Zaragoza, protegida, además, por su padre (mi abuelo) que se mostró muy competente para sobrevivir en esos momentos de dificultades. Por ese motivo, mis progenitores siempre se mostraron liberales, aunque no modernos —no se puede obviar que eran hijos del franquismo—. Quiero decir con ello que eran completamente empáticos con el sufrimiento humano.

Mi padre no dudaba en hablarme de atrocidades cometidas por el Ku Klux Klan sobre la población negra de América (entonces eran simplemente negros, no afroamericanos), por ejemplo, en unos años en donde la educación escolar en valores no existía, porque tampoco era necesario que nadie inculcara en nuestras tiernas cabecitas de infantes que no se debía apalizar a otro o que, simplemente, los demás merecían un respeto. Sin embargo, no creo recordar, al menos hasta donde mi memoria alcanza, que mi padre me hablara alguna vez de los judíos ni del Holocausto.

En efecto, no existe una tradición a ese respecto en España, ni siquiera ahora en que tanta literatura y cine han contribuido a popularizar los sucesos, con no siempre el mismo efecto. Nadie podrá apearme de que en este país retrocedimos años en este asunto a raíz del éxito comercial, Óscar incluido, de La vida es bella. Una película que contribuyó a trivializar un asunto por el que tal vez podríamos haber empezado a interesarnos gracias a la recuperación histórica, poco después, de Sanz Briz o Francis Boix. Sin embargo, la sombra de aquella película, tal vez mal entendida, no digo que no, tuvo mucho de significativo alimento para quienes ya se tomaban el asunto a broma.

Y me pregunto qué reacción tuvo la contemplación de ese filme en aquellos que como Primo Levi consagraron sus vidas a dar testimonio, a luchar contra el horror, a contemplar en el espejo su imagen manchada por la llamada “indignidad del superviviente”, y que terminaron con sus vidas por pura impotencia y hartazgo.

El aluvión comercial ha llevado a incluir Auschwitz dentro de los programas de visitas de los tour operadores. En los circuitos turísticos. Eso, cuando yo lo visité en 1991, no ocurría. De esta forma, se ha producido una trivialización del Holocausto, en parte con trabajos que han hecho tanto bien como mal (por ejemplo, La lista de Schindler) a la hora de popularizar el asunto. Es indudable que todo lo que sea dar a conocer y difundir el drama es bueno, pero tal vez, si falta rigor, se puede caer en esa terrible banalización.

Por eso, exposiciones como esta son tan necesarias, porque viene avalada por el propio museo del campo, con seriedad, con un único objetivo: mostrar el horror. Lo que allí sucedió.

Barracón original procedente del campo anexo Auschwitz III Monowitz, que puede verse en la exposición.

En la muestra nos vamos a encontrar con una serie de objetos heridos de tristeza. Esta tristeza de los objetos, de los zapatos y las gafas, de un vagón de ferrocarril, de un barracón, emana directamente del lugar de procedencia: el centro del dolor humano. Sólo visitando el campo, o acudiendo a esta exposición, se puede comprender el verdadero significado de la frase de Adorno sobre esa imposibilidad de la poesía después de Auschwitz.

Detalle de unas de las gafas de lectura de uno de los prisioneros.
Zapato y calcetín de niño.

Porque la poesía nos pone en contacto con un lado inocente e infantil que, desde que los hombres fuimos capaces de perpetrar aquella desgracia, hemos extraviado, para no recuperarlos nunca más. Eso es lo que nos impide ser poetas después de los campos de exterminio: ya no seremos honrados ante la belleza porque nos acompaña la mácula del terrible crimen que pesa sobre nuestras conciencias.

Un poeta es una persona que se sorprende ante la belleza de la naturaleza. Pero, ¿qué capacidad de sorpresa puede quedarnos, es decir, que bagaje de pureza, tras sucesos como los de Auschwitz? Siento decirlo, pero así lo creo: en este aspecto el campo representa una gran victoria para quienes lo crearon, es decir, la más absoluta de las derrotas para el género humano.

Porque lo realmente aterrador y maligno de los campos de exterminio es la institucionalización de la muerte como producto. El hombre es la materia prima que, debidamente transformada, según las reglas más efectivas de rendimiento, plazos y costes industriales, acaba manufacturado en Muerte. Allí se fabricaba Muerte en serie, y se dedicaban todos los esfuerzos a ello. Este concepto innovador y aterrador es el que provoca el fracaso gnoseológico que nos hará arrastrar una quiebra epistemológica que nos alcanza como hombres del siglo XXI.

Vagón de transporte de los prisioneros.

La industrialización de la muerte, con todos los recursos productivos puestos a su disposición, ya sean económicos o humanos, marcará un antes y un después, tanto en las preguntas que desde entonces debemos formularnos acerca del comportamiento de los hombres, como en las respuestas que debemos hacernos acerca de los motivos que son capaces de desencadenar semejantes conductas.

Y aunque, a día de hoy, en parte gracias a toda la carga de investigación, de documentación, y de estudios referidos al asunto, pueda parecer que poseemos soluciones, créanme, estamos tan lejos de encontrar una respuesta a las preguntas como cerca de concluir que, todo aquello, no fue algo más que lo meramente inherente al comportamiento humano; un comportamiento que se desencadena en determinadas circunstancias, y del que, por ende, ninguno de nosotros estamos libres si se nos condiciona lo suficiente.

Por eso, aquello que no ocurrió ni hace tanto tiempo, ni tan lejos, puede ocurrir de nuevo, tal y como sostenía Primo Levi, en cuanto bajemos la guardia, nos descuidemos, o simplemente pensemos que se trata de una sarta de exageraciones, cuando no de mentiras. He aquí la verdadera necesidad de acudir a la exposición. Y por cierto, por duro o difícil que puede parecer: lleven a sus hijos. Todos nos estaremos haciendo un favor.

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