No hace mucho. No muy lejos. Reflexiones sobre la exposición de Auschwitz

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Hace años de mi visita al campo de exterminio de Auschwitz. Fue a principios de los 90, cuando me embarqué en un largo Interrail que a golpe de mochila me llevó a recorrer una Europa del Este bajo la convulsión del final de los comunismos. Por supuesto, caminaba con mis propias fuerzas telúricas desencadenadas en mi interior, y tal vez aquel viaje era una forma de sentirme ligero por última vez ante la perspectiva de un futuro adulto y asfixiante. Tal vez. Entonces, no sabía mucho de la Segunda Guerra Mundial, en realidad no sabía casi nada de nada en absoluto, con una pésima carrera de periodista a las espaldas que me prometía un futuro vencido y cuatro estúpidas vivencias metidas en mis bolsillos como todo bagaje para enfrentarme al mundo. De forma extraña, sin saber los motivos que me guiaron allí, terminé en Polonia, después en Cracovia, más tarde en Oswiecim y, finalmente, bajo el cartel de la malignidad: Arbeit Macht Frei. Mi mundo, mi percepción de la vida, del ser humano, estaba a punto de cambiar. La persona que salió de aquel lugar acababa de entender que la muerte viaja en vagones de ganado y también en los tomos de piel de las obras de algunos intelectuales, que el mal se alberga en barracones de castigo y entra en ebullición en hornos crematorios y, además, ese mal puede congelarse para, después, ser troceado, repartido, y esparcido por el mundo como un vendaval de odio.

Ya falta poco para que se despida de Madrid la que, tal vez, haya sido la exposición temporal más importante que haya albergado la ciudad en su historia, me refiero a Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos, en las salas del Centro de Exposiciones Arte Canal hasta el 17 de junio.

Ya es hora de hablar de ella en esta columna de El Odradek, como una forma de rendirle el tributo merecido a una muestra que, además de ser absolutamente imprescindible, debo interpretarla como un regalo (pese a lo terrible de su naturaleza) que se nos ha hecho a todos los madrileños, y por ende a todos los españoles, al darnos la oportunidad de conocer mejor un grueso tasajo de la historia del mal de Europa, del hombre y de sus políticas, de la intolerancia y del crimen, pero también nos ha enseñado una serie de comportamientos ejemplares, de sacrificios, de gestas de sufrimiento, de  resistencia, e incluso los mensajes de un grupo de lúcidos pensadores que nunca deberemos olvidar.

Desde Achtungmag siempre hemos sido muy receptivos a este acontecimiento, del que hemos ido dando cumplida cuenta a medida que se aproximaba, y yo desde mi columna de este Odradek he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre la cultura del Holocausto en España, de mi experiencia cuando visité el Campo o de cómo todo ello me influyó en mi destino como escritor.

Puedes consultar algunos de estos artículos en los siguientes enlaces:

http://www.achtungmag.com/no-mucho-no-lejos-la-exposicion-auschwitz-abre-puertas-madrid/

http://www.achtungmag.com/literatura-la-barbarie-una-forma-reparacion-no-odio/

http://www.achtungmag.com/en-el-infierno-congelado-o-el-destino-de-un-novelista/

Así como reseñas críticas de algunos libros especialmente importantes a los que hemos atendido en el último año, y que de una u otra manera se ocupaban del asunto:

http://www.achtungmag.com/la-carne-la-historia-cinco-dias-estremecieron-al-mundo-nicholas-best/

http://www.achtungmag.com/calle-este-oeste-philippe-sands-libro-del-ano-2017-achtung/

http://www.achtungmag.com/las-confesiones-himmler-los-verdugos-bata-zapatillas/

La exposición que ya se aproxima a su término es extraordinaria de principio a fin: Sencillamente organizada, pretende ofrecer una perspectiva que alcanza mucho más lejos de plasmar la mera historia del Campo de Exterminio de Auschwitz. Busca mostrar las causas y los motivos que condujeron al asesinato en masa de los judíos europeos, la forma en que se tomaron las decisiones jurídicas y políticas, en qué modo se realizaron los procesos, cómo se fue deshumanizando al judío hasta convertirlo en un objeto a exterminar para que la población civil, el ejército, y el brazo político, burocrático y ministerial, no contemplara en ellos el menor atisbo de una humanidad con rostros y sonrisas, sino las frías raspas de los números que arrojaban las estadísticas o los insignificantes nombres consignados en una lista.

Eliminado todo resquicio de humanidad en el judío, el proceso podía desencadenarse. Pero, obviamente, ese proceso de deshumanización no era algo sencillo de concretar, llevaba mucho tiempo, y un elevado esfuerzo y consumo de recursos. Esta es una de las enseñanzas principales de la exposición, el proceso de la degradación que sucede en un doble sentido: Todo un grupo humano será considerado como infrahumano y toda una sociedad será capaz de permitir que se corrompan sus valores morales hasta consentir un crimen de semejantes dimensiones, de unas características que no solo la marcarán ya para siempre, sino que terminarán por arruinar siglos de humanismo europeo, de filosofía, de arte y poesía, llevando a nuestra civilización cultural hasta el mismo borde de la extinción.

Y la otra enseñanza de la muestra se deriva de su lema: No hace mucho. No muy lejos. En efecto, este drama ocurrió hace menos de lo que parece, al doblar una esquina del reciente pasado, y fue aquí cerca. Eso significa que, si no andamos alerta, cualquier suceso parecido o igual, muy bien podría ocurrirnos de nuevo. Esa inmediatez espaciotemporal sobre la que insiste la exposición busca que el recuerdo de Auschwitz no se pierda por el vertedero de la Historia, cobijado en que fue algo que sucedió hace mucho, no se sabe muy bien por qué motivos y en un sitio muy lejano. Pero de eso nada.

Yo mismo, dando cuatro tumbos en la Europa de principios de los años 90, fui capaz de llegar hasta la puerta del horror casi sin proponérmelo. ¿Acaso no podría venir el horror en este siglo XXI a tocar con sus nudillos al portal de nuestros países y de nuestras casas? ¿Es que acaso no lo lleva haciendo ya un tiempo de una u otra manera?

Exposiciones como la de Auschwitz son necesarias para que no le abramos paso al espanto, para que nos mantengamos conscientes de la magnitud del significado de aquello porque, y aunque suene repetitivo, no se me ocurre mejor recurso que recordarlo una y otra vez, teniéndolo bien presente para que nunca vuelva a suceder. Esa es una gran verdad. Y una gran tragedia que nos acompañará para siempre.

Así que nada más acceder a la muestra, la inmediatez y la cercanía espacio temporal se explicita con la primera llamada de atención: “Un punto en el mapa” es el nombre que recibe el primer segmento, ubicando exactamente el lugar del crimen, para que a nadie le queden dudas de dónde fue, de dónde está y en dónde es y siempre será, porque solo fijándolo en el mapa será posible que permanezca para siempre imborrable en la cartografía de nuestras cabezas y en los cráteres de nuestro corazón. Y Santayana nos recibe, además, con su célebre frase sobre cómo no recordar el pasado te podría condenar a repetirlo en el futuro.

La exposición, al igual que la memoria de Auschwitz, se hace fuerte en los símbolos. Esta matanza, la enormidad de la masacre, adquiere un relieve insoportablemente real, se proyecta desde su tiempo, a golpe del significado que poseen los objetos asociados al desastre: el calzado es uno de los mejores embajadores del horror. Ya sea el zapato solitario de una mujer que lo perdió en su camino a la Cámara de gas, o los zapatitos de un niño pequeño, o las brutales botas militares de uno de los oficiales del Campo. Este calzado se muestra como la prótesis huérfana del horror. Así lo reflejan unos versos del poema de Moshe Schulstein, del poema Vi una montaña (1947):

Somos los zapatos, somos los últimos testigos.

Somos zapatos de nietos y abuelos,

de Praga, París y Ámsterdam,

y solo porque estamos hechos de tela y cuero

y no de sangre y carne, 

cada uno de nosotros evitó el fuego del infierno.”

Los objetos son los absolutos protagonistas de un lugar en donde se los ha despojado de las vidas a las que iban asociados. Emanan un dolor y una trascendencia que en alguna de mis novelas me he atrevido a calificar como “la tristeza de los objetos”, y si nos referimos a Auschwitz, además de montones de zapatos, encontramos muchos peines, cientos de espejos, innumerables maletas, gafas…, todos ellos son elementos cotidianos que por culpa del aquelarre asesino se han trasmutado en embajadores de un espanto para el que ni mucho menos estaban diseñados. ¿Acaso una maleta debe permanecer repleta de dolor? ¿Y un espejo sólo reflejar ya, eternamente, el rostro de la muerte? ¿Y unas gafas deben permitir una más clara y cercana imagen del horror? Todos esos objetos están malditos, entristecidos en su nuevo rol de testigos de algo a lo que nunca quisieron pertenecer.

Hay que intentar entender de quién es la primera culpa de todo esto porque, la última culpa, esa la tengo yo bien clara, metida entre ceja y ceja, y es culpa de todos nosotros. Una culpa inmensa y enorme como el tiempo que ya jamás podrá abandonarnos. Pero el inicio, el planteamiento del crimen, necesariamente debe señalar a unos culpables. Existe una culpabilidad compartida, tal y como se encarga de recordar y documentar la muestra, entre quienes lo idearon, quienes lo permitieron, quienes lo llevaron a cabo y, por supuesto, quienes miraron para otro lado y no quisieron hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, el proceso político que desencadenó el Holocausto no es tan simple. Y eso es lo que trata de mostrarnos una extensa sección de la muestra, mucho antes de abordar el funcionamiento del Campo, la vida cotidiana, la forma en que se realizaban las matanzas o la liberación del lugar. Empezando ya a principios del siglo XX, después con la Gran Guerra y con la cristalización de ciertos sistemas filosóficos y políticos que consideraban al “judío” como un ente nocivo, el animal, el dragón de fuego de Auschwitz empezó a alimentarse.

Con la llegada del NSDAP al poder en Alemania comenzaron a recortarse diferentes esferas de derechos de los judíos, una restricción que iba conducida a mostrar su deshumanización frente a la opinión publica. La segregación, el maltrato, se hizo extensivo a otros ámbitos no específicamente judíos.

Tengo la absoluta certeza de que el plan de eutanasia T4 (Aktion T4) de camiones móviles de gaseamiento de enfermos mentales mediante motores de monóxido y tubos de escape —en su mayoría se eutanasiaron niños— es la bisagra decisiva que, entre 1939 y 1942, y junto con la conocida como Orden de los Comisarios del 6 de junio de 1941 que obligaba al Ejercito, es decir a la Wehrmacht, a ejecutar sumariamente a los comisarios políticos durante la invasión de la Unión Soviética, implicó a los diferentes sectores en la tremenda rutina de la matanza sistemática.

Son dos formas de preparar a la sociedad para su posterior participación en el Genocidio, una manera de allanar el camino, de que la transición desde eliminar a enfermos o a rivales políticos resultara natural al derivarse en dirección a los judíos que ni tan siquiera podían considerarse como humanos. Permitido lo primero…. ¿quién podía extrañarse de lo siguiente?

Lo que uno no consigue explicarse nunca es la manera en que un pueblo culturalmente avanzado pueda abrazar semejante oprobio. Uno de los lugares más significativos de la exposición es el que refleja el escritorio de la familia Haberfeld. Alfons Haberfeld era un próspero empresario licorero. El Genocidio acabó con su hija de dos años y con la abuela, y la casa de los Haberfeld en Oswiecim cayó en poder de los nazis y levantaron en ella su Cuartel General.

El escritorio y la biblioteca de los Haberfeld que se reproduce en la exposición muestra una parte de ese mundo culto, de ese “mundo de ayer” en palabras de Stefan Zweig, que desaparecería para siempre, robado sin remedio, arrebatado sin miramientos y con crueldad, y en donde la cultura parecía ser uno de los pilares fundamentales de la existencia.

 

Algunos de los envasases que se exponen de los espirituosos que elaboraba la fábrica de los Haberfeld.

En efecto, un mundo de ayer, también todo un mundo perdido, tal y como se denomina al último segmento; un final que llena de congoja. Proyectadas en las paredes de ambos lados de un pasillo se pueden ver los retazos de las vidas felices de una serie de personas, de judíos, en sus escenas cotidianas, disfrutando de una paz que muy pronto se les desvanecerá para siempre.

Despacho y biblioteca de Alfons Haberfeld.

En estas familias, en esos niños sonrientes junto a sus padres, en esos paseos por la campiña, en las tardes soleadas en el porche de la casa, se encierra el auténtico drama del Genocidio. Parece imposible entender que tipo de amenaza podrían representar estas personas que saludaban a la vida con optimismo y fuerza, como hacemos todos nosotros. Por eso, hay que ser conscientes de que la desaparición brutal de ese mundo sucedió hace tan solo 72 años, a unos escasos 2.754 kilómetros de aquí.

Por eso, nunca estará de más recordar las palabras de Primo Levi:

Ocurrió. En consecuencia, puede volver a ocurrir: esto es la esencia de lo que tenemos que decir. Puede ocurrir, y puede ocurrir en cualquier lugar”.

Poco o nada más puedo añadir yo a las palabras de Primo Levi, quizás aportar algo con mi esfuerzo literario y señalar, para quién pueda estar interesado, que en el Taller de Lectura Comparada que imparto en Torrelodones dedicaremos la sesión del día 24 de mayo a Si esto es un hombre (Austral), del propio Levi, y la del día 31 de mayo a Sin destino (El acantilado) de Imre Kertész. Dos obras claves para comprender el sistema criminal que arrolló con su ira el mundo de ayer.

Es otra forma de continuar empeñados en ese recuerdo crucial, tan decisivo, tan necesario como la exposición que termina en estos próximos días. Aún hay ocasión de verla y descubrir que el horror continúa, petrificado, no hace mucho tiempo de ello. No se encuentra muy lejos de nosotros, de nuestras familias, de nuestro mundo cotidiano, confortable y a salvo: es decir, de nuestros corazones que están obligados a vivir permanentemente con la amenaza, incluso con la congoja por lo ocurrido antes, pero jamás —nos negaremos siempre a ello— nos conduciremos con miedo.

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