ACHTUNG!, artes | letras, libros, literatura, Odradek, opinión — 10 mayo, 2019 at 18:19

No habrá muerte, de Toni Montesinos. Comunismo, nazismo y víctimas.

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Dos intenciones fundamentales se encuentran en el interior del libro de Toni Montesinos que ha publicado la editorial Fórcola, el ensayo No habrá muerte. Letras del gulag y el nazismo. De Boris Pasternak a Imre Kertész. En primer lugar, y se desprende del título, ese “no habrá muerte” tomado de una cita del Doctor Zhivago de Pasternak que, a su vez, se refiere a una frase de San Juan Evangelista. En efecto, no hay muerte si se recuerda a las víctimas, si mencionándolas se las convoca al presente y, con ello, se las mantiene con vida. La segunda intención del texto es mostrarnos como se hicieron eco los escritores, como dieron testimonio de la brutalidad del siglo XX, marcado por dos ideologías que se asentaron en el crimen de Estado y el asesinato masivo. El resultado es un repaso por testimonios y libros que, con la impronta de sus palabras, han sabido mantener con vida el espíritu de quienes sufrieron y murieron a manos de aquellas políticas criminales.

Pero lo primero es lo primero. Tengo que empezar admirándome por la capacidad creativa, repleta de calidad, del autor. Toni Montesinos ha firmado, desde la primera crítica que le hice aquí en Achtung!, la del libro publicado por Ediciones del Subsuelo, Escribir. Leer. Vivir. Goethe. Tolstói. Mann. Zweig y Kafka, un total de ocho libros, tan solo entre 2017 y 2019.

Así, al mencionado libro de Ediciones del Subsuelo, de 2017, y a La soledad del tirador, novela (2017, El desvelo ediciones), hay que añadir un ensayo sobre Thoreau, El triunfo de los principios. Como vivir con Thoreau (2018, Ariel), La ocasión fugaz ensayos sobre poesía española e hispanoamericana (2018, Calambur), Una huida imposible. California y sus escribidores (2018, La línea del horizonte), El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (2018, Ápeiron ediciones), la novela El fantasma de la verdad (2018, El desvelo ediciones) y la reciente biografía El Dios más poderoso. Vida de Walt Whitman (2019, Ariel). Y es posible que me deje algo en el tintero.

Aquí, en Achtung!, hemos atendido a este apabullante ejercicio de creatividad hablando de tres de sus obras, de las que os dejo a continuación los enlaces correspondientes:

http://www.achtungmag.com/escribir-leer-vivir-toni-montesinos-cartografo-literario-los-cerezos-flor/

http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-fantasma-de-la-verdad-la-literatura-y-sus-monstruos/

http://www.achtungmag.com/toni-montesinos-y-el-suicidio-morir-como-un-asunto-literario-y-filosofico/

Una vez remarcado y resaltado semejante esfuerzo editorial en un país en donde publicar es llorar y las cosas no son siempre sencillas, lo que dota a esta actividad montesiniana de un heroísmo ciertamente notable, es momento de ocuparnos de No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo.

De los libros enumerados anteriormente, tal vez sea este con el que más me identifique, a causa de los estudios que he realizado sobre la materia; en concreto, para escribir mi novela El vaso canope, invertí ocho años de investigaciones sobre el nazismo y el comunismo que me sirvieron para, después, utilizar en otras novelas la monumental pila de información que recopilé.

Todo lo que he escrito desde entonces lleva esta impronta, se alimenta de muchas de las fuentes bibliográficas y literarias que menciona Montesinos. Y no las menciona por mencionar, igual que no ha escrito ninguno de sus libros anteriores a la ligera. A pesar de la macro producción de este autor, sus textos son sobrios, rigurosos, empapados de estudio, claros, directos y, sobre todo, tremendamente útiles y entretenidos.

Por eso, los libros que cita Toni Montesinos en No habrá muerte, los conozco bien, y puedo asegurar de su importancia y su pertinencia. De esa forma, el autor compone un ensayo que toca muy dentro del lector. Esa es una de sus grandes virtudes, pero tiene otras, desde luego.

Al principio de esta crítica me refería a las dos intenciones del ensayo que recorren el texto como un río poderoso: una de ellas es ese fuero para traer de vuelta, reponer a las víctimas, recordándolas de una u otra forma, a menudo comentando los libros que escribieron antes de morir o ser represaliadas, gracias a esa función reparadora y al poder de convocación que posee la literatura.

Con No habrá muerte, Montesinos convierte en inmortales a prisioneros del gulag como Yuri Dombrovski, al hablarnos de la novela La facultad de las cosas inútiles (Sexto Piso), o de quienes sufrieron la represión y la violencia de ambos sistemas totalitarios, el estalinismo y el nazismo, aunque no necesariamente murieran como consecuencia de esos sufrimientos.

Como el propio Dombrovski, que sobrevivió al gulag, Montesinos atiende a otros libros de testimonios espeluznantes, desde Sin destino (El acantilado) del Premio Nobel Imre Kertész, pasando por el resistente polaco Jan Karski y su increíblemente heroica y peligrosa peripecia en el libro Historia de un Estado clandestino (El acantilado), o el novelista Heinz Rein con Final en Berlín (Sexto Piso).

Otros que menciona y de quienes habla Montesinos en su ensayo, no tuvieron tanta suerte. Tal es el caso de la archiconocida Ana Frank o de Petr Ginz con su Diario de Praga (1941-1942) El acantilado—, que desde el campo de transito de Terezín acabó en Auschwitz, donde fue asesinado en 1944; otra de estas víctimas ya inmortales, gracias a libros como el de Toni Montesinos, es Janusz Korczak, pediatra, que reflejó el inmenso sufrimiento al que fue sometido en su Diario del gueto y otros escritos (Seix Barral). Korczak fue asesinado en Treblinka en 1942.

Janusz Korczak .

Janusz Korczak puso en marcha un orfanato, El hogar de los huérfanos, en Varsovia. Cuando los nazis decidieron liquidar el gueto y enviar a todos los niños a Campos de Exterminio, Korczak se puso al frente de ellos y los acompañó hasta la muerte. Un ejemplo muy parecido al de la hermana de Kafka, que como voluntaria, en un gesto de heroísmo y entrega, acompañó a un grupo de niños en su viaje hasta Auschwitz. Dos días después de haber llegado al campo todos fueron exterminados.

Dos monumentos a la inmensa labor de Janusz Korczak en Varsovia:

Puedes leer una recreación literaria de este suceso, como parte de mi novela Kafkarama, y que escribí hace años, en este enlace:

http://el-odradek.blogspot.com/2012/08/el-destino-final-de-ottla-kafka.html

Ottla Kafka y en la foto derecha con sus hermanas Elli y Valli, ambas asesinadas en el campo de Chelmno:

Ahora, necesito detenerme por instante en la historia de Petr Ginz, porque posee una serie de momentos tan espeluznantes como emocionantes. Ginz, a cuyo Diario de Praga me he referido antes, tenía 16 años cuando lo asesinaron en Auschwitz. Este joven desbordaba talento, escribía con gran facilidad poesía, ensayos, e incluso puso en marcha una revista clandestina juvenil durante su estancia en Terezín.

Además, Ginz dibujaba muy bien, y algunos dibujos suyos están en la colección del archivo de Yad Vashem, como esta pintura, Botes, realizada en Terezín:

 

Un dibujo suyo, una visión de la Tierra desde la Luna, se hizo muy conocido. Tanto, que el astronauta Ilan Ramón, primer astronauta israelita de la historia, decidió llevar este dibujo de Ginz, convertido ya en todo un símbolo del Holocausto. La intención del astronauta era rendir con ese dibujo un homenaje a las víctimas de la Shoah, su madre entre ellas, pero al regreso de la misión, el 1 de febrero de 2003, el Columbia se desintegró en su entrada en la atmósfera sobre Texas y Luisiana.

Este drama, sin embargo, fue determinante para conocer la obra de Ginz. Una persona que veía el televisor en el momento del desastre del Columbia relacionó el dibujo de Ginz al que se referían, con unos papeles que habían llegado hasta él hacía tiempo y de manera accidental; los mantenía en un cajón en su escritorio. Así, se descubrió el Diario de Praga del muchacho, tal y como nos lo relata Montesinos en su libro.

El astronauta de Israel y la insignia que recuerda la misión con el nombre de todos los que murieron:

Por eso, la capacidad de la literatura, el escribir sobre todas estas personas, hace que vuelvan a estar vivas. Esta es, seguro, la principal cualidad del trabajo de Montesinos. Me he referido en muchas ocasiones, y en muchos artículos, a esta capacidad redentora, reparadora y resucitadora de la literatura, pero creo que la mejor forma de comprender el asunto en toda su dimensión es leyendo la crítica que realicé al impactante y magistral poemario de Juan Carlos Mestre, Museo de la clase obrera (Calambur) aquí en Achtung!. Os dejo enlace por si os interesa:

http://www.achtungmag.com/juan-carlos-mestre-o-de-como-hacer-poesia-entre-los-cascotes-de-un-siglo/

La segunda intención de Toni Montesinos, al ofrecernos un compendio de la manera en la que los escritores se hicieron eco de las matanzas y la represión bi-totalitaria (nazismo y comunismo) viene obligatoriamente aparejada a la presentación de un completo corpus documental.

El malogrado Petr Ginz.

En este sentido, los intelectuales bajo el estalinismo fueron diezmados sistemáticamente, sin ningún respeto por el calado de sus obras o el valor de sus composiciones. El libro de Montesinos se divide en dos partes bien definidas. Una primera, dedicada al comunismo y el gulag, y una segunda centrada en el nazismo y los Campos de Exterminio.

En la mitad, y a modo de bisagra o de puerta giratoria que comunica el espanto de Kolimá con el horror de Auschwitz, nos ofrece un pequeño interludio de tres capítulos sobre la forma en que algunos escritores no quisieron denunciar las atrocidades del comunismo, o las numerosas formas en que Hitler y Stalin han aparecido en los libros, ya sea ficcionalmente o de manera histórica.

Dos sellos que conmemoran a Petr Ginz y a Janusz Korczak:

Es en este interludio donde me ha sorprendido mucho encontrarme con una referencia bien curiosa que Montesinos menciona al respecto del libro de Florian Illies, 1913. Un año hace cien años (Salamandra), publicado en 2012 y en el que afirma:

En los primeros meses de 1913, por un breve tiempo, en Viena coincidieron Stalin, Hitler y Tito, los dos mayores tiranos del siglo XX y uno de los peores dictadores”.

El libro de Illies, una especie de collage histórico compuesto de muchas estampas del siglo XX y en donde los protagonistas son Thomas Mann, Kafka, Rilke, Joyce, y otros personajes descollantes del momento, recuerda poderosamente a una novela editada en 2003 y que lleva por título Los pequeños caballos azules. En ella, además de aparecer Kafka, y otros intelectuales del momento, aparece un capítulo en que coinciden Stalin y Hitler en Viena, en concreto en la Plaza de la Catedral de San Esteban.

Perdonadme la inmodestia de convocarme aquí, sé que no debería, esta feo, pero el autor de Los pequeños caballos azules soy yo. Y os dejo un enlace a ese capítulo en el que Stalin y Hitler coinciden en Viena:

http://el-odradek.blogspot.com/2011/08/la-casualidad-en-viena.html

También, en la obra de Illies, serán Kafka, Joyce y Musil quienes compartan un café en Trieste, tal vez de una manera que ya aparece en mi novela Kafkarama, del año 2008:

http://el-odradek.blogspot.com/2011/12/la-tristeza-de-las-estatuas.html

Me disculpo, y espero que sepáis perdonar mi impertinencia, pero me parecía justo destacar que, en España, alguien hizo lo mismo que Illies, que se fijó en los mismos aspectos, entre nueve y cuatro años antes… Es el poder de la serendipia. Sé que podéis perdonarme. No lo haré más.

Vuelvo a Montesinos, que nos ofrece en la primera parte de su ensayo un compendio de escritores represaliados por el estalinismo y enviados a los gulags. En primer lugar, y creo que vuelvo a meterme en camisa de once varas, como antes con lo de Illies, hoy estoy combativo, me agrada mucho comprobar lo claro que lo tiene Montesinos en relación al comunismo: es una ideología tan criminal como el nazismo.

Y sé que aquí no se trata de un “y tú más”, sino de reparar a las víctimas de los dos bandos, pero recuerdo que una vez, durante una entrevista que me realizó David Felipe Arránz para Radio Círculo, y su coloquio posterior, uno de sus contertulios manifestó una diferencia fundamental entre ambas ideologías mortales. Aseveró que

el comunismo se alimentaba y fundamentaba en bellos valores de justicia y confraternización”.

Después, admitió, algo a regañadientes, que la idea se había desviado un poco (en ese desvío camuflaba los millones de muertos en Ucrania por la hambruna desatada por Stalin o las decenas de miles de enviados al gulag siendo completamente inocentes, o las condenas a muerte sumarísimas, o las purgas…).

Este es uno de los asuntos que me agradan, y mucho, del ensayo de Montesinos. Desde el inicio va directo al grano: en sus orígenes, el comunismo concebido por Lenin, era ya una ideología de Estado totalitario que pensaba asentarse sobre la matanza y el exterminio. Decía Lenin que:

Has de pegar a la gente en la cabeza sin piedad alguna”.

Y añade Toni Montesinos:

Y a fe que lo hizo, mediante una dictadura represiva, marcada por la censura de prensa, la abolición de las libertades políticas y la tortura y el asesinato a todo el considerado adversario del Estado”.

Así que, desde el inicio del ensayo tenemos una equiparación muy necesaria en los tiempos que corren. Lenin, Stalin, y sus conmilitones comunistas son tan criminales como Hitler y los suyos, algo que, por lo visto, y tristemente, conviene recordar. Ya lo afirmaba Cesar Vidal en su estremecedor Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (Libroslibres), al asegurar que, de haber triunfado los republicanos en la Guerra Civil española, se hubieran puesto en marcha los planes de Stalin para España: el extermino completo de la clase burguesa.

Con todo ello, no defiendo, nada más lejos de mi intención, a Franco o a Hitler, estaría loco, solo me hago eco de escritores e intelectuales, que tienen muy claras las realidades de la Historia, esas que conviene no olvidar por culpa de intereses bastardos. Tal y como afirma Montesinos, y en relación a cuando me refería a los intelectuales que defendieron el sistema soviético:

Intelectuales de renombre internacional dieron pábulo a esa visión, como el Bertrand Russel que aseguró que ˂˂la Revolución rusa es uno de los grandes acontecimientos heroicos de la historia del mundo˃˃ (…) La Revolución rusa había cambiado a un tirano por otro, y en el renacido país se prohibía hablar y escribir libremente, de modo que los escritores estaban obligados a realizar una ocupación de riesgo a no ser que se doblegaran frente a los intereses, tabúes y órdenes bolcheviques y, en última instancia, soviéticas”.

Así que, una vez establecida la maldad en las raíces de ambos sistemas, comunismo y nazismo, Montesinos puede dedicarse a reparar las injusticias llevadas a cabo con las víctimas de ambos estados. En la parte comunista del libro se aborda lo que se denomina como “la tragedia de ser escritor”, de ser escritor en el seno de ese sistema asesino desquiciado. Solzhenitsyn, Brodsky, Mandelstam, Bábel, Platónov, Bulgákov, Pasternak, Ajmátova o Tsvietáieva, Shalámov, serán solo algunos de los damnificados por un sistema en el que:

entre los años 1921 y 1953 se masacraría la vida de entre veinte y treinta millones de personas en casi quinientos campos (…) El gulag es el programa de asesinatos más largo financiado con fondos del Estado”.

Es, por todo esto, No habrá muerte, un libro utilísimo para reflexionar sobre aquellas sombras del pasado que se ciernen y oscurecen nuestro presente y que opacan la idea de futuro. Hay que conocer la Historia, y si es mediante aquellos que escribieron sobre ella, testigos directos del dolor y la masacre, mucho mejor.

De esa forma, se consigue lo que obtiene el ensayo de Toni Montesinos: aprendemos y se nos muestra una realidad que hay que tener en cuenta y, con ello, incluida nuestra lectura, damos nueva vida a las voces que denunciaron la infamia, y resucitamos en este nuestro presente a las víctimas. Es lo menos que podemos hacer por ellas. Y Montesinos lo ha llevado a cabo con extraordinaria generosidad.

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