ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 23 agosto, 2018 at 20:26

Mario Blázquez: La noche divide el día o la escritura en las fosas abisales

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Un nacimiento siempre es un motivo de alegría. Más aún, si el nuevo alumbramiento es editorial. Como todo recién venido a este mundo, la nueva editorial es pequeña, pero con una virtud esencial: es independiente. Y se llama Editorial Dieci6. Como toda nueva empresa arranca repleta de ilusiones y de fuerza, pero no ignora que las dificultades serán descomunales; los problemas de distribución y visibilidad en el punto de venta, la batalla por intentar conseguir un hueco saturado y monopolizado por los dos grandes grupos editoriales, la necesidad de tener que pagar prácticamente por todo para abrirse camino: desde conseguir un mínimo lugar en la mesa de novedades de la librería de turno, pasando por unas migajas en la prensa… Sin embargo, pese a los obstáculos, en el ánimo se aferra la convicción de mantener una idea propia, una personalidad característica. Para ello, Editorial Dieci6 ha comenzado publicando dos libros, ambos de relatos: Lo imaginado, de Juncal Baeza y La noche divide el día, de Mario Blázquez. Os voy a hablar de este último.

Ya el título del libro de Mario Blázquez, ese La noche divide el día, señala claramente el lugar por donde se van a mover los personajes y las narraciones: En una zona crepuscular y casi cuántica, una brecha de tiempo y luz. Quienes hemos vivido mucho en esta franja ya sabemos la metamorfosis que nos ocurre: nos convertimos en seres opacos que vagamos como alucinados.

Por tanto, los siete relatos que componen el libro están protagonizados por personajes que se encuentran justo en el filo, en el borde de la luz, o en el borde la oscuridad, en esa intersección desde la que están a punto de abalanzarse sobre el abismo de la noche. Y una vez que acceden a esa zona ya se convierten en seres marginales, derrotados y ensimismados, en una especie de zombis de los sentimientos y de la existencia. Utilizando un adjetivo del escritor albanés Ismaíl Kadaré, se vuelven en una especie de funervivos que se deslizan por las noches y que se ocultan por el día para languidecer, hasta agonizar.

Los que me conocen ya lo saben muy bien: durante once años yo fui un funervivo más, atrapado en un infernal trabajo de noche que me obligaba a moverme a contracorriente, tal que estos personajes de Mario Blázquez. Él lo entiende muy bien cuando en el relato Contenido sensible nos presenta a un trabajador nocturno que, además, bucea en el Internet profundo.

Trabajo nocturno, solitario, y el Internet profundo. Esa zona oscura y oculta del ciberespacio. Así son los espacios del libro, indefinidos, como ubicados entre dos luces, y es necesario proyectarse en las zonas de eclipse para poder descubrirlos. Mario Blázquez tiene oficio, nervio y buena mano para levantar este compendio de tinieblas y caracteres neblinosos.

La dicotomía entre el día y la noche no es puramente física. Primero, porque existe una realidad oculta que no podemos percibir ni en los momentos de mayor claridad, un reino de sombras que también es una morada interior. La oscuridad propia forma parte de nosotros. Y en estos relatos los seres luminosos, los seres de luz, han desaparecido por completo. Estamos ante una galería de personajes abisales que, como esos peces que llevan una antena dotada con su propia lucecita, apenas perciben un pequeño sector de lo que les rodea. Y deben entenderlo avanzando, adentrándose en las tinieblas.

Cada ser cavernario del texto interactúa con un lugar apagado y misterioso, desde esa sala de trabajo solitaria, pasando por un cine de madrugada, un cuarto de estar con la televisión encendida hasta las tantas, un extraño viaje a Marruecos que es como el acceso a otra realidad paralela (y como paralela, sometida a leyes incomprensibles), el camino de una carretera secundaria al atardecer, la sórdida trastienda de una tienda a media noche y hasta un sótano regido por otros códigos del espacio y del tiempo, al menos para quienes lo habitan.

Si reflexionamos sobre el título, de nuevo, ese La noche divide el día, encontramos la clave del libro: lo que impera es la oscuridad. En ella, las horas de claridad son anecdóticas. El fenómeno extraño es que disfrutemos de unas horas de luz porque todo, realmente, está sometido al imperio de la noche. La noche se apodera de los personajes, que no parece que sepan defenderse de la vida a pleno sol. Son vampiros sociales. Son seres desgraciados que batallan por escapar de las garras de ese pulpo de oscuridades. Ellos conocen las partes ocultas, esas que no perciben la mayoría de las personas que por el día se creen vivas.

Se trata así, de una noche nutricia: es una noche que se alimenta de las emanaciones de los protagonistas hasta opacarlos, pero que a la vez les insufla un hálito de vida para que puedan continuar sobreviviendo con un latido mayor que el de los seres diurnos. Esta combinación de personajes y lugares en el fragmento crepuscular es el mayor acierto del texto, que lo dota de un relieve inflamado y doloroso, como un tatuaje mal cicatrizado.

Estos lugares de indeterminación existencial arrancan en el primer relato, Sesión golfa:

Viernes, o sábado ya. Cine Ideal. Sesión de las 00:45. A esa hora el cine parece distinto, se acerca más a una película, y la película menos al cine. Versión original con subtítulos en castellano. Las personas, al igual que las películas, tienen varias versiones: la original, la doblada, la censurada o mutilada, la extendida, el montaje del director (…) Las salas nunca se llenan en esas sesiones, no hay más de diez o doce espectadores, algo que resulta atrayente para otro tipo de asistentes: los que pretenden ser invisibles”.

Se acaba de formular la cosmogonía de todos los relatos que componen el libro. Es viernes, o tal vez sábado, se transita por la frontera inexacta y dudosa de la franja que divide dos días. Las personas albergan muchas versiones diferentes en su interior, versiones oscurecidas, tapiadas, condenadas, que dejan aflorar en función al momento y al lugar en donde se encuentran; es decir, presentan una mayor o menor resistencia a la intensidad de la luz que se propone traspasarlas y herirlas como a un San Sebastián. Y el momento de indecisa luminosidad es el instante preferido de quienes pretenden ser invisibles.

Los funervivos de Kadaré son seres que terminan por volverse invisibles a causa de la alucinación que les provoca el moverse entre las dos placas tectónicas de la imaginación y la realidad. El cine casi se parece a una película en esos momentos de la madrugada, es decir: lo real se metamorfosea en lo imaginario, lo imaginario en lo real, hasta que sólo los invisibles son incapaces de distinguir entre una u otra circunstancia.

Por eso, es en estos lugares en donde se entablan relaciones con otros personajes al límite de la oscuridad. En las salas de cine dos funervivos se reconocen, también en el sótano que aparece en el relato La noche divide el día, o como ocurre con los extraños compañeros de trabajo nocturno en Contenido sensible. Los seres crepusculares solo pueden relacionarse en el no-lugar, parafraseando a Marc Augé, del crepúsculo.

Cuando las sombras los ocultan a todos, ellos, víctimas de un tenebroso fenómeno de anagnórisis, se descubren unos a otros porque es en esos instantes de claroscuro cuando imaginación y realidad se confunden:

Se apagan las luces, la sala queda completamente oscura y las voces se apagan, cortantes. La mayor atención del evento se concentra en ese intervalo entre el sombrío silencio y el comienzo. Muchas veces, incluso más emocionante que el evento en sí. Las expectativas suelen ser superiores a la realidad. Eso es lo que Héctor, en ese preludio, valora: es superior la imagen que tiene de Leiza, la expectativa, que ella en sí”.

En el extraño viaje marroquí del relato Caminos de distorsión, el protagonista vive por las noches una realidad alucinada y paralela. Sólo la recepcionista del hotel parece comprender que se trata de un ser que se desliza por el borde de la luz, o que patina por el asidero de la oscuridad. De hecho, ambos también parecen reconocerse:

Aparecí por la recepción y fue entonces cuando la chica del hiyab, mi amiga en los tránsitos entre el día y la noche, entre la realidad y la ficción, me miró de un modo extraño”.

A veces, se nos presentan personajes en el borde justo del abismo, momentos antes de abandonar la luz y abrazarse a la oscuridad. Tal ocurre en el interesante relato I ching y todo lo demás, en donde el pasadizo a lo oscuro se encuentra justo al atravesar una puerta que lleva a la habitación en donde duerme la borrachera una chica anónima, que dos muchachos han rescatado de la calle. Al cerrarse esa puerta,

solo queda un rectángulo de luz, el contorno de la puerta, contrastando con la oscuridad”.

Y la decisión de albergar la noche en el interior de los personajes ya ha sido tomada.

El primer párrafo de Contenido sensible explicita claramente lo que significa esta vida clandestina en la oscuridad; el protagonista, trabajador nocturno, reflexiona:

Estoy convencido de que la noche lo modifica todo: los lugares, las personas, las emociones, las percepciones; las malas ideas se traducen en malas ideas con posibilidades. La noche abre puertas que durante el día permanecen cerradas. Desde hace tiempo me escondo, trato de evitarla, refugiándome en una zona segura. Por el día, me basta con no exponerme. Digamos que vivo en una capa más profunda de la realidad visible, en un nivel oculto”.

Es el corolario del trabajador nocturno, que percibe esa otra realidad, la verdadera: una realidad terrible que permite que afloren esos horrores ajenos a los ciudadanos diurnos, horrores que les son ajenos, aunque se encuentran allí, a su lado, solo que ellos no pueden percibirlos; nosotros, afincados en nuestro eclipse, sí que podemos:

Toda esa basura que veía por la noche era la misma que me rodeaba por el día en la calle (…) Llegué a la conclusión de que estamos en las dos porciones de la red, solo que hay una parte de nosotros indexada y otra no. Una que se muestra y otra que se oculta”.

Los seres abisales, del crepúsculo, de la zona oscura, o como queramos llamarla, están condenados a habitar en ella. Les resulta imposible zafarse y si se aventuran a exterior, entonces, perciben su propia marginalidad en toda la brutalidad de su dimensión:

Descubrimos un exterior donde no era noche ni día, una franja de tiempo elíptica en la que apenas coincidíamos con otras personas. Parecíamos cuerpos varados en el vacío, noctívagos a los que algún desajuste había impulsado a existir allí. Éramos sombras visibles unos para otros, guardando con celo el hecho de que no debíamos estar ahí, no queríamos ver ni ser vistos”.

Por ese motivo, los personajes de este libro de relatos de Mario Blázquez son seres condenados a lo oscuro, que boquean en la asfixia del día, que únicamente son capaces de adquirir formas y relieve en el corazón de la noche, cuando la mayoría duerme, ignorantes de que en esos momentos se están escribiendo libros como este que nos ha traído la Editorial Dieci6.

Luego, por la mañana, cada uno transita con su propio albedo de miserias, cansancio y desesperación, mientras las criaturas que se han bebido la luna se embozan en su tenebrosa capa de oscuridades, con el pavor de que alguien sea capaz de abismarse en su interior y, entonces, se percate de la monstruosidad del mundo.

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