ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 6 abril, 2018 at 19:08

Literatura rumana: mucho más allá de Mircea Cărtărescu

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El pasado 4 de abril se cumplieron 26 años del fallecimiento del escritor rumano Vintilă Horia en la localidad madrileña de Collado Villalba, muy cerquita de aquí, de mi casa de Torrelodones desde donde escribo estas líneas de El Odradek que buscan recordar, no sólo a este ilustre vecino completamente olvidado por los lectores, sino a otros autores rumanos de indudable talento que parecen borrados por ese huracán de talento que ha desencadenado el futurible Premio Nobel (tiempo al tiempo) Mircea Cărtărescu. Es indudable que es el actual Jefe de las letras rumanas, más si atendemos a la especial recepción e impacto de su novela Solenoide (Impedimenta), pero esta literatura, de tradición y largo recorrido, esta plagada de nombres inolvidables.

Es indiscutible la filiación fascista de Vintilă Horia, algo que le ha pasado gran factura a la hora de caer en desgracia entre los lectores y ser abono de las cajas de ofertas y los estantes de las librerías de lance. Horia se vio obligado al exilio en España dado que la Rumania comunista lo condenó a cadena perpetua. Al amparo del franquismo el escritor consiguió ser profesor en la Facultad de Ciencias de la Información y catedrático de Literatura en Alcalá de Henares. Fue un habitual colaborador de El Alcázar hasta que en 1992 un tumor cerebral terminó con su carrera. Está enterrado en Madrid.

Vintila Horia con un ejemplar de su Dios ha nacido en el exilio.

La obra de Horia no deja de ser interesante a pesar de su filofascismo. No creo que esto sea algo que invalide el evidente talento literario de un autor, ya sea de un color u otro (no en vano, Horia fue perseguido por nazis y comunistas). En Céline tenemos un claro ejemplo de esto, su genio descomunal solo es comparable al intransigente tratamiento que su memoria está recibiendo en Francia. Pero, le duela a quién le duela, esta el Viaje al fin de la noche para atestiguarlo.

Mircea Cărtărescu.

Por supuesto, cualquiera es libre de decidir sus fobias y filias, negarse a leer a determinados autores porque pertenezcan a un credo u otro, pero salvo que sus obras sean un infame ejercicio de propaganda política, no veo motivo alguno por el cual tener que rechazar a un genio como Knut Hamsum por sus simpatías con el régimen nazi o denostar a Pablo Neruda que dedicó, incluso, una Oda a Stalin que ahora nos produce vergüenza ajena.

 Vintilă Horia es un escritor que ya nadie lee. Con Dante como una de sus referencias ineludibles, siempre se pueden encontrar algunas de sus mejores novelas abandonadas al precio de un euro en los cajones de las ofertas: Dios ha nacido en el exilio (Austral), sobre Ovidio, Un sepulcro en el cielo (Planeta) o La séptima carta (Plaza & Janés) en donde Platón nos habla desde un marcado tono decepcionado.

Si tengo que comenzar a referirme a autores rumanos, me apetece hacerlo con el poeta romántico y poeta nacional, Mihail Eminescu, el más grande poeta rumano del siglo XIX. Un ejemplo de su lírica se puede encontrar traducido al español en el libro de la editorial Cátedra, dentro de su colección Letras Universales, titulado Poesías.

Pero si de poesía rumana se trata, yo prefiero a otros autores que me parecen deslumbrantes. Rumania es un país de grandes poetas, esto es algo que me parece indiscutible. El siglo XX ha dado una cosecha lírica rumana impresionante. El primero de ellos, tal vez uno de mis favoritos, es Tristan Tzara, dadaísta fundacional que cosecha el asombro en cada uno de sus poemas como se puede apreciar en las recopilaciones que de ellos ha realizado la editorial Visor.

Uno de los nombres más grandes es el de Mircea Eliade, cuya narrativa está condicionada a sus estudios filosóficos religiosos. Dejando de lado su abrumador trabajo científico, en la vertiente literaria muy destacables son El burdel de las gitanas (Siruela), La noche de San Juan (Herder) y Medianoche en Serampor (Anagrama).

Mircea Eliade.

Será el comunismo una losa para la tradición literaria rumana que empezó con una política de violencia bruta y se fue desinflando hasta los llamados años de miseria, cuando el sistema entró en una auténtica bancarrota. Dado que el país carecía de una clase media propiamente dicha, escritores e intelectuales de cualquier tipo representaban una muy seria amenaza para el gobierno, que se empleó a fondo en combatirlos utilizando micrófonos, escuchas, delatores y chivatazos, cuando no se usaba la desacreditación pública cimentada en la mentira y en la infamia, calificando al intelectual represaliado de traficante, drogadicto, homosexual o violador.

Todo ello, en el marco de un país en el que bajo el gobierno de Ceauşescu se suponía que todo el mundo tenía que ser feliz. Una gran cantidad de personalidades de la cultura rumana tomaron el camino del exilio con la llegada del comunismo, y los representantes de la literatura no se quedaron atrás. Auténticos pesos pesados por su calado intelectual como eran Mircea Eliade, Emil Cioran o Eugéne Ionesco trataron de influir con su actividad, desde fuera del país, en el interior de la vida totalitaria.

Una vida totalitaria, para quienes se habían quedado, escindida en dos ramales: glorificación al régimen, al Partido y al Líder, o intentos continuados de escapar a la férrea censura. Los perpetradores de una literatura de loas y agradecimientos al Estado, obviamente, no han pasado a los anales, pero quienes se obstinaron en resistir en territorio hostil, con la complejísima y arriesgada publicación de sus obras, si lo han conseguido. Entre ellos destacan autores como, por ejemplo, Marin Preda.

Marin Preda.

Este novelista pasa por ser uno de los mejores narradores rumanos de la posguerra. Fallecerá en extrañas circunstancias a poco de la publicación de la que sería su última novela, titulada El más amado de los seres terrestres (Bucarest, 1980): se trata de una fuerte crítica al comunismo y a los crímenes de la Rumania estalinista, un ataque insertado en el discurso en primera persona de la voz de un preso que aguarda su juicio. El libro fue rápidamente objeto de la censura y se retiró del mercado. La muerte de Marin Preda todavía permanece sin aclararse. Se especula que pudo ser ahogado con una almohada, o tal vez por un disparo en la cabeza, ejecutado por la Securitate. Que yo sepa, esta obra, no tiene todavía traducción al español.

Otros escritores notables son: el poeta y ensayista Nichita Stănescu, considerado uno de los grandes líricos de la poesía rumana del siglo XX y con obra publicada en español en Amargord, en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo y en Muntaner, o Marin Sorescu (editado en Visor y con traducciones al catalán), poeta, dramaturgo y novelista de gran ironía y tono paródico.

Nichita .Stănescu.

Ambos, pudieron escribir bajo arresto domiciliario, alternando el terror y la permanente vigilancia de las autoridades, con la esperanza de poder deslizar, de alguna manera, un ejemplar de sus obras en el interior del mecanismo de un Estado que, con su llegada al poder, había prohibido cerca de nueve mil libros. Ese index ocupaba un catálogo de quinientas páginas repleto de títulos completamente anulados, de los que no se podía hablar, ni siquiera mencionarlos.

El periodo que comprende desde el 1971 al 1989 será el peor para la literatura rumana. Tras una toma de contacto de Ceauşescu con los sistemas de China y Corea del Norte, con el motivo de sendas visitas a esos países, el régimen se endurece en dirección al culto de la personalidad y el radicalismo más absoluto. El llamado protocronismo o la versión idealizada del pasado rumano, domina toda la producción literaria, que se cimenta, además, en una censura atroz imposible de doblegar.

Si en Bulgaria se tomaba como pretexto el género de la ciencia ficción, o en otros países, como Polonia, se buscaba el alivio de la válvula de lo que se podría calificar como una pseudo novela histórica, para trasponer la vigilancia del sistema, o el albanés Ismaíl Kadaré instalaba sus novelas en esa noche otomana para engañar a los sicarios de Enver Hoxha, en Rumania el fenómeno de suplantación literaria se centrará en el despliegue de un imaginario de reminiscencias religiosas, mostrando una parafernalia radicalmente contrapuesta a la imposición iconográfica Estatal.

Numerosos autores se deslizarán por un simbolismo religioso con discursos apocalípticos, también proféticos, pero sin obedecer a una verdadera vocación religiosa, sino como mera respuesta al régimen. Dentro de esta línea destacan los poemarios Cadáveres en el vacío (Bucarest, 1969) y El barco de Sebastián (Bucarest, 1978) del poeta Anatol E. Baconsky, donde resalta el oscuro eco del Antiguo Testamento, o el imaginario del Apocalipsis de San Juan, todas estas obras sin traducir al español.

Anatol E, Baconsky

Aunque Baconsky, en principio, había sido un gran defensor de la utopía comunista, como otros tantos intelectuales se desilusionó con la línea política adoptada por el Partido. Su poesía se fue cargando de simbolismo y oscuridad. Además, escribió obras en prosa atendiendo a las sociedades de las distopías en sus temas y también fue un notable traductor: entre otras obras vertió al rumano la novela El largo viaje (Tusquets) del español Jorge Semprún. Falleció, junto a su esposa, en el terremoto de Bucarest del 4 de marzo de 1977, que arrasó la cuidad con una intensidad de 7.2 grados en la escala de Richter.

Pero no solo se trata de combatir al Estado y burlar a la censura con este código escatológico, además el género fantástico era muy bien recibido por los lectores hastiados por la doctrina de realismo y héroes positivos. Por ello destacaran algunos cuentistas como Stefan Banulescu, Dumitru Radu Popescu y Fanus Neagu, que alimentan el género. Además, son notables las novelas que abordan las sociedades y construcciones distópicas como La iglesia negra del propio Baconsky y publicada a título póstumo o El segundo mensajero de Bujor Nedelcovici. Los misterios de estas prosas aguardan a ser puestos en idioma español.

No puedo dejarme en el tintero escritores como la poeta Ana Blandiana (editada por Periférica) o los escritores Emil Cioran (abundantemente editado en Tusquets), Norman Manea (otro pródigo autor de Tusquets) de quien recomiendo su autoficción El regreso del húligan y los relatos de Felicidad obligatoria, el notabilísimo Mihail Sebastian (en Destino y en Impedimenta) y claro, Eugene Ionesco y Herta Müller, de quienes sobran las presentaciones.

Ana Blandiana.

Por supuesto, hay muchos más autores brillantes, pero no están traducidos al español todavía.  No quiero terminar sin ocuparme de Cărtărescu, que al fin y al cabo ha sido el desencadenante de esta columna de hoy de El Odradek. Mi relación como lector con este autor viene del 2006, cuando pude leer ese luminoso texto titulado Por qué nos gustan las mujeres (Funambulista) y me quedé perplejo de lo delicioso que resultaba. Después, ya como autor editado por Impedimenta, vinieron Nostalgia, Lulu, Las bellas extranjeras, El ojo castaño de nuestro amor y la explosión de Solenoide.

Es indudable que el impulso de esta última novela, junto a la edición de su obra en Impedimenta, una de esas editoriales que mima a sus lectores y apuesta siempre por la calidad, han colocado a Cărtărescu como uno de los autores favoritos de los lectores españoles que exigen y demandan clase literaria y no capitalismo cultural y basuras comerciales perpetradas por el famosillo o el influencer de moda.

Pero lo mejor, sin duda, es que el éxito de Cărtărescu ha llevado a que mucha gente descubra y se fije en la abandonada literatura rumana. Espero que eso se refrende con nuevas traducciones al castellano. Esta literatura no se merece menos.

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