ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 17 junio, 2018 at 20:28

Literatura empapada en licor: Moscú-Petushkí o como entender Rusia

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Pues sí, ya ha llegado el Mundial de Fútbol de Rusia. Una competición disputada en un país que para los europeos, la mayoría de las veces, resulta incomprensible. Rusia es una especie de culminación del absurdo, cualquier disparate puede ocurrir allí, por impensable que parezca. Además, su extensión, la enormidad de su topografía, lo convierten en un subcontinente inmerso dentro de un continente. A veces Europa, muchas otras veces Asia, generador de las más brutales revoluciones, propietario de los más sanguinarios estados represivos, amenaza de occidente, fantasma político… La idiosincrasia del inmenso territorio en donde estos días rueda el balón es un misterio complejo de comprender. Quizás, solo a través de algunas novelas, podamos aproximarnos a desentrañarlo.

Una de las obras que puede ayudarnos a comprender algo mejor el espíritu de aquello que la premio Nobel Svetlana Aleksiévich denominó como el “Homo Sovieticus”, y que yo no creo que esté extinto del todo, es Moscú-Petushkí (Marbot ediciones) del autor Venedikt Eroféiev. Se trata de la primera de las obras que descubrí tras la lectura de Limónov del francés Eduard Carrére.

En el interior de aquel texto fabuloso me topé con algunas obras que de inmediato llamaron mi atención: tres novelas del propio Limónov (Historia de un servidor, Historia de un granuja —ambas en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo— y Soy yo, Édichka —en Marbot ediciones, como la de Eroféiev—) y la novela de Zajar Prilepin titulada Patologías —en Sajalín editores y la única que me falta por conseguir—.

Puedes consultar el artículo que escribí sobre Limónov aquí:

http://www.achtungmag.com/emmanuel-carrere-limonov-la-poliedrica-personalidad-rusia/

Esta columna de El Odradek de hoy responde, pues, a la primera de las lecturas derivadas de aquellos descubrimientos hallados en el trabajo de Carrére, que además viene aderezada por este inquietante Mundial de fútbol ruso.

Inquietante, en efecto, porque Rusia lleva un tiempo enviando complejas señales a la comunidad occidental. Y no me refiero ya a las acciones de Vladimir Putin (desde el gaseamiento del Teatro Dubrovka, pasando por los periodistas asesinados en plena calle y los ataques de polonio a la buena de Dios), sino a grupos ultras que organizan encarnizadas peleas de entrenamiento en los bosques rusos y que luego despliegan el pavor por Europa (recuérdese Bilbao hace bien poco, por ejemplo), o youtubers e influencers que saltan desde las azoteas de los edificios para caer mansamente (y teóricamente) sobre la nieve, cuando no proponen retos de mayor peligro como aquella infame Ballena Azul que azotó a los jóvenes de la Europa desesperanzada.

Rusia es un país con aristas cortantes, si uno se aproxima demasiado acaba sangrando. ¿Queda algo en el ruso de hoy en día de aquellos personajes de Tolstoi, Dostoyevski o Chéjov? La sensación es que no. O, al menos, la Rusia de hoy en día está más cerca del descontrolado borracho protagonista de Moscú-Petushkí que de aquellos complejos personajes devorados por el rencor, lo pavoroso de sus almas y los remordimientos, del Ivan Ilich de Tolstói o del Raskólnikov de Crimen y castigo de Dostoyevski.

De entre muchas cosas que nos ha legado la Madre Rusia, una de ellas, que parece reproducirse en el botellón de nuestros jóvenes a pesar de que nunca hayan oído hablar de ella (quizás esto sea una cuestión de serendipia alcohólica) es el zapói, consistente en ponerse hasta las trancas durante varios días, perder el sentido, vagar por las calles y acabar a bordo de algún transporte público sin saber a dónde dirigirse, únicamente durmiendo la borrachera. Carrére en su Limónov lo define así:

Zapói es un asunto serio, no una curda de una noche que se paga, como en mi país, con una resaca al día siguiente. Zapói es pasar varios días borracho, vagar de un lugar a otro, subir en trenes sin saber adónde van, confiar los secretos más íntimos a desconocidos casuales, olvidar todo lo que has dicho y hecho: una especie de viaje”.

De esa forma, Moscú-Petushkí es la historia de un monumental zapói llevado a cabo en la Unión Soviética de Brezhnev, pero no como protesta ni como resistencia al régimen, simplemente porque forma parte de la tradición y de la forma de vida rusas. Conviene no olvidar que, actualmente, la esperanza de vida en Rusia es de tan solo 58,8 años, 16 años menos que de la de Europa. Si no hay vodka, cualquier veneno es decente para abrazar el zapói: colonia, antisépticos, incluso alcohol de 96º, ese que nosotros utilizamos para las heridas y que ellos, los rusos, emplean para cauterizar ese sentimiento llagado a mitad de camino entre Pedro el Grande y Stalin que los corrompe.

La novela de Eroféiev fue escrita entre los años 1969 y 1970. Distribuida clandestinamente en versión samidzat, finalmente vio la imprenta en Israel en el año 1973 y en París en el 1977. Tuvo que ser la perestroika de 1989 la que permitió que, al fin, se editase en territorio aún soviético (aunque ya le quedaba poco tiempo) en una versión abreviada que viajaba en el interior de una revista literaria.

Venedikt Erofeiev.

Su autor pudo disfrutar de este éxito, aunque malamente: Venedikt Eroféiev falleció en 1990 víctima de un cáncer de garganta con el que luchó durante cinco años, con el sufrimiento añadido de una agresiva operación. Tenía 52 años. Unos seis años por debajo de la media de vida rusa. Su segunda mujer se arrojó, tres años después de su fallecimiento, desde el piso 13 de un edificio de apartamentos en Moscú.

En una encuesta de no hace demasiado, un 10% de los rusos reconocían haber experimentado, al menos, un zapói durante el último año. De manera que extraviar la conciencia por causa del alcohol durante varios días es un acto meramente cultural en Rusia, algo común con lo que uno está acostumbrado a vivir. Por eso, la puesta en escena de la novela Moscú-Petushkí es cotidiana. La borrachera en la que ya anda sumergido el protagonista desde la primera página no se trata, narrativamente hablando, como algo sorprendente, sino como un asunto habitual, diríase que rutinario y casi aburrido.

Moscú-Petushkí es una línea de tren. Son dos estaciones de ferrocarril separadas por unos 125 kilómetros de distancia. Un viaje que comienza cerca de las murallas del Kremlin, que aparecen como una realidad odiosa e indeseable que el protagonista intenta abandonar de camino a la llamada Estación de Kursk, y que tiene su destino en ese Petushkí en donde una prostituta y un niño lo aguardan…, en teoría. Porque cuando uno se sube a un zapói todo pasa a ser relativo.

Uno de los aspectos fundamentales del relato de Eroféiev es el humor desplegado por su personaje. Un humor alcohólico que se desencadena en una verborrea tabernaria, desarticulada a veces, y que critica todos los aspectos de la sociedad; todo lo tritura, todo lo pasa por su maquinaria ácida e irónica, en una novela que es más bebida que narrada. Porque como Nicholas Cage en aquella infame película (¡ay esa cancioncilla de Amaral tan repelente!), el protagonista de Moscú-Petushkí bebe y bebe y bebe, y vuelve a beber, dejando al personaje de Cage en el de un mero aficionado del tres al cuarto.

La novela de Eroféiev resulta sorprendente por muchos motivos: de repente, aparecen unos gráficos sobre el consumo de alcohol de una brigada de obreros comunistas que otrora dirigía el protagonista, en una sátira de los gráficos de rendimiento de aquellas brigadas estajanovistas que buscaban cumplir con su cuota de trabajo, la llamada norma individual, y que aquí consiste en una ración de vodka diaria consumida con igual heroísmo socialista.

Portada de una edición rusa de Moscú-Pestushkï.

El libro se estructura en capítulos que obedecen a los nombres de las estaciones que se encuentran a lo largo de la línea de ferrocarril (Hoz y Martillo, Karachárovo, Chujlinka, Saltikóvskaia, Zheleznodorózhnaia, entre otras paradas ilustres) y nos cuentan lo que le va ocurriendo a este santo bebedor entre parada y parada. Cualquier líquido alcohólico es bueno, como por ejemplo la colonia Frescor, para apagar una bestia que roe el interior de las entrañas del personaje, individualización de todo el colectivo que también soporta los arañazos de “el dolor universal”, algo que no es una ficción puesta en pie por los literatos, sino una realidad que el protagonista alberga bien adentro.

Todo tipo de brebajes para acallar ese dolor del hombre que se ha convertido en un esclavo de sus horas de trabajo y que, apenas se despierta, ya necesita empezar a beber algo. A lo largo del día ira mezclando aguardiente con cerveza, vodka, acabando con tragos de barniz, desodorante, laca de uñas, enjuague bucal, cola o pegamento, champú, todo tipo de lociones… Lo que se tenga más a mano cuando la desesperación apriete y ya no queden rublos en el bolsillo.

Novela de borrachera y gamberrada, donde el bebedor no encuentra una redención en su final demoledor (al contrario que el santo bebedor de Joseph Roth), que amarga el cuerpo del lector con una gran tristeza cómica y que puede ayudar a entender mejor la novela de Yuri Andrujovich, esa Moscoviada (El acantilado) reciente que rinde homenaje al texto de Eroféiev y en donde el zapói tiene lugar en un Moscú actual y en un viaje por su metro.

No cabe duda, la borrachera es atemporal, el zapói se alza por encima del tiempo, de los políticos y de los pueblos, para acercarnos su visión humorística, a menudo ridícula y esperpéntica, que termina por convertirse en el reflejo de los demonios que nos arañan por dentro.

Esos demonios son los que supo colocar Eroféiev en las páginas de su novela, hasta adormecerlos en una delirante y divertida borrachera que, como todas las borracheras, una vez terminada, nos deja un mal cuerpo insoportable porque lo que hemos leído nos muestra algunos de los peores aspectos del ser humano y nos hace pensar que, quizás, para empezar a comprender a los rusos deberíamos buscar las respuestas en el fondo de un vaso.

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One Comment

  1. Otro más a la lista, pero por lo que comentas, en mi caso, tendrá que esperar a un buen momento anímico.

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