Chico bisex busca, ocio — 11 marzo, 2015 at 16:51

Le détour

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Le détour

Por A.C | Fotografía Cain Q

Se está convirtiendo en uno de mis rituales. Los viernes salgo del curro a las tres totalmente exhausto de la semana de mierda, porque es una mierda atender durante cuarenta putas horas reclamaciones de tarjetas de crédito en tres idiomas. La gente, o está cabreada o me trata sin respeto o, simplemente, se siente tan aburrida como yo de la vida en general. Pero a las tres en punto dejo atrás todo esa basura durante casi tres días que serán solo míos. Antes solía pirarme directo para casa, comía algo, me echaba una siesta. Pero de un tiempo a esta parte me gusta aparecer en algún lugar donde no encajo por ver qué pasa, por probar, así que cada viernes elijo un destino distinto desde el metro de Suances, esa estación que he llegado a odiar con todas mis fuerzas, pero que en esa precisa hora de cada viernes se convierte en mi aliada.

La última vez me dio por ir al Gourmet Experience, ese vulgar paraíso cosmopolita de la última planta de El Corte Inglés de Callao. El ambiente no puede ser más deprimente si se piensa: una mezcla de turistas, pijos y gente mayor. No hay más. Pero el paisaje urbano de la terraza, esa extensión de tejados y árboles y torres de iglesia me relaja y me convierte, de alguna forma, en alguien que no fuera yo. Por eso me pareció perfecto, porque esa terraza no podría ser más diferente de mi ámbito habitual de quedadas con amigos para emborracharse en casas, bares de noche o el cerveceo barato de los domingos por Lavapiés. Yo allí era la excepción: un veinteañero con poca pasta subrayando frases de un libro desgastado, y así lo notó enseguida una mujer que apenas pasaba de los treinta y que tomaba una caña en la terraza junto a su novio. Él era más joven, repeinado, afeitadísimo, con cazadora The North Face. Yo estaba en un extremo de la mesa, ellos en otro. Conversaban en francés, él lo hablaba torpemente, ella era nativa y al expresarse mostraba la soltura típica de haber vivido, pese a tener de novio a ese pardillo que cada vez iba servicialmente a la barra para reemplazar las cañas por unos cócteles y luego los cócteles por unos atrevidos gintonics antes de que hubiera atardecido. Yo me había limitado a beber tercios, y en cada viaje de él al interior de la terraza yo levantaba mis ojos del libro y le pedía a Céline (él no dejaba de repetir su nombre como un mantra que fuera a mantenerla a su lado) un Gauloise de los que ella fumaba en cadena, angulando su rostro de pómulos marcados con la melena rubia rebelde enredada en las volutas de humo que el viento helado deshacía. Me acercaba el mechero deslizándolo sobre la mesa y dejando allí su mano de forma que yo tenía que arrancárselo para encender mi cigarrillo. Luego, Céline se las ingeniaba para lanzarme señales cuando el novio ya había vuelto, acaso una calada sostenida, el humo inundando sus pulmones para luego salir por sus labios gruesos, al natural y sin embargo tan rojos que podía ver la sangre palpitando en ellos mientras Céline desviaba un instante la mirada en mi dirección. Cuando estuve suficientemente embriagado, incluso mareado porque no soy un fumador y enseguida noto la falta de oxígeno en mi cerebro al primer cigarrillo, decidí escribir ni número de móvil en el dorso de mi mano y ofrecerlo a su mirada. Había escuchado toda su conversación, estaban de visita el fin de semana, así que si Céline lograba memorizarlo y escabullirse de su novio, sería mía. Cuando me aseguré de que lo había leído, pedí la cuenta y me largué.

La calle Preciados estaba abarrotada, pero yo flotaba entre la multitud elevado por el alcohol y la adrenalina. Casi en Tirso de Molina me llegó un SMS de número desconocido, extranjero, en francés. Céline me citaba en diez minutos en una habitación de hotel de la calle Arenal. Decidí dar un pequeño rodeo, tomarme mi tiempo para posponer ese placer arrebatado al tedio, en un tiempo y un espacio improbables. ¿Cómo se habría deshecho de él? Qué más me daba, su novio era de los que no imagina las argucias que la gente como ella y yo podemos inventar para engañar a la vida insulsa, la vida de la gente noble, previsible, digna de la confianza que nosotros nunca podremos ofrecer.

Asomaba una ranura de luz, se me puso dura en cuanto empujé la puerta, Céline fumaba por la ventana abierta a la noche otro de sus Gauloises que compartimos una vez me acerqué a ella y la despojé con lentitud de su falda y de su blusa. El frío penetraba en la habitación, su piel palpitaba y mis manos se deslizaban por su cintura sin quitarle todavía las bragas ni el sujetador. Ella se restregaba de frente contra mí, hundía su boca en la mía y sus mordiscos buscaban sangre, tomaba mi cuello y me clavaba sus uñas en él. Me tiró a la cama, me arrancó las zapatillas, los calcetines y el resto de la ropa. Deslizó el cinturón de su falda caída junto al alféizar, se arrodilló a mi lado y comenzó a darme latigazos en el pecho, en los muslos, en la polla. Humedeció sus dedos índice y corazón con mi propia saliva ensangrentada y me los metió por el culo. Sus uñas me desgarraban, sus dientes buscaban nuevo territorio donde dejar sus huellas: mis pezones, mi vientre, mis testículos. Grité, grité como no recordaba haber gritado hasta que un chorro de semen salió disparado hasta mi cara. Céline no paró de desgarrarme al tiempo que su mano libre se hundía en su pubis depilado, juvenil, que su incipiente madurez jamás me habría hecho sospechar. Cuando se corrió, se desplomó sobre mí y así permanecimos azotados por el viento helado  y la sangre y el semen y el flujo pastoso de su vagina se resecaban en nuestras pieles.

Durante todo el fin de semana, las heridas cicatrizantes y el dolor no dejaron devolverme a esa habitación de hotel, a esa bestia voraz que me hizo su presa. También pensé qué podía darle su novio que ella necesitara, cuál era su pasado, cómo vería su futuro. Yo había sido un desvío en su camino: “Ça n’a été qu’un détour”, fue lo único que me dijo ya en el umbral de la habitación al despedirme. “La vie n’est qu’une suite de détours”, le respondí. Y no pretendía deslumbrarla, es lo que creo: que la vida no es más que una sucesión de desvíos, a cual más impredecible, a cual más desesperado.

} continuará

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