carrusel, Chico bisex busca — 30 abril, 2015 at 2:22

La última vez

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Por A.C | Fotografía Cain Q

La última vez

Cuando me despedí de Samuel el lunes pasado, pese al temor a lo que podía depararnos lo nuestro, deseé con todas mis fuerzas que se lo contara a Eva. Le hice esa herida, tampoco le dejé ducharse, y es que nadie puede obviar un olor distinto en la persona a quien quieres cuando llega a casa y te da un beso con una cicatriz en la comisura de los labios que horas antes no estaba allí. En serio creí que Samuel le confesaría todo. Esperé un whatsapp suyo hasta que a la una de la madrugada no pude más y le escribí yo. No le llegó, sé que siempre pone el móvil en modo avión cuando se acuesta. No me contestó cuando lo leyó al día siguiente. Desesperaba, pero no lo intenté más. Mi orgullo, como de costumbre.

El SMS de Céline me llegó el jueves, en el descanso para comer del curro. Estaba en Madrid, quería verme. Mismo hotel, distinta habitación cuyo número me indicaba en el mensaje. Solo podía quedarme hasta las siete. No nombró a su novio, pero no hacía falta. Por un momento estuve a punto de no contestar o decirle que no. Me importaba una mierda tener que fingir un malestar cualquiera y ausentarme del trabajo antes de hora, lo he hecho más de una vez. Lo que me jodió fue pensar en toda esa gente que tiene pareja, que sabe positivamente y necesita que el otro les sea fiel, pero no pueden vivir sin el vértigo de sus encuentros furtivos. Pensé en Samuel, en Céline, en Fer, y los odié a todos. No soy ningún santo, pero por eso mismo, porque lo sé, no he querido atarme nunca a nadie. Sin embargo, al final hubo algo que pudo sobre todo: necesitaba vengarme de Samuel, “ponerle los cuernos” yo, dejar de esperarle. Y por supuesto que me había pajeado muchas veces recordando mi encuentro con Céline, había fantaseado con volver a verla, así que me inventé un dolor de estómago muy repentino, muy lacerante, y me escapé a su encuentro.

Se me puso como una piedra en cuanto entré al vestíbulo. El recepcionista intuyó perfectamente qué hacía yendo directo al ascensor más allá de que se percatarse o no de mi paquete reventando los vaqueros. Para él había algo extremadamente obvio en un chico como yo que entra en un hotel con aire de normalidad donde no puede haberla: estaba claro que no era un cliente, le bastaba ver que el ascensor se detenía en la segunda planta para adivinar a qué puerta llamaría porque él sabía quién estaba en su habitación y quién no, quién se hallaba en Madrid por turismo y quién por trabajo, y desde luego debía suponer que en ese día radiante solo había una cosa que podía retener entre cuatro paredes a una mujer como Céline, libre para demostrar su poder de seducción ahí afuera, en la ciudad, dónde y cómo le diera la gana.

Me esperaba como la otra vez: fumando un Gauloise asomada al balcón. Pensé en repetir la misma escena de entonces: la despojo de su falda, de su blusa, la pongo cachonda como una perra… Pero lo único que hice fue acercarme, pedirle un cigarrillo con un gesto y acompañarla en su mirada a la gente que transitaba por la calle Arenal en una nube de humo y brisa templada. Y aquello era intimidad, era tanta intimidad como la de mis viernes con Marta. Me di cuenta de que lo que toda mi vida había creído -que estar follando con alguien es el máximo grado de desnudez al que se puede llegar- no era cierto. Allí, los dos de pie casi rozándonos, apurando un Gauloise tras otro sin acordarnos de la hora en que su mentira correría el riesgo de ser descubierta, sentí que compartía algo valioso con Céline. Me besó, mezclamos nuestros alientos con aroma a tabaco y nos cogimos de nuestras cabezas como si nos quisiéramos. Me pregunté si, de alguna forma, la quería. Me olvidé de Samuel, no había logrado olvidarle hasta ese beso interminable. 

– ¿Pourquoi est-ce que tu fais tout ça?

– C’est la dernière fois, le samedi je serai la femme de mon fiancé.

Era eso entonces… Se casaba el sábado, quería despedirse de su soltería. De su libertad. ¿Sería realmente la última vez? En ese instante supe que no, que yo no sería su último affaire. No era mi culpa, nada de lo que yo pudiera hacer iba a salvar o hundir más a Céline. La empujé contra la cama, le bajé la falda hasta los muslos, escupí varias veces en mi polla y me la follé por detrás. La aplasté con todo mi peso, la inmovilicé con mis brazos y, echado encima de ella, no paré hasta correrme. No, no la quería en absoluto. Era una puta sin alma capaz de dejarse sodomizar a pelo por un tío como yo, lo opuesto a su novio de pacotilla a quien, no sé por qué, iba a volver nada más la abandonara en esa habitación y la ducha se llevase todo rastro de mí. Claro que habría querido a Céline, pero las personas como ella, como Samuel o como Fer, son incapaces de ser leales. Yo quiero serlo, he cambiado. Confieso que hasta me sentí culpable cuando me fui sin despedirme, con la camiseta arrugada y las zapatillas anudadas de cualquier manera.

En cuanto salí a la calle Arenal, pensé en Alberto. Fui consciente de lo cabrón que había sido con él. Porque no bastaba con que siempre hubiera sabido que yo no buscada nada serio, que solo podía ofrecerle mi compañía ocasional, sin ataduras. No: Alberto quería algo más, sufría aunque gracias a su madurez lograra disimular lo que sentía por mí y, aun así, yo había buscado su cariño a capricho, siempre que había tenido la necesidad, sin preocuparme por él. Quería pedirle perdón, era lo justo.

Bajaba ya hacia Tirso de Molina, camino de su casa decidido a llamar a su portal, cuando recibí un whatsapp de Samuel.

} continuará

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