Chico bisex busca, ocio — 9 abril, 2015 at 15:15

La espera

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La espera

Por A.C | Fotografía Cain Q

No había vuelto a ver a Alberto desde que nos encontramos por la calle, pero al día siguiente de lo del capullo del 100 Montaditos me sentía tan hecho mierda que le mandé un whatsapp a la hora en que sale siempre del trabajo. Dio la casualidad de que libraba, estaba yendo a los Golem para ver Siempre Alice. Yo ya la había visto descargada, pero le mentí y le dije que salía para allá, que comprara mi entrada también si llegaba antes. No me importaba en absoluto repetir, lo que quería era verle. O no estar solo, simplemente. Con él me cuesta mucho saberlo.

Tuve que ir esquivando turistas por la calle Arenal. Me acordé inevitablemente de Céline y hasta estuve tentado de escribirle. Pero en qué andaría ahora ella, pensé. En qué ciudad, con qué pensamientos en su cabeza. Me pasa cada vez más con Madrid: cuando paseo, no es extraño que me encuentre con sitios donde he follado, donde conocí a alguien, donde he vivido en definitiva un capítulo de mi vida. Y me agota, casi nunca el recuerdo es enteramente placentero. Siempre regresa con un regusto amargo que no sé muy bien de dónde viene. A veces es porque me devuelve a un momento más feliz o puede que, por el contrario, no tenga las menores ganas de revivirlo porque hubo en él algo mezquino, triste, venenoso… Esta ciudad me empieza a pesar, y eso que ni he cumplido los veinticinco.

Alberto no había llegado aún. Aunque era día del espectador, no había colas por la estampida de Semana Santa y la gente de fuera no viene a la capital para meterse en un cine de versión original precisamente. Pero debería: la gente no ve suficiente cine. O a lo peor lo ve, pero en realidad no les cambia y, si el cine no te cambia, es como si no lo vieras en absoluto.  En cosas así andaba pensando mientras esperaba a Alberto afuera cuando al girar la cabeza para ver si venía desde plaza España me encontré frente a frente con Samuel. Iba en un grupo de cuatro o cinco personas, Eva no estaba entre ellas. Me empalmé, le vi guapísimo. No sé si era esa camisa azul de manga corta o la barbita que nunca había llevado, el caso es que no pude dejar de mirarle mientras entraba casi rozándome para comprar las entradas. Él se volvía también a cada instante. Creo que no llegué a hacerle una señal, pero decidí echar a andar lentamente hacia los sótanos de la plaza de los Cubos seguro de que me veía marcharme. Cuando dejé atrás Martín de los Heros y miré a mis espaldas, él estaba allí. Había seguido mis pasos fingiendo que llamaba a alguien por el móvil. Me detuve, me fui contra una pared y le esperé extendiendo mis brazos. Temblaba, los dos temblábamos cuando nos aferramos de las manos y nuestras bocas se precipitaron como las de dos bestias que quisieran devorarse, tantas veces lo había deseado desde aquella noche sin jamás superar el orgullo herido, la conciencia de un espacio y un tiempo equivocados, la incertidumbre de si seguiría con Eva, si había pensado en mí, si algún día podríamos tener algo. 

-Álvaro me empezó a repetir al oído.

-¿Qué? le respondí yo finalmente.

-Borré tu número…

Y entonces solté mis manos, le abracé por la cintura y le besé aún más fuerte. Yo tampoco lo tenía, no aguanto encontrarme en mi agenda a quien creo que ya no voy a volver a ver, así que le agarré el móvil del bolsillo de sus vaqueros y me llamé a mí mismo. Me pegué contra él para que notara la vibración, sentí su polla hinchada contra la mía y le puse su móvil contra la oreja como si yo hubiera descolgado y quisiera escuchar lo que tenía que decirme.

-No he dejado de pensar en ti.

Yo tampoco, Samuel, y de hecho no dejé de hacerlo durante toda la película. A medida que el personaje de Julianne Moore iba olvidando todos sus recuerdos, yo rememoraba más y más las veces que nos habíamos encontrado en la cafetería de la facultad, en el Lunch Box, en los Golem… Alberto estaba a mi lado, le notaba sobrecogido y es probable que él percibiera en mí una emoción que creía nacer de la historia de esa mujer que pierde hasta su propia identidad. Y es que tal vez yo también la estuviera perdiendo, tal vez no me reconociera en esa ternura infinita y cuando horas después me follé a Alberto fuera tu nombre el que plagara mi mente en mitad de la noche como si fuera el último polvo de mi vida. Y más tarde, mientras él me acogía en su regazo y acariciaba mi espalda, repetí una y otra vez en mi cabeza la última escena, la última línea de diálogo de Alice, esa palabra que pronuncia a duras penas como un niño que aprende a hablar. 

Es lo que siento por ti, claro. Siempre lo ha sido.

} continuará

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