La noche de ayer

por

De café, hadas que bailan y la puta luna

Debería levantarme de la silla y hacer café. Ella sigue en la habitación en la que ayer me sentí vivo otra vez. Su sonrisa era un puto fusil y a mí me pareció bien volver a sangrar. Pero las estrellas se apagan y ahora me siento estúpido por estar escupiéndole al folio en vez de volver a ahogarme en su saliva. De oler su perfume. Ninguna mujer está más bonita que después de follar, pero ahora no estoy preparado para enfrentarme a esa imagen. Quizá nunca lo estaré.

A ella le gusta el café, lo sé porque me lo dijo entre suspiros y mordiscos. Cuando se despierte estará hecho y nos sentaremos cerca. Ella seguirá rompiéndome con su conversación y yo volveré a sangrar con su sonrisa. Estiraremos la cuerda más allá de lo debido por el placer de la compañía y luego la romperemos al separarnos. No habrá promesa de volvernos a encontrar. No habrá nada más después del último beso, una despedida que aniquila todo aquello que podría ser.

Todavía no ha salido el sol, pero por la ventada no alcanzo a ver la luna. Me gustaría pedirle que echara hacia atrás, que se volviera a alzar, porque bajo su reino todos los pecados vienen sin cerrojo y salen a bailar las hadas. Pero la puta luna no parece que vaya a hacerme demasiado caso. Uno no puede pedirle favores a un satélite. Hoy todo es café por hacer y ayer las hadas conquistaban el castillo. Yo me follé a la mía. Me puse su sostén por bandera y empecé a asesinar relojes, porque durante esta noche obligamos a punta de pistola al mundo a dejar de avanzar y a detenerse ante nosotros.

Pero aunque ayer todo era más real que una vida entera y nos casamos con la eternidad, ahora todo parece ceniza y polvo, restos de un incendio que ya no se volverá a encender. Mejor quedarnos con el recuerdo de la vida que compartimos durante unas horas. La música se apagará en el momento que ponga la cafetera al fuego. La salida del sol aniquilará nuestra (tan bonita) mentira. El rockn’roll dejará de sonar. Quizá ya lo haya hecho. Así está bien, mejor no correr el riesgo de decepcionarnos. Evitaremos tener que recogernos a trocitos cuando nos rompamos.

Tal vez me vuelva a encontrar con ella. Mi ciudad es demasiado pequeña y los fantasmas saben perfectamente donde encontrarte. Entonces, me imaginaré cómo habría sido no huir, qué hubiera pasado si la luna no nos hubiera abandonado. Porque, cuando la luna desaparezca, ella lo hará también, y no quiero que lo haga. Quiero otras cosas. Quizá, invitarla a cenar, y rozarnos a escondidas mientras nos perdemos entre la gente. Quiero comerme su humo, que me guiñe un ojo y que me muerda otra vez, mucho y muy fuerte, hasta que nos arranquemos toda la carne sin saber cómo cojones nos coseremos luego. Que vuelva a mirar, orgullosa, sus quejidos y danzas en el espejo de mi habitación.

Pero la luna nos abandonará. Nada ocurrirá y tocará seguir hacia delante buscando otras historias entre mordiscos y ceniza, esas vidas enteras que se viven durante una única noche. Seguiré, pero lo haré flojito. Despacio. Para verla un poquito más antes de que desaparezca. Además, es jodidamente difícil correr con tu propia navaja clavada entre las costillas.

Voy a hacer café.

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