La mujer del bluesman

por
Foto: Jonathan Daniels

Tenía trece años la primera vez que vi a mi musa… y el encuentro sacudió mi adolescencia como un mazo sacude del golpe el bronce de una campana y lo hace vibrar. Pero yo vibraba a ritmo de blues.

Para ser sinceros, tenía trece desde hacía ya algunos años, porque si hubiera contado mi auténtica edad me habrían hecho pagar entrada completa en aquel antro de blues que se hacía llamar salón de baile. Y no había otro sitio en el insignificante pueblucho de la América profunda donde vivía, Twist, Arkansas, en donde se pudiera escuchar a los verdaderos bluesmen. Los que cantaban y tocaban en los famosos locales de la Calle Beale de Memphis, a unos 40 kilómetros de mi irrelevante villorrio. A veces teníamos la suerte de que viniera un Elmore James, un T-Bone Walker o un Muddy Waters, pero lo más frecuente era que actuaran músicos todavía no muy conocidos, como el inmenso Howlin’ Wolf o la estrella de aquella noche, Riley de la calle Beale. Y nadie tocaba mejor la guitarra de blues que Riley, ni estiraba como él las notas de sus cuerdas hasta lo místico y sobrenatural. Ni lo habría jamás, por supuesto. Ignoraba qué tipo exacto de bazofia musical oirían los blancos en sus locales, pero con seguridad no sería nada comparable. Porque, naturalmente, el tugurio-salón de baile de Twist era un local de negros. En el año 1949 nadie nos habría llamado afroamericanos, y de haberlo hecho alguien le habrían aplicado la justicia blanca para negros de forma fulminante, sin dejar de reírse a carcajadas en ningún momento, claro está.

La actuación de Riley ya había terminado y ahora estaban en el escenario grupos locales, ambientando el oscuro maremágnum de brazos y piernas danzantes que llenaba la pista. Yo entretanto me había perdido por el piso superior, donde estaban los camerinos de los artistas. En parte por mitomanía (quería ver el camerino de Riley) y en parte por seguridad. Igual les sorprendería saber lo salvajes que podían ser alguno de los patanes grasientos del lugar cuando se encontraban frente a una muchachita negra como yo, supuestamente menor y supuestamente inocente, cuando es evidente que está sola y ha venido sin acompañamiento de familia o amigos.

Encontré sin demasiado esfuerzo el camerino que buscaba. Parecía vacío… y tenía la puerta entreabierta… como invitando a hacer lo que yo naturalmente hice, abrirla de par en par. Y entonces la vi.

Nunca antes ni después en mi ya larga vida se ha visto mi sensibilidad tan conmocionada. Si me hubiera encontrado a la Reina de Saba con su séquito de abanicadores y acompañada de leopardos domesticados mi sorpresa habría sido menor. Allí estaba, yacente sobre un sofá, desnuda, magníficamente hermosa e inerte, rodeada de botellas de alcohol en algunos casos con restos de alcohol… Criatura sublimeVenus de obsidiana. ¡Cuánta belleza! ¡Qué perfección de formas! ¡Qué voluptuosas curvas! ¡Qué soberbias y vibrantes oquedades! ¡Qué maravilla de piel oscura y refulgente! ¡Qué suerte tenía el cabronazo de Riley por disfrutar de aquel regalo de los dioses!

Sí ya sé que posiblemente mis gustos no sean del todo convencionales. A otras chicas de mi edad les gustaban los chulillos fanfarrones y alborotadores, sin excluir las que sienten debilidad justamente por los patanes grasientos. A mí en cambio me gustan… otras cosas. El blues, por ejemplo. El blues y la belleza.

No sé cuánto tiempo estuve en éxtasis contemplando el sueño de la sensualidad hecha materia tangible. Posiblemente mucho. Pero sí que reaccioné cuando empecé a sentir calor. No el lógico calor interno provocado por la situación, sino otro claramente externo. Y abundante, lo que no dejaba de ser extraño porque estábamos en diciembre.

Cuando volví la vista de nuevo al pasillo por el que había entrado comprendí la situación. En la escalera que comunicaba con la pista de baile había humo y fuego, que venían desde abajo. El local ardía.

Conocía aquel tugurio, y sabía de un acceso por donde podía bajar hasta la cocina, desde donde probablemente se podría escapar. Pero no podía dejar allí a mi musa, a Cleopatra silenciosa y durmiente, y menos con tanto alcohol. Así que saqué fuerzas de flaqueza y la arrastré fuera del camerino (sí, la toqué, pero eso no lo puedo contar)  mientras el incendio empezaba a adueñarse de él.

Conseguí llegar con mi preciosa carga hasta la cocina, pero la salida estaba bloqueada por unas vigas que se habían desplomado desde el techo. No tenía otra opción que intentar salir por la puerta principal, esquivando como pudiera las llamas y protegiendo si fuera menester con mi menudo cuerpo el inconsciente esplendor del que tiraba.

Fue cuando trataba de escapar de la pista de baile entre llamaradas que volví a encontrar a alguno de los patanes grasientos de quienes anteriormente me escondiera. Estaban peleándose por los suelos como cafres, vaya vd. a saber por qué tontería y, peor aún, esparciendo el fuego. El salón de baile estaba caldeado por barriles con queroseno ardiendo (sí, eran así de brutos), y el par de zotes lo habían estado volcando por toda la pista en su violento afán de demostrar que eran más bestias que su adversario.

Creo que ni me vieron entre el humo y la refriega, y desde luego yo nada hice por llamar su atención, ¡y menos llevando a rastras a mi hermosura silente mas no insensible! Me había alejado lo suficiente de ellos y estaba a punto de lograr escapar cuando divisé otra figura entre las llamas. Se estaba asfixiando, y estaba ya pidiendo ayuda entre toses desde el suelo, incapaz de levantarse. Probablemente estaba perdido y no sabía por dónde huir. Me acerqué a él.

No es frecuente que la bondad se vea recompensada en este mundo, y menos de forma inmediata. Pero a veces ocurre. A mí me ocurrió, aunque sólo de forma inmediata. ¿Saben quién era aquel infeliz? ¡Riley! ¡El bluesman! ¡El de las notas alargadas y místicas! ¡El que nos había hecho palpitar hacía un rato con su Three o’clock blues!  En fin, que tuve que sacar a uno con cada mano. No era cuestión de permitir el fin de él ni de ella. Cuando Riley se recuperó me agradeció educadamente el haberles salvado a los dos, y me preguntó mi nombre. Yo pensé “y ahora es cuando me va a dar pases para su próximo concierto, o me va a ofrecer algún trabajillo acompañando a la banda, o me lo va a gratificar en metálico (menos probable), o…”. Pero, ¿gratificación?, ¿reconocimiento? Ni por asomo. Al final se portó como un cabrón. Ni pases, ni trabajillo ni nada. Únicamente me preguntó mi nombre, y se lo dije, con lo que realmente yo le di a él más de lo que él me dio a mí.

Volví a ver muchas veces más a Riley, aunque ya sólo en el escenario. También a su belleza de ébano, pero se fue haciendo cada vez más difícil a medida que se iba haciendo famoso. Al poco ya no era Riley King, sino Beale Street Blues Boy King, pero era muy largo para nombre artístico, así que se convirtió en Blues Boy King, y finalmente en B.B. King.

Pese a lo ingratamente que se portó conmigo (jamás mencionó, por ejemplo, la nimiedad de que le salvé la vida) nunca dejé de ser una rendida amante de su blues. Le vi sudar, gemir y conmocionarse en sus conciertos infinidad de veces. No sé si me hubiera gustado que me reconociera; realmente no sé qué me habría gustado de él aparte de su embriagadora música. ¿Ser la mujer del bluesman? ¿Y podría yo competir con la belleza de ébano, con las sucesivas bellezas de ébano que le acompañaron a lo largo de su vida? Probablemente no.

Pero al menos me cabe la satisfacción de que ellas, todas sus bellezas de ébano, llevan algo mío. Llevan mi nombre. Porque desde el día del incendio de Twist todas las guitarras Gibson de B. B. King, empezando por aquélla que yo salvé, se han llamado Lucille. Y Lucille soy yo. Algo es algo.

Nota del autor: El incidente del incendio del salón de baile en Twist y el hecho de que el suceso determinó el nombre de la guitarra y futuras guitarras de B. B. King son absolutamente históricos. https://es.wikipedia.org/wiki/Lucille_(guitarra)

Gibson Memphis Lucille B.B. King Signature

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