ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 8 octubre, 2017 at 11:47

Kafka y Conrad editados por Navona: dos venerables ancianitos que montan en skateboard

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La transformación de Franz Kafka y El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, son dos grandes clásicos de la literatura. De eso no cabe duda. Y como tales los ha editado Navona, dentro de su colección Ineludibles. Porque, realmente, lo son: son dos textos imposibles de eludir, de ignorar.

Para superar el posible hartazgo con el que alguien pueda recibir la enésima publicación de clásicos de esta magnitud, Navona ha revitalizado los textos presentando una nueva traducción junto con una edición sobria, funcional, agradable y cuidada. De esta forma, Kafka y Conrad se han visto redimensionados, y ahora podemos disfrutar de estos textos, que son como dos venerables ancianitos cargados de sabiduría, con un nervio y un pulso de jovenzuelos.

Como crítico y teórico de la literatura, es bastante dificultoso ofrecerle a un lector veterano argumentos diferentes para aproximarse a estos dos libros. Sin embargo, y contando con que su nuevo envasado editorial ya es de por sí una buena excusa, supongo que los lectores curtidos sabrán excusarme si no soy capaz de añadir casi nada nuevo de reclamo. Ahora bien, el número de personas que envidio profundamente, aquellas que aún se mantienen virginalmente instaladas en el desconocimiento del goce que les proporcionarán semejantes obras, quizás encuentren atractivas mis palabras a la hora de decidirse por las ediciones de Navona, huyendo de algunas otras traducciones alambicadas, o de aquellas ediciones de saldillo que abundan de ambas novelas.

Empezaré por Kafka y La transformación. En efecto, Navona, o su traductor y autor de un pequeño prólogo, Xandru Fernández, le han dado a la narración el título adecuado. Como muy bien afirma en dicho prólogo, si Kafka hubiera querido llamarlo La metamorfosis lo hubiera titulado así, Die Metamorphose, pero se decidió por llamarlo Die Verwandlung: La transformación.

Cuando Gregorio Samsa se despierta, “después de un sueño intranquilo”, ya se ha convertido en un insecto. La metamorfosis tendría mucho de proceso evolutivo, de mutaciones en diversas formas, y presenciaríamos en la narración los cambios estructurales que abarcarían desde una fase de pupa hasta el estadio de insecto de Gregorio Samsa. Pero la narración comienza in media res, cuando el protagonista ya se ha transformado por completo.

Kafka ha compuesto un relato que muy bien puede entenderse como una obra cumbre de la ciencia ficción, pero esa es sólo una de las muchísimas lecturas que permite un texto de una riqueza tan enorme como este, y además, entenderlo como una joya de la Sci-Fy tal vez sea la aproximación más simple. Porque La transformación está atravesada de un carácter simbólico en donde toda la historia es una metáfora de la incomunicación del hombre, aplastado, angustiado, sometido.

De esta manera, entendiendo el relato de Kafka como algo simbólico, podemos darle todo el sentido que contiene: La transformación se ha producido, realmente, en el interior del hombre, y se trata de un protagonista colectivo, dado que nos representa a todos nosotros.

Por ese motivo, que Samsa haya mutado en cucaracha, o escarabajo, realmente carece de importancia. De hecho, el propio Kafka le insistió a su editor Kurt Wolff que en ningún caso podía aparecer un insecto en la portada, lo que dio lugar a una de las cubiertas más emblemáticas de la historia de la literatura.

Sirva como anécdota el dato de que la primera traducción de una obra de Kafka a otro idioma fue La Transformación, vertida al castellano en junio de 1925, apenas un año después de la muerte del autor, y casi tres años antes de que apareciera en francés. El texto apareció como una traducción anónima en los números 24 y 25 de Revista de Occidente, bajo el título de La Metamorfosis. Desde entonces, se divulgaría con ese nombre por todo el orbe de habla hispana —y se especula con dos buenos conocedores de la lengua alemana como posibles autores: el director de la Revista, Ortega y Gasset, o tal vez el secretario de redacción, Fernando Vela—.

Si os interesa una interpretación más profunda de las muchas lecturas que se pueden hacer del texto, aquí os dejo un enlace a un trabajo mío:

http://laficciongramatical.blogspot.com.es/2011/06/la-transformacion-franz-kafka.html

Recordemos unas palabras de Kafka sobre las cualidades de un buen libro:

“Creo que debemos leer solo la clase de libros que nos hieren, que nos apuñalan. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta con un golpe en la cabeza, ¿para qué leemos?… Necesitaríamos libros que nos afecten como un cataclismo, que nos acongojen profundamente, como la muerte de alguien a quién hemos amado más que a nosotros mismos, como si nos hubieran desterrado a una selva, lejos de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado que tenemos dentro de nosotros”.

Con La Transformación lo ha conseguido.

Por su parte, mi historia con El corazón de las tinieblas de Conrad es una relación de amor y de odio…, que acaba de solucionarse gracias a la edición de Navona y, hay que decirlo, por la insistencia de mi amigo Ignacio Vacchiano en que le concediera nuevas oportunidades en forma de lectura. Tenía razón.

A la hora de leer a Kafka es difícil sacudirse el asunto del insecto, el de la figura de un hombre entenebrecido por la presencia del padre, o aquello de que decidió quemar toda su obra, como casi imposible resulta abstraerse de las muchas interferencias que pueden obstaculizar a El corazón de las tinieblas. En primer lugar, que en cierto modo es un recorrido como el del descenso de Dante a los Infiernos, o las incansables comparaciones de la película Apocalypse Now con el libro, del cual, evidentemente, toma gran parte de la trama.

Sin embargo, una vez olvidado todo esto y alejando de nosotros la falsa afirmación de que el texto es lento, como asfixiado por ese espíritu opresivo de la jungla que Conrad pretende retratar, si sabemos sobreponernos a la intromisión de algunas interpretaciones que solo encuentran una denuncia del régimen criminal del rey belga Leopoldo II en el Congo, podemos acceder a un trabajo literario de virtudes planetarias (y pienso en la sonrisa de satisfacción de mi amigo Ignacio al leer esto).

Desde luego, si no se ha leído nunca la novela de Conrad, la edición de Navona es la indicada para hacerlo. Y lo es, por ejemplo, por la traducción de un gigante como el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que además es biógrafo de Conrad y ha conseguido algo muy peculiar y decisivo con El corazón de las tinieblas: dotarlo de una luz especial.

En El corazón de las tinieblas vamos a toparnos con un tratado sobre la angustia y la codicia, sobre la inmundicia humana, desplegada en el seno de uno de los lugares más hostiles para el hombre: la jungla pavorosa y asfixiante, que alberga un misterio de terror que termina enloqueciendo a quienes se adentran en ella. En este aspecto, no puedo dejar de poner en paralelo esta lectura con los Cuentos amor, locura y muerte (Cátedra) del uruguayo Horacio Quiroga, donde la presencia de la selva y la muerte configuran un cronotopo muy parecido al de Conrad en El corazón de las tinieblas.

Leyendo a Conrad, y también leyendo a Quiroga, extraemos una reflexión inquietante: la profanación de la naturaleza, en este caso el saqueo de sus recursos y el maltrato y la esclavitud de aquellos que la habitan, desencadena consecuencias terribles. Fundamentalmente, la locura y la muerte.

Porque El corazón de las tinieblas es una novela sobre el mal, ya sea una perversidad albergada en el interior del hombre o la perfidia mortal que despliega el entorno selvático que lo rodea —en defensa propia ante los abusos que soporta, desde luego—; un mal que se desencadena como una venganza, es la respuesta de la tierra a una violación, lo que quizás podría vestir a la novela de Conrad con un interesante carácter ecologista que dispararía otras interpretaciones.

El mal está presente en la naturaleza como un castigo al hombre por haberla alterado, pero también como recordatorio de que, primigeniamente, pertenecemos a ese entorno y que debemos someternos a sus leyes: el ser humano es frágil, como todos los elementos que conforman la hostilidad de la jungla.

Mediante el relato dentro del relato, la historia que les cuenta Marlow a los tripulantes de un barco que aguarda el cambio de marea en las orillas del Támesis, el narrador revive la opresión que experimentó durante su estancia en el Congo. Se produce así una interacción externa-interna de los paisajes: el tiempo actual del relato junto al tiempo pasado de lo narrado por Marlow.

Y las claves del descenso a este infierno africano se encuentran en el cauce del río por el que ha navegado el protagonista a la búsqueda de Kurtz. La masa de agua se va convirtiendo en un curso sinuoso y terrorífico, hasta que deja de transmitir la sensación de río y se convierte en algo aplastante.

Es el entorno de una naturaleza inclemente, capaz de extraer toda la insoportable malignidad humana hacia el exterior. El hombre, oprimido por las fuerzas naturales, se convierte en un desecho nervioso presto a saltar a la yugular de su semejante ante la menor irritación, y debe morir para integrarse en la naturaleza que ha profanado, ya que la muerte es un estado natural que arregla las cosas, que las devuelve a su sitio.

Cuatro veces leí esta novela antes de toparme con la edición de Navona, que me ha permitido descubrir en ella gran parte de las virtudes que la hacen ineludible. Con estas nuevas ediciones, Kafka y Conrad, esos dos venerables ancianos que se aproximaban a pasitos lentos y cargados de sabiduría, arrojan al suelo sus sombreros de hongo y se convierten en jóvenes vivarachos que toman las tablas de sus skateboards y realizan las piruetas más arriesgadas con lo magistral de su literatura.

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