Jueves

por

De locos, aviones de papel y páginas en blanco

Las piernas de una mujer no se olvidan con facilidad. Quizá su dirección. Sus promesas, abrazos o delitos. Para mí, algo que siempre termina por desaparecer es su nombre. Pero no sus piernas. Tampoco sus ojos. Cómo podría. Estoy buscando alguna derrota más dulce que ésta, pero no puedo. La que sufro cuando me rindo ante esa mirada. Dicen que Marte tiene dos lunas. Hay mujeres que son planetas. Pero los nombres siempre se me escapan. No es algo que debería decir en alto. Mucho menos, escribirlo. Pero nunca he sido capaz de mentirle al folio. Es menos trágico de lo que parece, de todas formas. Después de todo, nada se queda demasiado tiempo. Todo se desdibuja gracias a la pila de despertares que cargamos en nuestros párpados.

Cada vez es más difícil mirar atrás. Recuerdo sonrisas. Existió un tiempo distinto, en el que tenía un objetivo, una misión. Algo que perseguir. Menos interrogantes, menos opciones, y muchas, muchas más certezas. Entonces el suelo era tan sólido que absolutamente nada podría venirse abajo. Allí mi única preocupación era conseguir mi propia espada, y me importaba una mierda en qué batalla tendría que utilizarla. Eran buenos tiempos. Nadie me avisó. Ojalá lo hubieran hecho. Ahora son fotografías guardadas en baúles, llenándose de polvo y emborronándose con el paso del tiempo. Como la ceniza que hace de cama a la colilla en el cenicero. Un recuerdo de lo que fue. Un cadáver. Y una amenaza, esa que me persigue una y otra vez y no deja de hacerme la puta pregunta.

¿Y ahora, qué?

Ahora, nada. Nunca pasa nada. No aquí. Las colillas se amontonan sobre la ceniza. Una fosa común que no deja de crecer. Por lo menos para mí. A nadie más parece importarle un carajo. Si saco la cabeza por la ventana, veo como todo el mundo se empeña en seguir hacia delante. Siguen el camino, ese que nunca he conseguido ver. Ni mucho menos, entender. Yo ni siquiera encuentro mis piernas. No. No lo veo igual. No veo nada. Allí fuera todo es extraño. Hablan de abrazos y mordiscos como del código civil. Ven su vida a través de una cámara. Siempre en tercera persona. Se viven desde lejos, beben cerveza sin alcohol y fuman cigarros mentolados. Se visten por los pies, y no se me ocurre nada más aburrido que alguien que se viste por los pies. Todos dicen morir por su libertad de expresión y luego se transforman en millones de censores cuando algo no encaja en las paredes de su cabeza. Quieren correr sin quitarse las correas. El mundo tiene gracia hasta que se ríen de ellos, y lo quieren todo sin atreverse a jugarse nada. Alguien les dijo que era por allí y se pusieron a sí mismos las orejeras.

Dicen que yo soy el loco. Que los cuerdos y sanos son ellos. No sé. Prefiero quedarme en mi manicomio. Aquí te ríes de ti mismo, nada es normativo y matamos a pedradas al que nos dice por dónde tenemos que ir.  Te vistes por donde te de la putísima gana y nada es más importante que lo realmente importante; el abrazo de tus padres, la sonrisa de un amigo. El cálido pellizco que sientes por todo el cuerpo cuando tu hermana te llama tete. El ruido del silencio y los polvos sin bandera. Ese momento en el, un jueves cualquiera, decides enfrentarte a ti mismo con un buen whisky (gracias, K.) como aliado y el folio vacío de archienemigo. Los interminables tres segundos que ella tarde en decidir besarte. El papel. Su ropa en el suelo, los libros tirados por todas partes y el café del desayuno. No hay nada más importante que el café del desayuno. Una mañana sin café puede destruir cualquier civilización.

Allí fuera nada tiene sentido. Aquí dentro tampoco, lo sé. Pero es más divertido. Transformamos en aviones de papel tu lista de «cosas pendientes que tengo que hacer». No me molesta la falta de sentido. Es el traje que mejor combina con el tono mierda de mis ojos. Todo carece de ello, y buscarlo es una total pérdida de tiempo. Este texto tampoco lo tiene. Lo sé. Quizá sea de lo más absurdo que he publicado aquí. Pero no he podido hacer otra cosa. El jueves ha decidido complicarse y yo busco refugio en la página en blanco. Como siempre. No estoy intentando decir nada. Aquí no hay metas ni objetivos. Ni siquiera tema. Hace mucho que dejé de pretender intentar escribir algo de verdad. Es una de mis grandes derrotas.

Hoy me enfrentaba a mis palabras sin fe. Ni en ellas ni en mí, arrodillándome contra absolutamente todo. Pero no por ello iba a dejar la silla vacía. A no atreverme y a sucumbir antes de jugar. Uno puede sacar a bailar a la traición si tiene el coraje de hacerlo. Ya sea por una búsqueda. Un texto. Un beso o toda una puta vida. Aunque no conozcas la canción, ni te hayas estudiado los pasos. Hay que salir igual a la puta pista de baile. No queda nada más. Hay que intentarlo. Siempre. Joder, la vida es demasiado aburrida como para no hacerlo.

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