música — 7 Mayo, 2017 at 0:10

Jean-Michel JARRE en Liébana: Una Conexión de Trece Siglos

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Jean-Michel JARRE en Liébana: Una Conexión de Trece Siglos. Sobre el Monasterio se proyectaban imágenes de los dibujos del libro del Beato de Liébana, escrito en el siglo VIII, mientras en el escenario Jean-Michel Jarre, un músico del siglo XXI, daba un repaso a sus últimos trabajos, Electronica y Oxigene 3, sin olvidarse de algunos de los clásicos que lo han convertido en el padre de la música electrónica.

El show, pleno de fuerza y con un espectáculo visual inigualable, celebraba el Año Jubilar Lebaniego, y dejó la sensación entre los asistentes de que acababan de asistir a un momento histórico bajo el cielo de Cantabria.

The Connection Concert, así había bautizado Jarre el concierto. En efecto, el asunto se trataba de una conexión mediante la música: un enlace con el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, una comunión con el misticismo religioso que emana el libro del Beato de Liébana —un comentario al Apocalipsis de San Juan pródigo en dibujos y que contiene uno de los mapamundis más importantes de la Edad Media— y un enganche con la naturaleza. La naturaleza, principal preocupación de cara al concierto, que al final se portó bien. Un taxista comentó, esa misma mañana, que había entrado un viento del sur, y que cuando ocurría eso nunca llovía. Podíamos estar tranquilos.

Tranquilidad, se respiraba un misterioso reposo a pesar de las seis mil personas que abarrotaban el recinto del aparcamiento junto al Monasterio, lugar elegido para montar el escenario. Era como si, embutidos entre las montañas y bajo aquella cúpula de estrellas, se estuviera cocinando una poción mágica que entró en ebullición con los primeros sonidos de Ethnicolor. En escena, un trío de músicos parapetados tras la espectacular cortina de leds que emitía incansables efectos luminosos. Junto a Jean-Michel Jarre, en el centro y rodeado de teclados, contribuían en la percusión, las voces, y los sintetizadores, Claude Samard y Stephane Gervais, como dos bolas de demolición en la interpretación de cada tema, que en directo suenan más graves que en estudio, con unos bajos estremecedores y unas baterías de ritmos hipnóticos.

Muy pronto, en la tercera canción del setlist, ya apareció uno de los grandes clásicos, Oxigène 2, y quedó demostrado que las transiciones entre las canciones nuevas y las antiguas, y las sorprendentes remezclas, se iban a complementar a la perfección durante las dos horas de espectáculo. Después de la notable Circus, el concierto llegó a una de sus cotas con la impactante Exit, en donde se escucharon las palabras de Eduard Snowden, el ex agente de la CIA, advirtiendo de los peligros de la cultura global y del espionaje de masas; pudo verse en las pantallas su rostro, dirigiéndose al público, mientras el tema elevaba a un Jarre en estado de gracia, tanto en lo compositivo como en lo interpretativo.

“Para mí la música es como la paella”, explicó el músico de Lyon, quizás refiriéndose a la multitud de elementos que conforman sus creaciones. Sin embargo esta afirmación ya la habíamos podido encontrar en el encarte del disco del año 1992, Nerve Net, de otro genio de los teclados y la electrónica, Brian Eno, cuando aseguraba que ese disco era “como paella”. Tras la confesión culinaria, los láseres iluminaron los montes lebaniegos y los suaves sintetizadores de Èquinoxe 7 y Oxigène 8 — interpretada con una micro cámara montada en las gafas del músico y que permitía ver al detalle todos los movimientos de sus veloces dedos sobre los teclados— dejaron paso a la pieza más potente de la noche, Zero Gravity, el tema en donde colaboran los veteranos del space rock Tangerine Dream: un remix aplastante que convirtió la explanada en una rave trance nerviosa y efervescente.

En consonancia con ese engarce entre los temas nuevos y antiguos, a la locura de Zero Gravity le siguió una pieza muy querida por Jarre, tal y como la presentó, la delicada Souvenir of China. Y tras esta, la colaboración estrella con los Pet Shop Boys en la canción Brick England. Desde ese instante, el concierto atacó su parte final, discurriendo por un puñado de canciones clásicas que sonaban revitalizadas en las potentes remezclas, junto a esa interpretación, ya legendaria, del músico a los mandos del arpa láser, que culminó con una proyección de luces sobre el cielo y las montañas de Liébana. La mezcla de Zoolookologie con Stardust, cerró un espectáculo tan impecable como emocionante.

Para la memoria, y para la historia de quienes acudimos al concierto, quedará un buen puñado de imágenes. Además de la plasticidad del arpa láser, también el instante en que Jarre tocó la guitarra como cierre a Conquistador, con un feedback sostenido que invocó a grupos como los Who, maestros en eso del acople (curiosamente, Pete Townshed ha colaborado en el álbum Electronica), o las luces de los teléfonos móviles del público encendidas y oscilantes mientras sonaba Oxigène 4, tal vez como una forma de conectar con los trescientos mil espectadores de la audiencia televisiva y del streaming.

El puente musical entre el Beato del siglo VIII y la música del siglo XXI había sido construido a golpe de sintetizador y bajo las estrellas de Cantabria. Ahora, ya podía ponerse a llover porque, como dijo Borges en uno de sus poemas, eso de la lluvia “es una cosa que sin duda sucede en el pasado”.

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