ACHTUNG!, achtungrafías, carrusel, literatura, opinión, relatos — 3 mayo, 2018 at 13:41

Historia del cornúpeta que fue de izquierdas

por
Foto: Oscar Keys

Fábula política

Existió una vez un bello y noble animal. Un toro, para ser precisos. Un magnífico toro de casta que intentaba pastar de algún modo en las depauperadas dehesas del cerrilismo hispánico del XIX; tenebrosos eriales en los que la pobre bestia lo pasaba fatal tratando de hacerse con algún yerbajo vagamente democrático y asimilable. Una pena, porque se trataba además de un animal mágico cuya piel, como muy bien sabían los cronistas de la antigüedad, representaba a todo un país, con sus currantes, sus parados, sus ingenieros agrónomos y sus navajeros, la mayoría de ellos tan hambrientos como el propio cornúpeta.

Un buen día, con el toro ya crecido y en su segundo siglo, y bien porque un ganadero sin escrúpulos lo quisiera, bien porque el terco y famélico astado insistiera en ello, la res fue conducida a la plaza, escoltada por un guardia civil y un cura. Antes de salir al ruedo fue mareada por el cacique, afeitada por el obispo y aguijoneada por el general, que le colocó su divisa (la divisa decía: “aquí mando yo, por cojones”), con lo que acabaron por enloquecer al hasta entonces inocente y manso animal.

Finalmente, y con el pobre cornúpeta ya rabiando de furia y dolor, se abrió la puerta de los chiqueros, allá por los años 30. Y, pese al lamentable y esquelético estado de la bestia, si frente a ella hubiera aparecido un diestro hábil, una figura que hubiera sabido sacar lo mejor de toro y torero en faena lucida, otro gallo nos habría cantado y la Historia habría sido diferente. Pero no, frente al iracundo astado lo que apareció fue exactamente un rinoceronte imbécil.

Y, como era previsible, el espectáculo pronto se volvió anodino y repetitivo. Carente de todo interés. El rinoceronte venció, por supuesto. No podía perder. Simplemente esperó el momento adecuado y, tras recibir algunas cornadas que no le provocaron ni cosquillas, embistió a la res con ese estilo tan característico de los rinocerontes; luego corrió al lugar donde habían caído los despojos y se sentó encima de ellos, usando además los retazos de piel que pudo encontrar como papel higiénico, dada su excelente ubicación para tal función.

Y estuvo sentado durante cuarenta años.

Pero luego, primero unas y después otras, empezaron a morírsele al paquidermo las pocas neuronas que le quedaban en (cierto) funcionamiento. Primero una fue elevada a los cielos de forma poco convencional mas harto piadosa. Luego otra se desactivó por sí sola tras larga y penosa pero merecida agonía. Y finalmente, las que quedaban, abandonaron a toda prisa el cuerpo del rinoceronte procurando que nadie les abriese las maletas de camino a Suiza.

– Oiga, ¿y el toro? ¿Qué pasó con el toro?

El toro era un animal tenaz, de modo que, de alguna forma, seguía viviendo. No me pregunten cómo, no lo sé, pero lo cierto es que, maltrecho y aplastado, aún estaba vivo. Mas su estado era tan lamentable, y también tan inofensivo, que provocó una de esas inevitables apariciones de lo irracional y lo sobrenatural, tan imprescindibles en toda fábula que se precie. Esto es, que tanto la patética y extraplana figura de la res como la lamentable y moribunda (pero igualmente pesada) del rinoceronte, fueron causa de que los cielos se abrieran y, entre torrentes de luz, músicas celestiales y ruido de cajas registradoras, apareciera una figura imponente y angelical que con suave timbre de voz dijera: “no os asustéis; soy el Hada Democracia, y vengo a traeros paz, pan, trabajo, felicidad, consuelo a los desesperados, aliento diáfano a los halitósicos y pelo a los calvos”.

– ¡Qué bueno! ¿Y también dinero a los pobres?

– Amigo lector, ¿quiere Vd. hacer el favor de no interrumpir la narración con morcillas que ni vienen a cuento ni aportan nada?

– Vale, vale; siga Vd.

Bien, pues el Hada Democracia decidió que, para intentar salvar lo salvable de ambos animales, y de paso convertirlos en una realidad económicamente rentable, únicamente podía trasladar las neuronas supervivientes en el cerebro del infortunado toro al ya despoblado del inane rinoceronte. Y ¡zas!, con un contundente toque de su varita mágica, rematada por un resplandeciente signo del dólar, así lo hizo. Pero el toro, que al fin y al cabo había sido educado para embestir y no para apreciar sutiles diferencias entre cuerpo y mente, no supo comprender la nueva situación. Para él, antes era un toro aplastado por un rinoceronte, y ahora era un toro sin aplastar por ningún rinoceronte. Cierto que se sentía extraño, con sus dos cuernos colocados en forma, tamaño y lugares improcedentes, con su desmesurado y rechoncho corpachón y con su gruesa y endurecida piel gris, entre otras diferencias. Mas estas novedades no le resultaron significativas frente al notable hecho de, tras cuarenta años, no estar aplastado por ningún rinoceronte.

Es decir, que en ningún momento se dio cuenta de que ya no era toro. De que ahora era rinoceronte.

Eso sí, pudo percatarse de que antes había estado sobre un suelo seco, rocoso e incómodo, y ahora estaba sentado sobre una confortable pieza de cuero, que además había sido recubierta con algún tipo de suave materia orgánica que la hacía incomparablemente más mullida. Y al toro, que había perdido ya los últimos vestigios de nobleza o dignidad tras el hambre, el mareo, el afeitado, el aguijoneado, la embestida y el longevo aplastamiento, le gustó. Y como le gustó permaneció en la misma postura que anteriormente su antagonista. Y así sigue. Y no le va mal.

Únicamente pasa por algunos apuros cuando, cada cuatro años, tiene que convencer a los currantes, parados, ingenieros agrónomos y navajeros de su asiento de que esa es la mejor postura para todos. Pero no es nada grave.

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