artes | letras, carrusel, libros, literatura — 17 julio, 2017 at 13:58

Hijos de la Stasi, de David Young: novela negra de lograda clave histórica

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Hijos de la Stasi (HarperColins Ibérica) es una novela de género negro escrita por David Young. La obra ganó el prestigioso premio CWA Historical Dagger en 2016, galardón que otorga la British Crime Writer´s Associaton a la mejor novela negra “histórica”. Con mucho bueno, especialmente en el terreno de la ambientación en la Alemania del Telón de Acero, el trabajo de Young también está aquejado de algunos de los males generales que presenta la novela negra actual, pero el conjunto es el de una lectura positiva.

Tal y cómo nos informa el autor en una explicativa nota final, alrededor del seis por ciento de los colaboradores de la Stasi —el Ministerio para la Seguridad del Estado en la RDA— eran menores de 18 años. El número total de informantes, es decir, chivatos, delatores, vigilantes de sus vecinos, denunciantes de sus propios padres o hermanos, también cotillas o, simplemente, miserables en manos del devenir de la Historia, el miedo, los chantajes y las presiones, era de 173 mil. Prácticamente, cada persona tenía su pareja, su equivalente que lo espiaba. Me viene a la cabeza Es cuento largo (Alfaguara) la novela de Günter Grass, un retrato agotador del informador pegado a su presa.

Todo en el discurso de Young nos hace entender que uno de los objetivos de este Hijos de la Stasi es, en efecto, denunciar esos métodos de reclutamiento y espionaje llevados a cabo por el Gobierno de la RDA, que incluso extorsionaba a los más jóvenes, lo que convierte el asunto en más infame aún, si cabe. Sin embargo, me da la sensación de que el intento reivindicativo queda en eso, sólo en intento, o que tiene mucha más carga utilitaria que otra cosa. Porque inmerso en una buena narración, por momentos brillante y con nervio, y en una trama algo tramposa pero muy efectiva, la presunta denuncia con la que el autor busca cargar la novela, se diluye.

Y el asunto no es nuevo, ni privativo de la RDA. A la cabeza me viene el caso de Pável Mozorov, mártir de la Unión Soviética porque con tan sólo 13 años de edad se le ocurrió denunciar a su padre a la Policía Política de Stalin por alta traición al Estado. El asunto terminó con la ejecución del progenitor. La familia, conmocionada, se vengó en el joven, al que asesinó. Una historia sobre la que pesa el yunque de la duda, la prostitución propagandística con la que fue empleada por el aparato del estalinismo, y la eterna duda de si fue verdadera, falsa, o completamente diferente. En cualquier caso, demuestra que las prácticas de vigilancia llevadas a cabo por menores no eran algo nuevo en la RDA, sino una forma de operar muy común en cualquiera de las policías comunistas. En la Rumania de Ceaucescu, las escuelas especiales de reclutamiento y formación de agentes crueles y despiadados se nutrieron con gran parte de los huérfanos producto del terremoto de 1977. Resultaron ser los más leales al Conducator, los más implacables y sanguinarios de todos.

Pero Young aún pretende destacar otra denuncia emergente de su texto. Como él mismo aclara en la nota a la que me refería más arriba, grandes empresas como IKEA utilizaron para el embalaje y procesamiento de sus productos la mano de obra de prisioneros políticos de la RDA durante los años 70 y 80. Parece ser que un informe de una auditoría confirmó, hace relativamente poco, que la empresa sueca estaba al corriente de la infamia, lo que llevó al director general de la casa de muebles en Alemania a pedir perdón de forma pública. Una circunstancia que recuerda a otros escándalos, como los de IBM, Porsche, Kodak, la General Motors o Siemens, que se aprovecharon de mano de obra esclava utilizando los prisioneros judíos del Reich de Hitler.

En cualquier caso, los reclutamientos de menores y el empleo de prisioneros políticos, dos reivindicaciones legítimas, quedan diluidas en la narración de Young. Al lector le da la sensación de que, estos motores ideológicos de la historia, se pierden, o han sido traídos de los pelos. Porque la novela es mucho más que eso, y su autor le hace un flaco favor con su nota final, o eso creo, centrando el foco en estos asuntos.

La narración de David Young es sólida, bien construida, perfectamente ensamblada y, durante tres cuartas partes del texto, ordenada y brillante. Un ejercicio luminoso de novela negra, soportada en una ambientación de cinco estrellas y con algunos personajes magníficamente fraguados que alcanzan más allá del estereotipo de buenos y malos, algo tan característico del género, y al que no escapan otros actantes de Hijos de la Stasi. Afortunadamente, Young ha entendido bien cuál es su punto fuerte, y de este tipo de personajes hay más que de los planos y utilitariamente maniqueos. El autor se esfuerza por pintar unas líneas muy difuminadas en los actores claves de la novela, con unos límites borrosos que los vuelven terriblemente atractivos.

Luego, está el asunto de la maraña de la trama, en donde se nos van proporcionando algunas pistas, como una forma de aumentar la intriga, que nunca se resolverán. No digo que esto no se deba hacer, es un recurso lícito, pero a mí no me agrada. Siguiendo la teoría del clavo de Chejov —eso que sostuvo de que si un clavo aparece en una narración es porque el personaje, al final, debe colgarse de él, es decir, que todo lo consignado en el texto debe obedecer a un motivo narrativo—, en la novela negra soy de la opinión de que todos los hallazgos o pistas necesitan de una aclaración posterior o, de lo contrario, no deben existir. El libro de Young cuenta con dos o tres engaños relacionados con este asunto. Aumentan el misterio, ayudan al clímax en un momento determinado, desde luego, pero después decepcionan un poco al lector, al no hallar en el texto una explicación convincente a los enigmas.

Lo que salta a la vista, y está bien claro, es que la novela ha sido merecedora de un premio relacionado con la escena histórica, y en eso, el libro es más que notable. El trabajo de ambientación de la narración en el Berlín de la RDA no es algo sencillo, y Young lo resuelve con precisión y realismo. De hecho, esta novela negra se diferencia de otras novelas negras en eso, en el montaje de un entramado, de una escenografía que aquí es más propia de una novela histórica.

Por ello, y el mensaje lo hago extensivo a todas las editoriales en general, hay que cuidar un poco más los paratextos. En la nota de contraportada se insiste en la correspondencia del libro con la película La vida de los otros, y eso le hace un flaco favor a la novela, y por supuesto al lector, a quien predispone para encontrarse con algo que luego no será así en absoluto. Ambas obras, la novela y la película, tienen en común la RDA. Aquí se terminan las coincidencias.

Y lo mismo sucede con ese insistente martilleo acerca de que la novela de Young nos recuerda a Philip Kerr. Entiendo que la referencia anunciada deberán ser las novelas del detective Bernie Gunther, pero salvo la coincidencia de escenarios y tiempo político (y eso no ocurre nada más que en alguna de las novelas de Kerr) el libro se aleja de su estilo. Una recomendación a los lectores: obvien los paratextos, o tengan la seguridad de que están escritos por personas que o no han leído la novela que recomiendan, o que no han entendido nada.

Hijos de la Stasi es una novela negra con hechuras, una narración que va mucho más allá de la novela de entretenimiento, de la novela de aeropuerto o piscina en la que se suelen convertir este tipo de libros. Trepidante de principio a fin, se resiente en su parte final porque desmenuza su orden y método en un desenlace apresurado y predecible; tal vez demasiado embarullado, pero que como gran virtud nos deja un amargor inquietante al ofrecernos un cierre pesimista, oscuro, y que salva del posible desastre al desaliño, impropio del ejercicio narrativo que Young nos había ofrecido antes.

Porque, tal y como están los tiempos literarios, dado el cariz enfermizo del momento narrativo, el acto de no cerrar un libro con un enfado monumental y con la sensación de que nos han tomado el pelo y hemos dilapidado nuestro valioso tiempo, ya es motivo por el cual debemos contentarnos: al menos por ahora, y hasta que las cosas cambien y pongan en su sitio los libros de farsantes, los de presentadores de telediario metidos a literatos catódicos o los de famosillos cocainómanos con fiebres narrativas —un lugar en los vertederos o, si no quieren que sea tan duro, en uno de esos bonitos puntos verdes de reciclaje—.

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