Chico bisex busca, ocio — 28 julio, 2015 at 11:02

Glory Box

por

Glory Box

Por A.C | Fotografía Cain Q

Me sentaba en el borde de la bañera, no me movía. Contemplaba de principio a fin la transformación. Mi madre se maquillaba cuando salía, siempre. Daba igual que fuera para ir al trabajo o para hacer la compra. Y cambiaba por completo. En casa iba de cualquier manera, apenas se preocupaba por su apariencia, pero fuera se convertía en una mujer sensual, provocativa, deseable. Así la veía yo, hipnotizado a medida que avanzaba la metamorfosis: la sombra de ojos de colores atrevidos, para mi comunión eligió el verde, el mismo verde que su vestido de tela ligera, y cuántas veces he podido ver las fotos de ese día; el eye-liner deslizado con su precisión innata que nunca ha usado más allá de hacerme alguna ilustración de mis deberes de la ESO, y es que a mí se me daba fatal, incluso ahora dibujo como un niño de cuatro años; el rizador de pestañas, las tiene negras y gruesas, en eso sí he salido a ella; el colorete discreto para perfilar sus pómulos, ya de por sí elegantes; el pintalabios que elegía de entre una larga hilera, a veces me preguntaba qué me parecía uno u otro, cuál le podía ir mejor, y yo dejaba que me pintara en el dorso de mis manos líneas de carmín que no borraba hasta el momento de irme a la cama y a veces ni siquiera eso; y, finalmente, su perfume (siempre llevaba Eternity), ese aroma que reconocería al instante, aquel que me hechizaba cuando me estiraba para besarla antes de irse y ella se agachaba y me cogía la cara y me decía que tuviera cuidado de no estropearle el maquillaje y, al final, el beso solía ser en los labios, ligero pero perenne.

* * *

Nos había entristecido no poder ver a Portishead, a los dos nos vuelven locos, pero era eso o ser capaces de regresar a Madrid con la pasta que nos quedaba. Llevábamos metidos en tu apartamento una semana, y había habido días enteros en que solo habíamos escuchado sus discos en Spotify. Extrañamente, y aunque ocurrió de forma espontánea la primera vez, lo único que susurrábamos siempre que volvían a sonar eran estas frases de Glory Box:

Give me a reason to love you

Give me a reason to be a woman

I just wanna be a woman

En algún momento algo hizo clic en mi cabeza. Marta salía anoche. Yo no había pasado por aquí todavía desde que volvimos del FIB. Puse como excusa que tenía que venir para coger ropa interior, camisetas, mi portátil… La verdad es que me mola usar todo lo tuyo, pero tenía que hacer realidad lo que se me había ocurrido. Insistí en que me acompañaras, te hice creer que el único morbo que tenía era follar en casa de mi amiga, en la cama que compartíamos, con el riesgo de que por cualquier motivo llegara antes de lo esperado y pudiera sorprendernos. Te encantó la idea, tampoco es que yo lo hubiera dudado, pero en el metro se me puso muy dura cuando pensé en lo que te esperaba realmente…

Cuando llegamos, te dije que te tumbaras en la cama, desnudo, con los ojos cerrados. Entonces abrí el armario de Marta, saqué un pañuelo y no sé por qué me lo llevé antes a la cara, tal vez quise recobrar aquel recuerdo de mi niñez y primera adolescencia, pero olía a una colonia más como las que mi propia madre usa ahora. Lo anudé en torno a tu cabeza para que no vieras nada. Te empalmaste, creíste que era uno de esos juegos de dejarte hacer, de convertirte en un objeto, pero te pedí que esperaras unos minutos jugando con tu fantasía aunque ya dudaras de ella. Me quité toda la ropa, la puerta del armario de Marta había quedado abierta y me fijé en una falda corta que se compró de rebajas conmigo el día antes de conocerte. Me quedaba perfecta, los dos usamos la 38. Me metí en el baño, poco a poco fui tomando lo que necesitaba de la estantería donde tiene todo su maquillaje y, en el mismo orden memorizado desde que tengo uso de razón, me transformé sin prisa frente al espejo en una mujer capaz de seducir a quien quisiera, ajena a tus voces de impaciencia, incluso de mosqueo, aunque sabía que estarías igual de cachondo cuando volví a entrar en la habitación, me senté sobre tu vientre y dejé que me tocaras. En cuanto te diste cuenta de que llevaba una falda, lanzaste un suspiro y me metiste las manos por debajo. Pensé que me la ibas a arrancar, pero me equivoqué… Acariciabas mis muslos y volvías a remontar hasta que me apretabas bien fuerte el culo. Te pregunté si querías que te quitara la venda. Me respondiste que no, que preferías seguir a ciegas. Acerqué mi boca a tu boca y cuando sentiste el tacto y el aroma de mis labios comenzaste a deslizar con suavidad tu lengua sobre ellos, a meter tus dedos entre mis dientes, con delicadeza. Me oliste, me besaste lentamente por toda la cara buscando más señales femeninas, tanteando, adivinando, hasta que no pudiste más y te arrancaste el pañuelo. Tu mirada fue exorbitada, no te había visto una mirada así desde que te conozco, respiraste con fuerza y dejaste que se desbocara al animal que mi juego había despertado en ti: me empujaste hacia adelante, te echaste sobre mí, me levantaste la falda hasta el estómago, mordisqueaste mis pezones presionando cada pectoral con fuerza y me clavaste tu polla como lo harías en una vagina. Temí un dolor insoportable, contuve el aliento esperando el latigazo de un desgarro, pero para ese momento la transformación había llegado muy lejos y yo ya era la chica a la que te estabas tirando por primera vez en tu vida.

Me corrí sin tocarme. Tú me seguiste follando como quisiste, por donde quisiste.

Cuando todo hubo terminado, nos volvimos a tu casa caminando cogidos de la mano y ni tú ni yo quisimos borrar de mi rostro nada que no se hubiera borrado sobre ese colchón.

} continuará

música cine libros series discos entrevistas | Achtung! Revista | reportajes cultura viajes tendencias arte

Deja tu comentario

Comments are closed.