ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 22 Julio, 2017 at 19:15

Giorgio Van Straten y su Historia de los libros perdidos: la emoción y el sufrimiento de un tsundokiano

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Si echamos un vistazo a la mesa de novedades de cualquier librería veremos que el número de publicaciones son ingentes. España es un país que publicó en 2016 la friolera de 81. 391 libros. Libros, libros por todas partes… Sin embargo, ha tenido que ser una obra que trata de aquellos libros que se perdieron, que se destruyeron, y que son un enigma porque jamás podremos tenerlos ya entre nuestras manos, unas manos de enfermos tsundokianos —del japonés tsundoku: bibliomaniáticos que acaparan volúmenes en sus casas—, la que me haya emocionado como hacía mucho tiempo que no me atravesaba un texto. Se trata de Historia de los libros perdidos (Ediciones Pasado & Presente), de Giorgio Van Straten, una delicia, un caviar amargo sobre la tragedia de la literatura.

Amargo, en efecto, porque el planteamiento del trabajo de Van Straten es tan doloroso para un lector, no digamos ya para un escritor, como atractivo: dar noticia de una serie de libros que, por uno u otro motivo, se han extraviado, de los que existe una fiable información al respecto, tanto de su génesis como de su apocalipsis. Por las páginas estremecidas de Historia de los libros perdidos desfilan algunos de los autores más conocidos y venerados de la literatura universal, como Lord Byron, Gógol o Hemingway, junto a otros autores menos conocidos por el gran público como lo son Walter Benjamin, Malcolm Lowry o Bruno Schulz.

Las historias de sus obras perdidas son historias terribles de fracasos y frustraciones, de mala suerte, quizás una muestra del sino de perdedor que arrastran casi todos los autores, aquellos que, realmente, son escritores. Porque no vamos a engañarnos ahora: cuando uno elige ser escritor también está eligiendo ser un perdedor.

Fascinado por el negro magnetismo que desprenden las páginas de Van Straten he podido recorrer algunos de los momentos más desoladores de la pequeña historia que componen legajos, borradores, copias, papeles carbón, pliegos…, azotados, todos ellos, por inquinas, miedos, venganzas y miserias de algunos hombres empeñados en su no publicación, o víctimas de las cabezas desastradas de sus propios autores.

Así, primero sorprende y luego irrita, que la mujer de Hemingway se dejara robar una maleta que contenía las primeras narraciones del escritor. Tenía sed y aprovechó una parada del tren en el que viajaba para bajarse a por una botella de agua. A su retorno, la maleta había volado, para no volver a saberse de ella nunca más. El norteamericano no es de mis escritores favoritos, más bien todo lo contrario, incluso puede que el ladrón nos hiciera hasta un favor literario, pero mi corazón de autor no puede dejar de solidarizarse con ese montaña de trabajo redactada en soledad, con el sufrimiento plasmado en cada hoja, que desapareció sin dejar rastro.

Bien distinto es el caso de Gógol, que arrojó un manuscrito de unas 500 páginas al fuego porque no lo consideraba a la altura de la primera parte ya publicada. En efecto, se trataba de una continuación de Las almas muertas. Cenizas que privaron a la humanidad de un díptico que quizás fuera la mayor obra rusa de la historia, lo que es decir muchísimo. Diez días después, Nikolái Gógol moría.

Lord Byron dejó escritas unas Memorias en donde su bisexualidad, sus correrías homosexuales, y otras muchas confesiones incómodas, amenazaban la reputación —e incluso la seguridad— de los que allí eran mencionados. Entre el editor, un amigo de Lord Byron y la hermanastra, tomaron una decisión terrible, pero que aplacó las conciencias de todos: las Memorias de Lord Byron fueron entregadas al fuego. Y el fuego devoró, también, un manuscrito de mil páginas (y sé muy bien la enfermedad que significa escribir una novela de mil páginas) junto a nueve años de trabajo del escritor Malcolm Lowry, calcinados en el incendio de la cabaña en donde vivía, en un pueblecillo de la Columbia Británica.

Pero si estas historias me han resultado fascinantes y dolorosas a partes iguales, quiero detenerme en una especialmente triste, la del polaco Bruno Schulz, uno de esos raros genios que ha dado la vieja Europa, al estilo de Kafka o Walser. Durante la ocupación alemana de Polonia, Schulz, que era judío, acabó protegido por un oficial nazi a cambio de realizar las pinturas murales de la habitación de su hijo pequeño (porque Schulz era, además, un excelente pintor y dibujante). Al parecer, su muerte se debió a una venganza de otro oficial reñido con el protector de Schulz. Lo ejecutó de un disparo en la nuca, en mitad de la calle, y lo dejo allí abandonado. El verdugo ignoraba que con ese disparo condenaba a Bruno Schulz a la inmortalidad, pero también nos alejaba, definitivamente, su única novela: el manuscrito de El Mesías, de la que está bien documentada su existencia. Se nota, en la forma que Van Straten trata esta historia, que le atenaza el pecho una angustia similar a la que se ha apoderado de mí al leerla.

Y más aún cuando, muchísimos años después, se barajó la posibilidad de que el manuscrito de El Mesías hubiera sido encontrado en los archivos de la KGB. Un diplomático sueco sirvió de enlace para llevar a cabo la transacción con el gobierno polaco. Durante el regreso desde Ucrania del diplomático, todo indica que con el manuscrito adquirido, un mortal accidente de automóvil abrasó el texto. Pero eso significa ser escritor, siempre la derrota, incluso después de muerto.

 

Todas estas historias que nos presenta Giorgio Van Straten son producto de su enorme amor por los libros. Porque en cada desgracia, en cada pérdida, intenta encontrar un rayo de optimismo y de esperanza, aunque a veces la tragedia sea tan monumental como la de Walter Benjamin y su maleta negra de contenido enigmático, o tan infame como los tejemanejes y maniobras de censura y destrucción a los que fue sometida la obra de Sylvia Plath por su marido, Ted Hughes, tras el suicidio de la poeta.

El fuego, casi siempre el fuego, ha sido el elemento que ha terminado con aquellas obras que ya, jamás, leeremos. El recorrido por el compendio de desgracias que elige Van Straten es suficiente, contenido y necesario, pero podría haber ido más allá, desde luego, porque esta historia de la amargura que es la literatura, es pródiga en desastres míticos que borraron palabras, folios y novelas, del acervo cultural de la humanidad.

Desde la ruptura de una parte de las Tablas de la Ley por parte de Moisés, por ejemplo, que sería una de las primeras pérdidas de texto que conocemos, junto a la quema de los legajos y rollos de pergamino de la Biblioteca de Alejandría —o el saqueo brutal y más reciente de la Biblioteca Nacional de Bagdad, que destruyó más de 400 mil libros, algunos de ellos ejemplares únicos y raros—, pasando por aquél segundo libro de la poética de Aristóteles —y dedicada a la comedia, vaya ironía— o el extravío desgraciado de gran parte del teatro de Esquilo, de cuyas casi 90 piezas sólo nos han quedado siete obras. Sobre esta aspecto, el escritor albanés Ismaíl Kadaré compone unas páginas magníficas en su ensayo Esquilo, el gran perdedor (Siruela), reflexionando sobre toda una poética de la pérdida. Porque no existe ningún escritor que no componga su obra, circunstancia extensible a cualquier artista, bajo la constante amenaza de la pérdida.

 

Tampoco quiero olvidarme de la novela que perdió Jose Asunción Silva en el naufragio del vapor Ameriqué, frente a las costas de Barranquilla, y en donde se hundieron manuscritos que contenían numerosas tiradas de versos y la primera versión de su obra De sobremesa que, afortunadamente, luego pudo reescribir; o esa maleta repleta de poemas que Machado abandonó en Port Bou antes de pasarse a Francia, huyendo de la Guerra Civil. Por cierto, un suceso que recrea, con la sutiliza de su pluma, el escritor Juan Carlos Arce en su novela Los colores de la guerra (Planeta).

Y necesito recordar aquí al escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, que se volatilizó junto al borrador de su nueva novela en el accidente que sufrió el vuelo 11 de Avianca en su aproximación al aeropuerto de Barajas. Además del mexicano, a bordo del Boeing 747 perdieron la vida el escritor uruguayo Angel Rama y el peruano Manuel Scorza. Parafraseando un viejo y estremecedor refrán japonés que afirma que cuando un anciano muere es como si desapareciera una biblioteca entera, cuando muere un escritor desaparecen, con él, todos los futuros libros que iba a escribir. En este caso, la muerte de un escritor es la extinción de una futura biblioteca. Quizás nunca fueron más certeras las palabras del poeta Hölderlin cuando manifestó que “el arte es una forma de duelo”.

Aunque estos últimos casos que he mencionado no aparecen en el libro de Van Straten, no he querido pasarlos por alto, dada la profunda huella que, de una u otra forma, han dejado en mis cicatrices de escritor. Y así es esta Historia de los libros perdidos, un drama mayúsculo de esfuerzos baldíos y fracasos descomunales que sólo pueden contemplarse, leerse y estudiarse, desde el infinito amor por los libros que profesa su autor. Nos contagia su amor de tusundokiano hasta convertirnos en los afligidos deudores de todas y cada una de las pérdidas.

Desde hoy, nuestro corazoncito de lectores llevará luto por los legajos perdidos de Gógol, Lowry, Hemingway, Schulz, Benjamin o Lord Byron, pero aun así podemos notarnos optimistas, porque creemos en la inmortalidad de la literatura y de los libros gracias a la reflexión final de Van Straten, que alberga esperanzas de encontrar alguno de estos textos oculto en el hueco de una pared, tras un armario o una alacena, en el interior de un baúl o en el altillo de un desván, tan sólo aguardando el momento de saltarnos a las manos para regalarnos la felicidad de su lectura.

Como cuenta Giovanni Boccaccio en su Breve tratado en alabanza de Dante (editado por la Universidad Autónoma de México), cuando Dante falleció dejó su Divina Comedia sin terminar; faltaban 13 cantos. Sus familiares los buscaron por todas partes, pero parecía que estos no existían. Sin embargo, su hijo Jacopo, ocho meses después de la muerte de su padre, tuvo un sueño en el que el poeta le indicaba el lugar en donde se encontraba el final de la obra. Al despertarse, corrió frente a la pared señalada y, tras retirar una estera, se encontró con un huequecillo en donde reposaban unos pliegos: era el final de la Divina Comedia.

Sea verdad o una alucinación maravillosa, o tal vez una exquisita mentira urdida por el genio de Boccaccio, debemos tenerla en cuenta para apoyar a Van Straten en su optimismo: llegará el día que algunos de esos libros perdidos, sean cuales sean, aparecerán para terminar su historia. Porque un libro jamás estará completo hasta que haya llegado a las manos de sus lectores. Ese es su verdadero, gozoso, y único fin.

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