ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 27 abril, 2018 at 21:46

Género negro totalitario: Lobos de la Stasi y una magnífica oportunidad perdida

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Corren tiempos regulares para el género negro literario, en concreto para aquello que se ha venido a denominar como “negro totalitario” o como “novela negra totalitaria”. Por un lado, son malos momentos porque hace bien poco, el pasado 23 de marzo, falleció de cáncer uno de los maestros del género, el autor británico Philip Kerr. Adiós al padre de la saga del detective alemán Bernie Gunther y parón definitivo a la serie de Scott Manson —que apenas había empezado a caminar con tres títulos— y estaba marcando un nuevo rumbo de lo negro, en este caso lo que podríamos denominar como novela negra de fútbol. Por otro lado, bebiendo directamente del noir totalitario, un autor joven, el británico David Young, ha revitalizado el estilo con la publicación de unas novelas de evidente éxito: Hijos de la Stasi y Lobos de la Stasi (ambas en HarperColins Ibérica), novelas de la detective Karin Müller, ambientadas en la RDA.

Así que hemos perdido a Philip Kerr, el padre de este tipo de novelas, pero por otro lado el género había cosechado un éxito con Hijos de la Stasi que, lamentablemente, ha comenzado a resquebrajarse en Lobos de la Stasi. Antes de pasar a un análisis de los motivos por los cuales David Young ha herido gravemente el género que acababa de resucitar, puedes leer mi reseña para Achtung! de la primera entrega, Hijos de la Stasi, en este enlace:

http://www.achtungmag.com/hijos-la-stasi-david-young-novela-negra-lograda-clave-historica/

Después de la primera aproximación al sórdido mundo criminal de la RDA en Hijos de la Stasi, lo que fue un evidente acierto en cuanto a la localización de los sucesos narrativos, la serie ha visto su continuación en Lobos de la Stasi.

Esta segunda novela nace herida por causa de su planteamiento inicial, por cierto, pésimamente entendida, una vez más, por los encargados de confeccionar los paratextos y que presentan como gancho una frase absurda, tan desafortunada como mentirosa: “¿Es posible resolver un crimen sin hacer una sola pregunta?”. Verdaderamente, no lo comprendo. En la novela se formulan muchísimas preguntas con la intención de resolver una más que desvaída trama que se encuentra a años luz de la intriga presentada en la primera entrega, y eso que tampoco aquella era nada del otro mundo.

David Young tiene sus puntos fuertes y sabe explotarlos de maravilla. Es un autor que desarrolla sus tramas y los misterios que se imbrican en ellas con seguridad y solidez, que trabaja la ambientación de una forma excelente hasta el punto de que en Lobos de la Stasi eso es lo mejor de la obra, pero todas estas virtudes las esta agriando con sus personajes cada vez más planos e insulsos e, incluso, marchitando aquellos que aparecían bien construidos en Hijos de la Stasi.

El problema de los argumentos se ha agudizado en Lobos de la Stasi. En la primera novela la trama del reclutamiento, los métodos de espionaje en la RDA y el papel que los jóvenes se veían obligados a desemplear dentro del sistema represivo, funcionaban durante las tres cuartas partes del libro.

En esta nueva entrega resulta imposible sostener el entramado histórico que por otra parte tan brillantemente se había presentado. El robo de niños, en concreto de gemelos, no es nada atractivo para el lector, lo que unido a una serie de casualidades increíbles para lograr que avance la acción —que son producto de la desmotivación y de lo rutinario a la hora de entender la tarea del escritor como un oficio repetitivo, monótono y del todo previsible— consiguen que todo el trabajo se quede reducido en una maraña vacía, pero repleta de escenas inconexas y giros de la trama desafortunados.

Philip Kerr y algunos de los títulos fundamentales de su noir totalitario.

David Young había tenido una verdadera inspiración al ubicar sus dos obras en la RDA. La primera junto al mismo muro de Berlín, la segunda (y este es el grandísimo acierto) en la artificial ciudad de Halle-Neustadt, un lugar de nueva construcción que pasaba por ser el modelo ejemplar de urbe comunista. El escenario es extraordinariamente atractivo, casi con sesgos de género distópico, pero pronto, demasiado pronto, se desinfla el asunto.

Por eso sostengo que la oportunidad era magnífica para llevar a cabo una novela realmente importante. Pero se ha dejado escapar, o a Young se le ha escurrido entre cierto conformismo y algo de autocomplacencia, independientemente de algunos factores externos que acierto a intuir.

El baile de gemelos, de niños raptados, de personajes absurdos, junto a una lentitud tan impropia del género como desesperante, amenazan con el tedio del lector. Entonces, como si Young lo supiera y fuera a la desesperada, se pone manos a la obra para anunciarnos la visita de Fidel Castro al modélico enclave urbanístico, lo que significa una descarga de desfibrilador para el lector durante unos pocos capítulos porque, aquello que prometía tantísimo, acaba sucediendo sin pena ni gloria y de forma fugaz, dejándonos con un palmo de narices ante lo que podría haber sido y que, por falta de recursos o de ganas del autor, apenas queda en un esbozo.

Si las tres cuartas partes de Hijos de la Stasi eran más que aceptables, aunque la cosa se desmoronaba en un final escasamente convincente y poco contundente, ahora este problema que con los finales tiene, evidentemente, el autor, viene a significar el colofón negativo a una novela de tono desmayado que termina sumida en un coma del que a la serie (porque esto se plantea como una serie) le será bien complicado despertar.

Aunque la ambientación ha sido prodigiosa y original, y las expectativas generadas muchas, el libro falla, se convierte en un ejercicio rutinario (un autor que ya en su segunda novela anda con rutinas…) y da la sensación de que Young ha llevado a cabo un harakiri con lo que otrora fue su acierto literario.

Young ha desgastado a sus personajes de una forma salvaje, los ha exprimido primero para luego sumergirlos en el sopor, ha limado las tramas hasta hacerlas poco o nada interesantes y ha destruido todo lo bueno que puso en pie con su primer libro. Eso no quita que, dentro de lo comatoso de la situación literaria actual, de la enfermedad que atraviesa la novela de género, sea un texto medianamente digno, porque en el país de los ciegos el tuerto es el rey.

La dignidad, es decir, que este correctamente escrito, y que contenga un par de aciertos, no creo que sean elementos suficientes para que una novela sea buena. Aunque claro, ya ofrece, aun así, mucho más que otras que parecen escritas por aburridos plagiadores que desprecian absolutamente a sus lectores.

En este sentido, David Young, escritor al que considero muy capaz, además de inteligente, debería percatarse del riesgo que corre si, como se argumenta, está preparando una tercera entrega de la serie. Si no se percata de ello, quizás alguien debería advertírselo. Porque los personajes moribundos (como el ayudante de la inspectora, Tilsner) o exhaustos (la propia Karin Müller) no dan, ni de lejos, para una tercera entrega.

En efecto: Young ha querido darle relieve a su protagonista, enfrascándola en una historia personal y familiar de escasísimo interés y viajando una y otra vez a los lugares comunes. Young devora a sus propios personajes, los explota hasta dejarlos agotados, y eso le ha ocurrido con su dupla protagonista. De los secundarios, que ya eran meros esbozos maniqueos en la primera entrega, mejor ni hablamos, porque han virado hasta alcanzar lo caricaturesco.

Por si todo esto no fuera poco, la novela recurre, de fondo, al asunto de las mujeres violadas por los soldados soviéticos durante la caída de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. De nuevo aparece aquí ese utilitarismo, el mismo intento reivindicativo que en la primera novela fue la utilización de jóvenes como espías, pero que aquí pasa sin pena ni gloria y tan solo actúa como reclamo, cuanto menos, de dudoso gusto. Si las reivindicaciones populistas se diluían en la primera novela, de mayor calidad literaria que esta, ahora son un recurso tan fantasmal como irritante.

David Young apuntó alto con su Hijos de la Stasi y reactivó un género para colocarse tras la pista de un maestro como Philip Kerr. Sin embargo, poco le ha durado la inspiración, o tal vez le ha podido el compromiso, porque en Lobos de la Stasi ha firmado una segunda entrega fallida que ha echado por tierra la posibilidad de asistir a una serie de novelas gozosas.

No debería haber una tercera, pero los mecanismos literarios son un enigma. Quizás, entre todos, estén empeñados en destrozar, también, a un autor talentoso que, simplemente, se ha equivocado o tal vez precipitado. Errar y precipitarse es humano y, por tanto, perdonable.

Pero la insinceridad literaria, el desprecio a los lectores, la escritura en modalidad de piloto automático, el creerse que el lector es imbécil y se traga cualquier cosa, todo ello, es mucho más grave y difícilmente aceptable. Esperemos que Young sepa escuchar a quienes todavía le van a dar oportunidades como escritor, tratándolo todavía de autor y no como a una máquina de hacer dinero o como a una fábrica de éxitos desprovistos de todo valor literario: unos éxitos en los que siempre está ausente la propia esencia de la literatura.

La decisión será solo suya, del señor Young, pero el resultado lo sufriremos o lo disfrutaremos todos nosotros, sus lectores, que somos la enorme razón de ser de su oficio.

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