a la intemperie, carrusel, opinión — 1 agosto, 2014 at 10:05

Lo que tiene el negro

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Por Diego E. Barros

Fue Pilar Manjón quien prendió la chispa que ayer incendió (otra vez) Twitter. Y de ahí al estrellato, literal, en los titulares de los medios convencionales. Alguien debería decirnos cómo es posible que una red que apenas utiliza el 5% de los internautas en España se haya convertido en depositaria, día sí y día también, de esa tamaña capacidad para crear «noticias». A Manjón se le calentó la lengua a cuenta de la enésima masacre en Gaza. El resultado fue una frase en la que se refería al presidente de EE.UU., Barack Obama, como «negro» y a su mujer como «P», dejando poco margen a la imaginación de los lectores. Cae de cajón que lo que dijo Manjón es indefendible, de la misma forma que lo es el linchamiento público que vino después. Un linchamiento llegado desde los dos bandos («quien bien te quiere te hará sufrir», reza una de esas falacias tradicionales) y que vino a confirmar lo que ya sabíamos: no importa la materia ya que todo se reduce, como en la barra del bar, a una discusión de mamporreros propia de un Barça-Real Madrid en la que, descartado el sentido común, solo hay que escoger bando.

Repito que la frase es una idiotez de la que debería retractarse como personaje público en el que, muy a su pesar, se ha convertido quien la ha pronunciado. Eso de «odiar al negro de la Casa Blanca» es algo así como muy de Tea Party. Aquí en EE.UU., desde donde escribo, es normal en ciertas familias. La diferencia es que nadie jamás la pronunciará en público. La corrección política que reina en este país ha sustituido lo que es una obviedad, el color de piel, por un gentilicio «afroamericano», que ha desterrado el «negro» (literal, en español) a la memoria de la esclavitud y a los compadreos que se traen los miembros de la comunidad referida. Algo tan estúpido como pasar que un negro se dirija a otro negro en estos términos pero si lo hace un blanco, automáticamente se abrirán las puertas del infierno bajo sus pies. Como todos, somos racistas, pero que no se note. Yo estoy seguro que la señora Manjón no es racista pero sí creo que en su frase había una connotación descalificadora aprovechándose de las muchas implicaciones de un simple color. En cuanto a la «P» no hay nada que decir y cualquier argumento de defensa cae por su propia lógica. El resultado de la polémica, falsa como casi todas las de esta naturaleza, fue un bulo (le han cerrado la cuenta) y una más que probable realidad, la protagonista se ha dado de baja tras el aluvión de insultos. Y estamos hablando de una señora que ha sufrido un escarnio público como pocos en un país en el que la lapidación colectiva tiene viso de deporte nacional.

Más allá de la anécdota, el caso nos vuelve a colocar en lo de siempre. Como decía ayer un usuario de la mencionada red, convendría saber si «el negro de la Casa Blanca y la puta de su mujer es una frase de izquierdas o de derechas», a lo que, rápidamente y de forma atinada, le contestaba otro: «si el negro y la puta son americanos, ucranianos o judíos, es de izquierdas». Basta con hacer una prueba y cambiar los términos de la frase de Manjón: «Odio al moro terrorista palestino. Quiero a mis niños asesinados de Israel. Quiero que la P de su mujer retire el video de las niñas masacradas». El resultado vendría a ser el mismo, una frase idiota. Serían los defensores y los lapidadores quienes procederían al intercambio de papeles.

Dejando a un lado el derecho de Israel a defenderse de Hamás de una manera proporcionada, lo que no parece el caso, yo pensaba que condenar y rechazar la masacre de la población civil de ese agujero que es Gaza se daba por supuesto. Pero no, parece que hay que decirlo muy fuerte y a todas horas como símbolo de un dudoso pedigrí del que presumir. Nos está quedando una competición bien bonita para ver quién dice la burrada más gorda; una competición en la que, por supuesto, ambos contendientes están empatados.

Pasa por ejemplo con la utilización de la palabra «genocidio» que, de tanto usarla, va camino de acabar como «fascista». Vaciada completamente de significado. Y es bastante elocuente, basta con acudir a un diccionario. Pero por mucho que haya indignados gritando lo evidente, que Israel está masacrando a la población civil de Gaza en su legítima lucha contra Hamas, no es el caso. En la Knéset hay al menos siete diputados palestinos y varios partidos contrarios a la ocupación, entre otras razones. Por eso pasan cosas como la de Penélope, cuyo drama ha sido no tener más remedio que pisar el freno si no quiere volver a hacer películas en España. Con los «genocidios» suele pasar como con las dictaduras: van por barrios. No he escuchado a muchos utilizándolos en Siria en referencia a El-Assad, o, el segundo término, hacia China, Guinea o muchos países árabes, estos sí, muy amigos.

No deja de ser curiosa la fascinación que tienen algunos por culpar de todo mal a EE.UU. excusando los demás factores en juego, especialmente a los países árabes cuya responsabilidad en esa herida sangrante en el corazón de Oriente Próximo es quizá la que alcanza una mayor magnitud. Aun a riesgo de despertar su indignación (otra vez) lamento decirles que aquí, como en muchos otros casos, ya no quedan inocentes. Solo, como siempre, víctimas civiles. Pero no dejemos que lo único cierto nos impida seguir disfrutando de nuestros pequeños combates cotidianos.

@diegoebarros

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