a la intemperie, artes | letras, featured, opinión — 18 abril, 2014 at 13:20

La soledad era esto

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Por Diego E. Barros

Lo peor no es la desaparición de un escritor cuya obra te ha marcado tanto. Lo peor es la sensación de que algo de ti se va con él. La de Gabriel García Márquez era desgraciadamente la crónica de una muerte anunciada. Tanto que hasta hace dos semanas, con el mundo en vilo mientras estaba ingresado en un hospital mexicano, el Aureliano Buendía que Gabo lleva dentro salió para comunicar al mundo por boca de su chófer una sola frase: “Están locos, ¿qué hacen allá afuera (los periodistas)? Que se vayan a trabajar, a hacer algo de provecho”. Supongo que ese era García Márquez, tímido hasta la extenuación, retraído  “pero de mentalidad lúcida” como el coronel y sus diecisiete Aurelianos. Cada vez que muere alguien así corren los hagiógrafos y las plañideras hacen competición para ver quién ha comido más veces con el finado. Sobra decirlo, pero el que esto escribe lo más cerca que ha estado del escritor ha sido a través de sus libros y aun así me permito el lujo y el atrevimiento de llamarle Gabo como dicen que le llamaban sus amigos, que desde ayer son seguramente muchos más de los que él mismo contaba.

Se fue Gabo casi como el coronel. Poco a poco y, dicen, olvidándose de buena parte de lo vivido a causa de una demencia senil aumentada por el cáncer contra el que luchaba desde hace años. Porque a Gabo, lamentablemente, no se lo llevó el amor como él hubiera querido para encontrarse a charlar con Florentino Ariza sobre la memoria de sus putas tristes. No. García Márquez fue periodista antes de escritor y porque el periodismo sigue siendo el vilipendiado oficio más bello del mundo, Gabo sabía que había de ser exacto hasta en su última crónica, aunque esta no fuera ya a salir del teclado ante el que desde que tenía diecisiete años se sentaba a llenar folios en blanco cada mañana. A Gabo se lo ha llevado el tiempo, pero sobre todo el cáncer, no una eufemística larga enfermedad tan del gusto de las páginas de los periódicos actuales. Y es una pena, quizá la más grande, la misma que siempre lamentaba mi abuela: “sempre morre quen non debe”.

A estas alturas ya habrán leído toda la obra y milagros del escritor colombiano por lo que poco les puedo añadir. Sí me permito dos apuntes. Oirán hablar del “realismo mágico” y habrá quien atribuya su invención a Gabo. Es falso. Lo real maravilloso siempre ha estado ahí. Fue alejo Carpentier el primero en ponerlo por escrito en El reino de este mundo (1949). Estaba por ejemplo en Los ríos profundos (1958) de José María Arguedas, entre otras. Tampoco es algo que se ciña a un continente. Si quieren la prueba echen un vistazo a las obras de Álvaro Cunqueiro (Merlín e familia, 1955, y siguientes) y entenderán por qué Galicia es también Macondo. El propio Gabo lo reconoció hace años en una visita a mi país: “Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicia sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico ―mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan―, y en los países míticos nunca sale el sol”. Lo que Gabo hizo fue darle una forma nueva a los relatos que siempre habían estado ahí y que escuchó por boca de sus mayores. Porque contar historias es tan viejo como el hombre, solo cambia la forma de hacerlo. He ahí la grandeza del escritor, pero sobre todo del cronista porque sus novelas son sobre todo la crónica del mundo tal y como lo conocemos y en el que la realidad es por fuerza obra de la magia. Toda Latinoamérica coge en los cien años de soledad de la estirpe de los Buendía que como no podía ser de otra manera, como el mismo continente, estaba maldita. Incluso la Biblia forma parte del universo Macondo, donde por haber hay hasta una virgen que asciende a los cielos como quien va a tender las sábanas una mañana de verano.

Gabo tampoco inventó el boom aunque fue precisamente en 1967, fecha de la publicación de Cien años de soledad, cuando todo lo que al otro lado del Atlántico se estaba escribiendo nos explotó en la cara a este. Esa onda expansiva se la debemos a partes iguales a dos catalanes con ojo clínico y sobre todo empresarial: Carlos Barral y Carmen Balcells, la indiscutible Mamá Grande de las letras españolas.

Como no podía ser de otra manera al Gabo periodista-escritor le fascinaba el poder. Tanto que a veces hasta se dejó cegar por él ya que era uno de los pocos intelectuales que se mantuvo fiel a Fidel Castro. Una querencia de juventud que quizá hoy algunos puedan considerar un pecado. Creo que esta fascinación con quien hoy vive el otoño del patriarca tenía más que ver con la amistad que con toda la grandeza y miseria del ser humano que se dan la mano en el comandante de lo que un día fue la Revolución más bella y que hace tiempo dejó de serlo. Quizá de nuevo Gabo se dejó vencer por Aureliano, el mismo coronel liberal que peleó contra el gobierno conservador en 32 guerras civiles para acabar perdiéndolas todas, porque los de nuestro bando estamos condenados a perder incluso cuando ganamos. Ya se lo dijo el propio escritor a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza tras un viaje por las viejas Alemania Oriental y Unión Soviética: “Soñé una cosa terrible. Soñé que el socialismo no funciona”.

Buena parte de lo que sé del mundo se lo debo a sus libros. Por eso me acuerdo de todas y cada una de las personas que en algún momento me pusieron una obra suya entre las manos. Entre mis muchos defectos está el de carecer de una buena memoria, pero nunca olvido que “el día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”. Tampoco que los pelotones de fusilamiento me hacen acordarme de cómo conocí el hielo. Y sigue siendo inevitable: el olor de las almendras amargas me recuerda siempre el destino de los amores contrariados que en mi caso no lo fueron, porque en una clase sobre el Nobel colombiano me enamoré de la Fermina Daza que con la que comparto mi vida.

Nadie nunca me explicó tan bien la obra de Gabo como John Benson en aquella clase de una universidad del medio oeste estadounidense. Benson era un viejo profesor con vida de novela y maneras de sabio que todos los cumpleaños de Gabo desafiaba la prohibición de la Administración de introducir alcohol en el campus, para traer a clase una tarta y champán con el que brindar por la salud de todos los personajes del colombiano. Tenía razones Benson, quizá más que nadie, para amar a Gabo. Muchos años atrás, había huido de EEUU vía Canadá para escapar del infierno que le esperaba en Vietnam. Acabó en Colombia, desde la que volvió con mujer, dos hijos y un español de acento bogotano que ya para sí quisieran muchos de los nacidos en Salamanca. Por eso hoy me acuerdo especialmente de Benson y por el temor a que no tenga quien le escriba, también aprovecho la ocasión.

Yo, que no soy nada mitómano se me ha muerto uno; ya solo me queda Bob. Supongo que la soledad era esto.

 @diegoebarros

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