ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 1 febrero, 2019 at 23:46

Entreacto de Juan Carlos Arce: novela histórica de tiempos de posverdad

por

Hace unos días, me llegó la última novela de Juan Carlos Arce, Entreacto (Suma de letras) publicada en el año 2015. Por motivos que ahora no vienen al caso, no pude tenerla ni leerla cuando fue una novedad, pero eso no ha impedido que ahora haya podido disfrutarla incluso con mayor deleite que en su momento, donde tal vez me habría visto más acuciado por la imposición de lo rabiosamente novedoso. Y mientras la leía me he ido dando cuenta de que Arce, un brillante escritor con una carrera narrativa mucho más que interesante, quizás no sea tan conocido como debería serlo entre los lectores, o al menos no es tan conocido como otros que, con menos mérito, copan las listas de los más vendidos y de los más exitosos. Y también de los más pedantes y de los más falsos. ¿Por qué digo esto? Pues porque la reflexión viene al caso de la temática sobre la que pivota Entreacto: el oscuro callejón que separa el éxito del fracaso, y cómo ese éxito, la mayoría de las veces, es sucio y maloliente. Tan solo una fachada asquerosa de impostura oxidada.

Las novelas de Juan Carlos Arce, salvo un par de excepciones, una de ellas muy notable dado que se trata de Entreacto, su última y para mi la mejor novela que ha escrito, se abrazan con fuerza a unos sucesos históricos determinados entre los cuales se acaban enmarcando. En esas novelas, los hechos históricos han sido rigurosamente investigados y minuciosamente estudiados para ser absorbidos, después, por la brillante trama ficcional de la novela.

Juan Carlos Arce y la novela histórica

El debut literario de Arce es más que notable. En su Melibea no quiere ser mujer (Planeta, 1991), ya se nos plantea un tiempo histórico tremendamente atractivo, finales del siglo XV, con un protagonista llamativo: Fernando de Rojas, el presunto autor de La Celestina. En su segundo libro, El matemático del rey (Planeta, 2000), un profesor de Salamanca será contratado para dar clases a Felipe IV, en un ambiente de espadachines, pugnas científicas, intrigas, herejías, que resulta perfecto para construir una novela fascinante.

Sus siguientes novelas, La mitad de una mujer (Planeta, 2001) y Los colores de la guerra (Planeta, 2002), prosiguen con este apego a la ficcionalidad histórica. Si las dos primeras que he mencionado antes, Melibea y el Matemático, estaban enmarcadas en tiempos históricos determinados como el Renacimiento español y el Barroco, se incidía en la redacción de La Celestina y en el problema herético sobre el movimiento de la tierra, ahora será el ambiente socio político y cultural de la España de finales de los años veinte y el intento de envenenamiento de Valle-Inclán en una, y la Guerra Civil y la evacuación de los cuadros del Museo del Prado, en la otra.

En El aire de un fantasma (Planeta, 2006), nos encontramos en el cambio del siglo XIX al XX, en la turbulencia de esos momentos mezclada con los pintores y escritores de la bohemia parisina y junto al problemático asunto del traslado de los huesos de Goya desde Burdeos a Madrid. Por último, en La noche desnuda (Ediciones B, 2008), de nuevo la Guerra Civil y, dentro del conflicto, la conjura política para eliminar al POUM y a su líder, el revolucionario Andreu Nin.

Felipe IV, Goya, Valle-Inclán y Andreu Nin, personajes históricos que alimentan las ficciones de Juan Carlos Arce:

De esta manera, quedan fuera de la dinámica histórica dos obras: La orilla del mundo (Planeta, 2005) y su última novela, Entreacto. Aunque, tal vez, decir esto sea demasiado contundente. En La orilla del mundo, si bien alejada de avatares históricos, el marco temporal es la actualidad y el asunto determinante la fabricación de juguetes producto de la explotación infantil en la India. Algo parecido, en cuanto a inmediatez temporal, sucede en Entreacto. Podemos decir que estas novelas abordan la realidad histórica de estos tiempos líquidos (en términos de Bauman) o de los terribles momentos de la posverdad.

Entreacto o la ficción metateatral

En efecto, Entreacto puede comprenderse como una ficción metaliteraria, dado que habla del proceso creativo en su interior, más concretamente metateatral, puesto que es el mundo del teatro y su funcionamiento el punto de unión de las diferentes voces protagonistas de esta novela coral.

Por la novela desfila un grupo de antihéroes encarnado en una actriz ganadora de un Óscar, una intérprete de telenovelas, un escritor de éxito y director teatral (con cierto trasunto del propio Arce), una adolescente inmersa en la descerebrada vida norteamericana de drogas y excesos, un asesino preso en una cárcel española, un realizador de televisión, productores, representantes y otros personajes de la fauna de la tramoya, el plató y el mundo de las revistas del corazón; todos ellos conforman un doble papel: son protagonistas individuales de Entreacto, cierto, pero a la vez su voz colectiva los convierte en los miembros de un coro de tragedia que advierte de lo envenenados, de lo tóxicos que son (pero tóxicos-tóxicos, vamos, tóxicos de curare) los mundos que frecuentan.

En efecto, son mundos radicalmente distintos. La novela Entreacto se divide en dos, se parte en una concepción aparentemente binaria (solo aparentemente) que sitúa a unos personajes en lo más alto de lo social —éxito, fama, posición desahogada o de ostentación millonaria—, frente a quienes han caído en la miseria —criminales, perdedores, drogadictos, fracasados—. Pero he dicho aparentemente, ¿verdad?

Aparentemente. Es cierto, porque la tesis demoledora de Arce en Entreacto es que tanto un camino exitoso, como otro directo al fracaso, bebe de las mismas fuentes de miseria y drama, de acciones oscuras e infames, de momentos deshonrosos y traiciones. Que al final, te ubiques en la cúspide o en la base de la pirámide social, has terminado por traicionar todo aquello en lo que creías, te has mentido a ti mismo, y al lado de un éxito desmesurado o un fracaso profundo tan solo te acompañará la más sórdida de las soledades.

Ese es el camino existencial de los personajes de Entreacto. Sacrificios éticos y morales, construcciones de corazas sentimentales, hipocresía y violencia, paraísos artificiales de coca y heroína, para soportar la pantomima de las vidas que creen vivir. Solo creen vivirlas, algunos como zombis; tal es el caso de la adolescente afincada en Estados Unidos e hija de una de las protagonistas, inmersa en un mundo caleidoscópico de drogas y alcohol que parece sacado directamente de las dos primeras novelas de Bret Easton Ellis, las perturbadoras Menos que cero y Las leyes de la atracción (ambas en Anagrama).

En otros casos, las vidas se viven por inercia, como le ocurre a la actriz oscarizada, para descubrir que, después de convertirse en una diva deseada por todos, se encuentra terriblemente sola en el pináculo de un mundo frágil y ficticio y del que no tiene escapatoria. Entreacto muestra la manera en que las personas se enfrentan a sus anhelos, lo que están dispuestos a realizar por conseguirlos, y lo que les sucede si lo consiguen o si, por el contrario, fracasan. Y no es mejor ni una cosa ni otra.

En ese fracaso nos topamos con partes de novela negra que recuerdan a James Ellroy. Son las confesiones de un asesino de poca monta realizadas durante una entrevista para un libro, un quinqui de barrio que ha asesinado a dos macarras por asuntos de drogas. Un viaje a Vallecas, al polígono o al Entrevías en blanco y negro, que contrasta con la realidad arcoíris de diseño de Los Ángeles.

Juan Carlos Arce balancea la novela entre agujas hipodérmicas en donde hierve el caballo y venopunciones, junto a zapatos, gafas de sol y camisas de moda carísima sobre las que se esnifa una larga raya de coca; entre el entarimado crujiente y algo polvoriento de la tramoya teatral y el falso suelo de la fama efímera y televisiva; pasa de la violencia de pistolas y navajas, del sexo en coches robados, al sexo entre universitarios en fiestas glamurosas y al sexo como forma de conseguir una meta que de otra forma resultaría inalcanzable. Y aquí, a veces, me recuerda a Chuck Palahniuk.

Entreacto como novela dual, novela poli y novela de sucedáneos

Por todo ello, Entreacto es una novela dual. Novela de la dualidad, en efecto, porque continuamente este brillantísimo ejercicio literario alterna de una realidad a otra, para ofrecernos una visión descompuesta de lo que percibimos como cuando la luz atraviesa un prisma.

Imaginemos la portada del disco de Pink Floyd, me refiero a The Dark Side Of The Moon. Pues bien, la realidad que penetra por un lado del prisma de Entreacto es la sociedad mentirosa en la que sobreviven los personajes de Arce, y por el otro extremo sale descompuesta en numerosas voces, cada una con sus propios colores y matices. Algunas serán tremendamente brillantes y luminosas bajo los focos de la admiración y la envidia, otras opacas, oscuras, ennegrecidas por las uñas de la desgracia.

Así que nos encontramos ante una novela polifónica y, me atrevería a decir, que politoxicómana y politraumática. Las drogas, ya sean fumadas, bebidas, esnifadas, tragadas o pinchadas, corren por doquier. Los traumas, los complejos, los dolores de las vidas, aparecen tan a flor de piel de los protagonistas que, a pesar de sus corazas, rozan y se ampollan con facilidad.

La realidad son paraísos que son sucedáneos, tan falsos como esas bolitas de caviar de mújol que pretenden pasar por caviar rojo cada Nochebuena en muchos hogares. Como esas gulas que buscan parecerse a las angulas. Y no diré nada ya de esos terribles palitos de cangrejo… Así es la realidad que quiere parecerse a la realidad en la novela de Juan Carlos Arce: realidad de video juego, realidad virtual, realidad teatral que dura hasta que cae el telón sobre el escenario y nosotros asistimos a ella desde nuestra cuarta pared que, curiosamente, de pared no tiene nada, claro.

Juan Carlos Arce, autor de Entreacto.

La realidad es tan compleja como simple. Todos pretenden aparentar lo que no son. Solo así se muestran de verdad. Dejan al aire sus carencias al presumir de aquello que no tienen. El preso por doble asesinato quería mandar en el barrio, y comete los crímenes para demostrar quién manda allí. No será él, desde luego, mientras se pudre en la cárcel, la persona que se quede como rey del polígono. En las fiestas de famosos, estrellas de cine y productores, todos interpretan sus papeles destinados a obtener algo, algo que casi nunca consiguen. La realidad de la vida que viven es una realidad ultra competitiva, despiadadamente consumista, irritantemente vana y fútil.

 

Después, además, queda la terrible y verdadera visión: Juan Carlos Arce ha sido autor teatral de reconocimiento, especialmente, ¡oh curiosidad y casualidad!, en los Estados Unidos, concretamente en Nueva York y sobre todo en Dallas. Eso significa que sabe como nadie, que conoce como ninguno, esos resortes que hacen que parezca que todo el mundo actúe —es decir interprete un papel— sin que se note. Nos muestra las vidas de sus personajes como lo haría un director teatral, son actuaciones que ocultan la piel de la soledad y del fracaso que se intuye entre las sombras y la oscuridad.  Hay algo de que sugiere un callejón que huele a meados y una puerta de atrás que vomita a un cine porno.

Desde allí, como autor de teatro, pero también como novelista, Juan Carlos Arce mueve un poquito el telón de la obra para entrever como funcionan los mecanismos de una vidas terriblemente echadas a perder. Y junto a él y a su mirada, también nosotros, alcanzamos a vislumbrar los retales de unas existencias de cartón, tramoya y cielorraso que, como en algún momento de algún texto de Pirandello, terminará por rasgarse para dejar que entre la luz natural, lo inunde todo y nos haga reflexionar acerca de la impostura de las vidas.

Tal es esta novela de Entreacto, que me parece cumbre narrativa de su autor, a la espera de leer su manuscrito peregrino, ese que peregrina de editorial en editorial sin aferrarse a ninguna, titulado Alguna manera de decir adiós; ese que arranca con un más que prometedor discurso sobre la dieta macrobiótica, y luego el asunto deriva hacia África, las misiones de la ONU y otros asuntos espinosos de nuestra propia época de posverdad, no-lugares, modernidad líquida y zarandajas que simplemente significan desgracia.

Pues de esos elementos de la desgracia se compone Entreacto, no de matemáticos de Corte, ni de anarquistas comunistas, ni tan siquiera de inquisidores o reyezuelos. Que siendo todas aquellas novelas anteriores grandes libros, algunos magníficos de verdad, prefiero a este renacido Juan Carlos Arce que se atreve a convertir en Historia (mayúscula) la monótona y tóxica realidad de nuestros días de vergüenza.

Deja tu comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *