Entre la nada más oscura

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De vacíos, brochazos negros y copas medio vacías

El verdadero problema de que las horas pasen es que lo único que pasan son las horas. Nada más. Los acontecimientos se pierden entre callejones, olvidándose de dónde tenían que llegar. El capítulo que se supone estás leyendo termina con un punto final y no parece que haya forma de encontrar el siguiente. Entonces te quedas atascado, sin poder avanzar y sin ganas de mirar atrás, esperando que algo suceda de una puta vez. Esperando un silbidito, una ráfaga, un grito. Algo, que destripe el hastío en el que te estás consumiendo. Pero nada ocurre. Las señales apagan la luz, las sonrisas duermen y los mordiscos están fuera de servicio. El vacío se folla muy fuerte a la nada. Todo deja de ocurrir y la vida se convierte en un duelo eterno.

Son momentos de guerras sin contrincantes, de castillos sin reino y de cajetillas vacías. Momentos en los que el silencio que tanto busco en ciertas ocasiones decide reírse de mí y gobernar mi realidad, en los que ese hijodelagranputa tipejo que todos tenemos en nuestra cabeza, el que nos susurra al oído mientras mata a brochazos negros todos los colores de nuestras esquinas, aparece sin preguntar y empieza a hacer malabarismos con mis emociones. Rompiendo unas, lanzando al aire otras. Nada sólido queda, nada sobre lo que construir una reacción decente. Soy mi propia derrota.

Y cuando en este barrizal de rutinas y leyes el hijo bastardo del vacío y la nada se convierte en rey, no hay otra que alzar la bandera negra y dejar que todo huela a falsa promesa y a melancolía en tono sepia.

¿Y qué más dará?

Ayer volví a ver a alguien. A un (muy buen) amigo al que siempre quiero cerca. Sobre él escribí una vez, aquí. Una retahíla de sandeces sobre la importancia de jugar, de no patalear, de secarse la sangre y volver a salir a bailar. Él me lo recuerda, ahora que mis sábanas son negras y mis recuerdos látigos, y me obliga a leerme a mí mismo. No tengo otra que pedir perdón. No sé en qué momento me creí alguien con la potestad de ofrecer ningún tipo de consejo. Y menos semejante gilipollez. Quizá tarde, como siempre, pero he conseguido entender esa necesidad de dejar que la sangre salga del cuerpo, no querer cicatrizar y decidir no curarse las heridas. De dejarse doler. Respetar nuestro propio duelo y mandar al mundo al carajo durante el tiempo que sea necesario. Todos necesitamos nuestra propia oscuridad.

Hoy quiero vestirme de negro. Disfrazarme de nostalgia y de horas perdidas. De balada triste de jazz. De despedida. Hoy quiero revindicar mi derecho a no sonreír, a hundirme en mi propio fango y a dejarme caer hasta encontrar mi final. Que nadie debería poder quitarme el privilegio de no sonreír, de no ir a la fiesta a la que, se supone, hay que ir porque va todo el jodido mundo. La potestad legítima de no estar dónde todos. Que uno se conoce a sí mismo cuando puede escucharse y solo nos oímos cuando el mundo deja de gritar. Nos dejamos consumir por ese vacío que tanto pánico nos da para poder hablar con nosotros mismos. A veces, toca no reír para disfrutar más futuras sonrisas. Revindicar nuestras lágrimas, nuestro vis a vis periódico con miedos y fantasmas, encuentros en salas donde se reniegan los abrazos y las copas siempre están medio vacías. Lugares comunes en los que poder revolcarnos en nuestra propia mierda sin peligro de morir ahogados, y destrozar todas las habitaciones del tórrido motel de carretera que es nuestra consciencia.

Puede que necesitemos dejarnos caer, que sea más necesario de lo que creemos. Hacerlo tan, tan dentro de nosotros mismos como para encontrar un suelo sucio y polvoriento en el final. Y, desde allí, coger impulso y volver a saltar. Volver a la partida. Porque, mientras que jugar debería ser nuestro primer mandamiento, no hacerlo debería ser una elección. Nunca obligación, dogma o premisa. Si uno se queda en la barrera que sea porque le da la real gana, no porque tenga miedo de salir a la pista. Así. No.

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