libros, literatura, Odradek, opinión — 6 octubre, 2017 at 12:28

Emmanuel Carrère: Limónov o la poliédrica personalidad de Rusia

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No acostumbro a reseñar ningún libro que no me hayan enviado las editoriales, pero con Limónov (Anagrama) voy a hacer una excepción hoy en esta columna de los viernes de El Odradek. Y lo excepcional de esta obra viene dado por dos aspectos: en primer lugar, porque una mañana algo torcida apareció en mi casa en forma de paquete, mandado de forma desinteresada por una de esas personas que hacen que Instagram merezca la pena. Al menos, el Instagram que yo conozco y que es el Instagram literario. El segundo aspecto, nos remite meramente a su contenido excepcional. Limónov es, en su género, una obra maestra. ¿Pero cuál es su género?

Hacía mucho tiempo que llevaba oyendo hablar de Limónov. Algunos amigos de fino paladar lector ya me lo habían recomendado con ganas. La obra apareció en España en 2013 y, desde entonces, sentía que era un asunto pendiente. Ahora, gracias al mecenazgo cibernético, he podido saldar esa deuda.

Emmanuel Carrère elabora una biografía novelada, un producto literario acorde con esta post-posmodernidad en la que nos encontramos, donde los recipientes que albergan la literatura han difuminado sus límites hasta convertirse en vehículos de diversidad narrativa. Quiero decir con eso que, Limónov, es consecuencia de estos tiempos nuestros, y como tal se presenta… Un libro que es difícil de definir, una biografía que a ratos parece novela, que en otros es un tratado sobre ciertos aspectos y conflictos de la Europa más cercana y, para culminar, se convierte en una magnifica autoficción.

Pero…, un momento, ¿estoy hablando del libro o del propio personaje? ¿Acaso Eduard Limónov no es un hombre complejo, poliédrico, enrevesado, indefinido, imposible de definir, al estilo del país de donde procede? Cuando uno lee este tremebundo compendio de las miserias continentales del cambio de siglo, se da cuenta de que Rusia es una amalgama de personalidades, como Limónov y, ¡oh, sorpresa!, como el propio libro.

Eduard Limónov representa todo aquello que ha sido, que es, y que necesita ser Rusia: bohemio, desdichado, cruel, tirano, sumiso, violento, genial, voluble, arisco, pavoroso. Con la lectura de la construcción geométrica que de este personaje lleva a cabo Carrère, —una especie de cubo de Rubik imposible de cuadrar por muchas maniobras que se intenten—, al mismo tiempo, se está conformando la arquitectura, vertebra a vértebra, de aquella infamia que fue la Unión Soviética, de esa especie de Chicago Años 30 que resultó ser la Federación Rusa, y del laberinto brutal que ahora es la tierra de Vladímir Putin.

No cabe duda, al leer este lúcido retrato, que sólo podría haber sido un ruso, por entonces soviético, Alekséi Pazhitnóv, el creador de un juego como el Tetris, en donde hay que encajar desesperadamente las piezas de un puzle hasta el infinito… Y un puzle es también este Limónov, en lo personal, en lo literario, e incluso en lo geopolítico, ya que de su mano recorremos algunos instantes determinantes de nuestra (in)consciencia europea, como la guerra de los Balcanes, la liquidación de los comunismos o el repunte de los nacionalismos de corte ultraderechista.

Literariamente hablando, Limónov es una construcción encadenada en un momento de estado de gracia de su autor. La inclusión del propio Carrère en el texto lo dota de las gotas justas de autoficción para convertir a la biografía en un ejercicio de nervio moderno y claridad explicativas. Destacables, muy destacables, son algunas de las páginas dedicadas a la URSS, la Rumania comunista o a la ex Yugoslavia.

El libro ya merecería la pena por lo que se encuentra entre sus páginas 197 y 202, donde Carrère realiza una de las disecciones más contundentes y concluyentes de la historia estalinista de la URSS. Nadie podrá afirmar que desconoce los hechos, o que no comprende lo que sucedió allí, después de leer esos párrafos demoledores. La URSS, Rusia y Eduard Limónov son poliedros de infinitas caras, cuyas aristas no solo pinchan: destrozan.

Limónov posando con su mujer Elena, siempre provocativo.
Limónov con Natasha Medviédieva.

En el capítulo de otras personalidades históricas que pasan por el tamiz biográfico de Carrére hay que destacar los retratos que hace de Gorbachov, Yeltsin y, por supuesto, Vladímir Putin. Sus componendas, sus triquiñuelas bastas y baratas en el poder, para afianzarse o conseguirlo, y sus crímenes de Estado: la guerra de Chechenia para disimular la enorme corrupción en el Ejército, los atentados en edificios de diferentes ciudades rusas que acabaron con la vida de 300 personas y que se achacaron al terrorismo islámico, la masacre con gas en la desgraciada gestión de la crisis de los rehenes del Teatro Dubrovka de Moscú, los tejemanejes económicos que entregaron las grandes compañías de gas y petróleo a multimillonarios…

En ese aspecto, en el del crimen, Carrére no se anda con tibiezas, y culpa directamente al Estado del asesinato del general Lebéd —en un sospechoso accidente de helicóptero—, y de las muertes de los periodistas Artyom Borovik —en accidente de aviación—, Paul Klébnikov —ejecutado de cuatro disparos en plena calle, primo de Carrére— y Anna Politkóvskaya —en el ascensor de su casa—, así como de la liquidación del ex agente del KGB Alexander Litvinienko —envenenado con polonio-210—.

Pero, por encima de todo este horror, uno de los regalos que Carrère nos hace en este libro es el proporcionarnos noticia de otras obras que son realmente impactantes. Personalmente, yo desconocía a Limónov como escritor. Tenía una remota idea de que era un personajillo, politicastro de un partido extremista, y también ignoraba que una de sus novelas se publicó en España en 2014. Se trata de Soy yo, Édichka (Marbot ediciones), primer texto que escribió, de marcado carácter autobiográfico, del cual se nutre esta autoficción biográfica novelesca de Carrère, y que generalmente se considera como una obra maestra. Y mi sorpresa ha ido en aumento al descubrir que la sorprendente Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, editó en 1991, Historia de un servidor y, en 1993, Historia de un granuja.

Además, el francés nos menciona en su libro una obrita determinante para conocer el carácter de la sociedad de la era de Brezhnev, un texto macerado en alcohol titulado Moscú-Petushkí de Venedik Eroféiev, que también está editado por Marbot y además por Alfaguara. Y la obra de Zajar Prilepin, militar en Chechenia e ideólogo del Partido Nacional Bochevique fundado por Limónov, y publicada por la editorial Sajalín: Patologías.

 

Y me gustaría que algún día se publicara algo de la curiosísima Natasha Medviédieva, ex esposa de Limónov y que, aparte de ser la portada de aquel primer disco de The Cars en 1978, fue cantante de rock del grupo Tribunal, poeta y narradora, cuya obra permanece inédita en español.

No puedo evitar recomendar una lectura transversal que cuadra perfectamente con esta lectura de Limónov, por algo soy comparatista, y durante mi inmersión en las páginas de Carrére no me he quitado de la cabeza la obra El Imperio (Anagrama) del polaco Ryszard Kapuscinski, como un complemento ideal a esta visión de la descomposición del Imperio Soviético, su peregrinación como Federación Rusa y el inmenso caos que representa en su actual piel de Madre Rusia.

Tres etapas políticas que son las tres edades que conforman la personalidad poliédrica de Eduard Limónov, un reflejo de lo que Svetlana Aleksiévich denomina como Homo Sovieticus.

Homo Limónov, me atrevería a decir.

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