a la intemperie, carrusel, opinión — 31 enero, 2015 at 10:45

El espectáculo

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Por Diego E. Barros

A veces cuando pongo la televisión del país en el que no vivo desde hace años me pregunto si quienes han estado gobernándolo los últimos 37 años son las huestes del tal Pablo Iglesias. Tal es la situación en España, en la que pegas una patada y salen cuatro expertos en cualquier tema, donde el deporte nacional que antes se practicaba en la barra del bar ha acabado por colarse en sus pantallas. Cuando Pablo Iglesias, telepredicador convertido en última esperanza blanca o en bárbaro que acecha las fronteras del imperio, según a quién se pregunte, dijo aquello de que «el cielo se toma por asalto», no llegó a imaginar que tras las murallas siempre hay gente dispuesta a defenderlas.

Y en esa batalla andamos todos, enredados a la espera de unas elecciones que definan por fin el estado de la situación y con algo tan etéreo como unas encuestas como única hoja de ruta. Si de algo estamos seguros es de que el fenómeno de Podemos es carne de tesis doctoral; y se viene un río de ellas en los próximos años sin importar cuál sea el destino final del mismo. Hay quien todavía hoy se declara sorprendido por el triunfo del chiringuito montado por los más listos de la clase de la Complutense. Son precisamente los que, instalados desde hace años tras el confort que proporcionaban las murallas que ahora amenazan con ceder, olvidaron que al otro lado había gente. Y que estaba cabreada. Los mismos que cuando las tiendas de campaña ocuparon la Puerta del Sol repetían si quieres hacer política monta un partido.

El aparente éxito de Podemos está tan claro como inventado. No hay mejor ambiente para el florecimiento de los salvapatrias que la tormenta perfecta en la que llevamos instalados desde 2008 sazonada con un discurso claro y directo. Se trata de proporcionar narrativa. Quién querría conocer las preguntas si las respuestas eran tan sencillas. Una historia tan vieja como el mundo: ellos contra nosotros. Y llegaron Pablo y los suyos para decir a propios y extraños (no somos ni de izquierdas ni de derechas) justo lo que quieren oír. Como si la realidad no fuera suficiente prueba de que programas y propuestas no son más que la excusa para hacer lo de siempre: meter la papeleta según me sale de la entrepierna.

La política norteamericana, que es la Champions de estos menesteres, lleva explotando esta mecánica desde que los colonos bostonianos le dijeron a la metrópolis londinense que hasta ahí podíamos llegar. El mismo storytelling contado por todos desde hace más de dos siglos: we, the people. Luego, in God we trust, tatuado hasta en el billete.

El error de los de Pablo Iglesias fue creer que se podía estar en misa y repicando. Uno no puede pretender salir a jugar con los mayores y esperar que estos te respeten en el cuerpo a cuerpo. Especialmente cuando se lleva años repitiendo desde el universo catódico que deberían de dejar el campo cuanto antes, y por abusones. De esos polvos estos lodos. Queríamos acabar con el bipartidismo y vamos camino de sustituirlo por el con Podemos o contra Podemos. Tanto, que el partido al que los jueces acusan de financiarse ilegalmente casi desde que el mundo es mundo anda arrojando Monederos y Errejones a la espera de que todos los árboles, por imperfectos, no nos dejen ver el bosque. Queda un año por delante, lo que nos vamos a reír. Y lo peor es que será de todos. Porque en esto consiste el espectáculo en el que han convertido la política.

@diegoebarros

Achtung | Revista independiente cultural e irreverente

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