ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, opinión — 20 octubre, 2017 at 20:49

El capitalismo literario o el mercadeo como una de las bellas artes

por

La semana que termina todavía lo hace bajo las polémicas sacudidas que entre los lectores ocasiona el anuncio del Premio Nobel de Literatura y el de otro premio, algo menos prestigioso, el Planeta. El controvertido oropel de semejantes entorchados me ha llevado a escribiros esta columna acerca de los resortes de la industria de la cultura, de cómo tritura a las personas con talento y de un concepto realmente notable: el llamado capitalismo literario.

Empezaré por el capitalismo literario, etiqueta demoledora y apocalíptica para definir la situación de la industria del libro actual, y acuñado por una de esas usuarias del Instagram de las letras al que me he referido ya en otras ocasiones: Marina, instagramer que se hace llamar @sra­­_bibliotecaria.

Le escribo un mensaje directo para que me defina que entiende por capitalismo literario. Esta es su respuesta:

“Capitalismo literario es un término que engloba a todas esas obras destinadas a comercializar con la literatura en mayúsculas, prostituyéndola para agrandar carteras de magnates del mundo editorial. Son libros en los que su denominador común es que el “escritor” es un personaje en sí mismo, una figura del mundo del espectáculo (música, cine, televisión o radio), o está considerado un influencer en el nuevo mundo de las redes sociales en donde se mueve como pez en el agua y tiene hordas de seguidores. Capitalismo literario es editar libros con el único objetivo de vender y ganar dinero. Y se asegura la venta eligiendo a gente que mueve masas por su influencia social”.

Este concepto, que indudablemente ha elevado gran parte de la literatura que se publica hoy en día a lo que yo denomino como literahartura, aparece ampliamente desarrollado, sin darle ese nombre, en el ensayo de Germán Gullón titulado Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya). Un ejercicio demoledor y tristísimo de cómo las editoriales pueden destrozar a los buenos autores primando la dictadura de un insensible y descerebrado mercado editorial.

Desde luego, aunque no es lo habitual, Germán Gullón no es el único que ha escrito libros denunciando el miserable sistema cultural de los libros y la literatura de mercado. Un peso pesado de la polémica, Manuel García Viñó, publicó hace años el libro La gran estafa: Alfaguara, Planeta y la novela basura (ediciones VOSA), otra tremenda carga de profundidad contra un sistema que privilegia la capacidad de obtener ventas por encima del talento, y cuando no, recurre a resortes, cuanto menos, poco éticos.

El libro de Viñó se presenta con una sencillez demoledora: es un compendio de lo que él ha bautizado como crítica acompasada, y que definía así:

“Lo llamamos crítica acompasada porque se va haciendo al compás de la lectura y va cuajando en anotaciones (…) De esta suerte, van siendo puestas al descubierto las faltas gramaticales, los errores de léxico, los atentados contra la lógica, la estética y el estilo y, hablando sin disimulo y casi podría decir que sobre todo, las vaciedades y las auténticas tonterías, que, como se verá, abundan en los libros aquí analizados. Al comentarlas, como al comentar los atentados contra el más elemental raciocinio, en este tipo de crítica se suele emplear la ironía y el humor, que como pocas herramientas hacen ver la baja calidad de determinadas novelas que están circulando como obras excepcionales. Y, por razones derivadas del dominio que ejerce hoy sobre la literatura, especialmente la novela, la industria cultural, no suelen faltar apuntes de lo que podríamos llamar sociología de la vida literaria, que ayuden a comprender el “éxito de público de crítica” obtenido por un “producto” que nosotros demostramos que es deleznable”.

Pero García Viñó no detiene su método aquí o lo deja en el mero aspecto teórico. Arremete con ejemplos contra algunas de las figuras intocables de la pseudo cultura:

“Un segundo instrumento consiste en llamar la atención sobre el empleo abusivo de estos autores de frases hechas –y de conceptos acreditados y valores entendidos-, las cuales consideramos que contribuyen a un empobrecimiento literario del lenguaje y aparece como una manifestación de impotencia y de falta de recursos expresivos (…) Si de una “novela” de Gala, Maruja Torres o Almudena Grandes se suprimiesen las frases hechas, podrían quedar reducidas en casi un tercio. La voluntad de estilo en estos y los otros autores es prácticamente nula…”.

Visto en lo que consiste la crítica acompasada, el libro de Viñó embiste sin miramientos contra algunas de las novelas más encumbradas de los autores más notables del capitalismo literario:

“Después de algunos años alejado de los estudios literarios, cuando leí algunas obras de Javier Marías, tan ponderadas por críticos, académicos y profesores, comprendí que me encontraba en el camino adecuado para alcanzar el tipo de situación en que más disfruto de la vida: la de enfrentarme, desde la total independencia y provisto de ideas personales, al adocenamiento de lo oficioso y al conformismo de lo establecido. Aquellas no sólo eran las peores novelas –en rigor, ni siquiera eran novelas- de todos los tiempos, sino también unos libros ridículos, irrisorios. En ellos dominaba la incompetencia, la pobreza de ideas y una falta total de valores estéticos. Luego, al proseguir mis lecturas y comprobar que al mismo bajo nivel se situaban las obras de quienes eran ofrecidos al público como los renovadores de la novela española de fines del siglo XX y comienzos del XXI –Almudena Grandes, Muñoz Molina, Maruja Torres, Rosa Montero, J.J. Millás, etc.-, comprendí que me encontraba ante un colosal engaño; un engaño en el que participaban todas las instancias por las que discurre la “vida” del libro, desde las agencias a las bibliotecas, pasando por las editoriales, las librerías, la crítica, los medios de comunicación, los jurados de premios, la publicidad…»

Me parece impagable el trabajo de Viñó, que obviamente fue criticado y apaleado. No podía resultar de otra forma. Lo he traído aquí porque el asunto del capitalismo literario mencionado por la @sra_bibliotecaria me ha llevado a recordar la época en que leía este tipo de libros-denuncia con la esperanza de lamernos las heridas y las cicatrices unos a otros… Viñó fue uno de los pocos que se han propuesto denunciar una situación que parece no tener ya remedio.

Si tenemos que hablar de una ética algo comprometida en asuntos literarios, no puedo escaparme de comentar toda la parafernalia y rumorología del premio Planeta, necesariamente debo referirme a él. Y no porque esté concedido de antemano (algo a lo que no escapa casi ningún premio literario en este país, por no decir que ninguno), sino por sus legendarios tejemanejes que alimentan los mentideros de una indignación algo, digámoslo así, inocentona.

Que un premio literario se haya concedido de antemano es algo tan inherente al capitalismo literario que ya no escandaliza a nadie. Entonces, ¿que nos irrita del Planeta? Indudablemente, lo que tiene de corralito, de compadreo, de reunioncilla privada entre aquellos que se atiborran con el pastel de la literatura concebida como un negocio algo desaprensivo.

Porque se rumorea que el premio, muchas veces, se otorga a una determinada cuadra literaria, es decir, a un autor que pertenece a un agente literario en concreto. La editorial ha adquirido compromisos contractuales con la agencia, y hay que otorgar el premio a uno de sus representados.

En otras ocasiones, se comenta por ahí, se ha llegado a otorgar el Planeta a novelas que no existían todavía o que eran un mero borrador… Desde ahí, llegar al escándalo del plagio de Cela es algo muy sencillo. Se afirma que no presentó novela alguna, pero se le otorgo el galardón. El gallego, empachado de Nobel, no tuvo tiempo de escribir nada a pesar de que se había comprometido y la editorial lo tomó de una de las concursantes que se había presentado al premio; unos cuantos negros literarios dieron forma celiana a la novela sustraída y listo. El resto de la historia de esta canallada literaria está en las bibliotecas, o en Internet, algo más propio de estos tiempos.

Luego, hay un grupito de autores recalcitrantes en la ofensa, que andan por ahí asegurando que a ellos se les ha ofrecido el Planeta, pero que después nada de nada. Yo he conocido a uno que tiene muy a gala esta cualidad de no premiado prometido. En cualquier caso, todas estas historias no deben desenfocarnos de la auténtica realidad de la malignidad del Planeta. Un amigo mío lo decía con mucha exactitud:

Hay que escribir muy mal para que te concedan el Planeta”.

Ignoro si esto es obligatorio, pero lo que sí es cierto es que Juan Marsé, abochornado ante el nivel “subterráneo” de las obras, como él mismo afirmó, se vio obligado a dimitir de su puesto como jurado en el año que ganó María de la Pau Janer. Y defendía así su actuación ante la prensa:

“Sé que esto tiene difícil arreglo, que así está el mercado, que el cotarro cultural y mediático es el que tenemos y que responde a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura según yo la entiendo, pero en cualquier caso yo me niego a dar gato por liebre, ya sea como miembro del jurado en un concurso literario o como simple ciudadano al que le piden una opinión sobre un libro”.

Aquí radica el problema, y el motivo por el cual el premio Planeta nos pone de tan mal café a nosotros, los que amamos la literatura y los libros. Las encuestas aseguraban no hace mucho que el españolito de a pie, el medio, el normal, el que desayuna a su lado ese café con leche mientras sumerge el pincho de tortilla en el interior de la taza, únicamente compra dos libros al año: uno intenta leerlo. El otro lo regala por Reyes. La compra de tan magníficos ejemplares la lleva a cabo durante su visita anual a la Feria del Libro local, donde además de pasmarse ante la fantochada de la representación cultural y pagar un refresco a precio de oro, adquiere el premio Planeta y su cacareado finalista. Cuál lea después, y cuál regale, bien poco nos importa.

Porque lo verdaderamente interesante es que acaba de hacerse con dos armas que no son como la poesía cargada de futuro, en afirmación de Gabriel Celaya, sino un revolver amartillado sobre la sien de la incultura. Si el españolito medio, ese que hace buches a su lado, enjuagues de café con leche para quitarse los restos de la tortilla de entre los dientes, únicamente lee un libro al año y regala otro, es posible, mucho, que nunca más vuelva a hacerlo cuando haya alcanzado la página 20 de la novela y su dedo ejecutor decida cerrar aquél disparate para no volver a abrirlo nunca jamás. Y no quiero pensar en la otra persona, la que recibe el regalito envenenado…

Además, este capitalismo literario prioriza las publicaciones de un sinfín de personajes mediáticos: presentadores de televisión, famosillos del colorín, blogueros con miles de seguidores…, de todo aquél capacitado para vender libros como churros. Es decir, el capitalismo literario equipara el lanzamiento y promoción de una novela con el de un perfume o el de unos zapatos. Son productos, y como tales, los críticos del futuro tendrán que establecer que nombre recibe la emanación cultural que hoy en día se oferta entre dos tapas de cartoné.

Y que estos famosillos presenten sus libros redunda en la imagen de que escribir es fácil. Alguien dijo que en España la mitad del país ha escrito un libro, y la otra mitad lo está escribiendo. La gente ve a estos personajes atareados hasta las tantas en los platós de televisión o atendiendo sus extraños negocios y que, de la noche a la mañana, se destapan con un libro. Eso devalúa el esfuerzo descomunal que supone escribir una novela (yo he tardado ocho años en terminar una, se de lo que hablo).

Recuerdo que iba a decir algo del Nobel… Bueno, visto lo visto, debemos felicitarnos de que se haya premiado, este año, a un escritor que escribe, porque podría ser infinitamente peor. Creo a que Ishiguro le llega muy prematuramente este honor, su obra no está lo suficientemente cuajada, y otros candidatos atesoraban méritos incontestables; pero es escritor, felicitémonos por ello.

Al final, también esto de los Nobel se pliega hacia el capitalismo literario… Durante una época no era capaz de entrar en una librería: me ponía enfermo, me chirriaban los dientes antes las mesas de novedades y me volvía hiperclorhídrico. Ahora me lo tomo con calma. He comprendido el lugar de cada uno en el mundo, es decir, en el sitio que ha pagado la editorial en la librería, y que si queremos ser escritores, pero de los de verdad, necesitamos el arrullo del pequeño librero y el aborrecimiento del mundo del capitalismo literario.

Deja tu comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *