ACHTUNG!, libros, literatura, Odradek, opinión — 28 junio, 2019 at 15:14

El hombre que trascendió a su tiempo: desintoxicarse de la idea de Kafka

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Hoy, en este Odradek de los viernes, nos toca reflexionar, de nuevo, sobre Kafka, algo que nos encanta. La culpa de ello la tiene un libro que no hace mucho nos llegó a la redacción de Achtung! y que es una gran obra de arte. Se trata de Franz Kafka: El hombre que trascendió a su tiempo, de Radek Malý y de la ilustradora Renáta Fučiková, publicado por la editorial Libros del zorro rojo.

El libro nos presenta una fusión entre textos e imágenes. Mientras, por una parte, se va desgranando la biografía de Kafka, atendiendo a los aspectos más notables y llamativos, pero siempre incidiendo en que el escritor era un hombre normal y corriente, pero de un talento excepcional, por el otro lado se ilustran las escenas más representativas de su vida, y también de algunos pasajes de su obra.

Los textos son claros y directos, y nos aproximan la existencia de Kafka de una manera fácil. La maravillosa tarea de ilustración de Fučiková, completamente realizada a tinta negra, cuadra a la perfección para iluminar oscuramente la vida humana y literaria de Kafka. Porque de eso se trata, de iluminar con oscuridad una existencia que en las primeras páginas del libro, el checo Radek Malý —poeta, traductor y especialista en literatura infantil—, responsable de los textos, resume de la manera siguiente:

Kafka tuvo conflictos con el mundo, y el mundo todavía los tiene con Kafka”.

La estructura del libro va repasando todos los aspectos de esa vida en conflicto con el mundo, desde los propios de su personalidad y psicología hasta otros que han llevado a Kafka a convertirse en mucho más que un escritor: una pieza de merchandising, un suvenir turístico, el icono omnipresente de la ciudad de Praga. Por eso, no en vano, el primer capítulo del libro, que ejerce a modo de introducción al personaje, se titula: El fenómeno Kafka: famoso contra su voluntad.

Radek Malý y Renáta Fučiková:

Este problema de la fama indeseada de Kafka ha dado para muchas interpretaciones, pero no debemos engañarnos, Franz Kafka era una persona que deseaba, al fin y al cabo, que lo dejasen escribir tranquilo. Nada más. Que luego encargara a su albacea y mejor amigo que destruyera sus manuscritos cuando muriese, y el amigo no le hiciera ni caso, es un asunto meramente anecdótico.

Una de las extraordinarias ilustraciones del libro.

Anecdótico, sí, porque es obvio que así nos ha podido llegar el legado de su literatura, gracias a ese amigo algo traidor, gracias a Max Brod, pero esa salvación del donoso escrutinio, de la hoguera, que pedía Kafka, por sí sola, no habría conseguido nada, o apenas gran cosa.

El amigo Max Brod, seguramente pensando ya en como metamorfosear a Kafka

Me explico: Brod salvó los textos de Kafka: entre ellos tres novelas inacabadas: El proceso, El castillo y El desaparecido (también conocido como América). Al estar inacabadas, la versión que nos ha llegado de ellas corresponde al orden que estableció el propio Brod, por tanto, no sabemos realmente cómo sería la obra original si Kafka hubiera podido darles término.

Pero un hecho es irrefutable, había publicado en vida el libro de relatos Contemplación, en 1913, con una resonancia nula, el relato La condena en 1916 (con la misma recepción, nula), El fogonero (fragmento del esbozo de la novela El desaparecido) en 1913, La transformación en 1915, En la colonia penitenciaria y otro libro de relatos, Un médico rural, ambos de 1919, aparte de algunos textos sueltos para revistas. Pese a etas publicaciones, Kafka era un desconocido para el público, tan solo apreciado por los intelectuales y amigos más allegados del círculo en el que se movía.

El binomio Brod-Kafka es indestructible. Frente a la tumba de Kafka se encuentra esta placa que conmemora a Brod, que sin embargo está enterrado en Tel-Aviv.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que el público, aunque hubiera editado al completo El proceso, El castillo o El desaparecido, es muy posible que jamás reparara en él, que esas novelas, tenidas ahora como algunas de las más influyentes e importantes de la literatura universal, transitarían sin pena ni gloria. Y al público le podemos perdonar su cortedad de entendederas o su inherente estupidez en todo lo relacionado con el arte, y más en particular con la literatura, ¿pero a la crítica? Porque la ceguera de la crítica con Kafka alcanza niveles de incompetencia estratosférica (recordemos, había publicado en vida La transformación, debo insistir en eso).

Algunas publicaciones originales de las obras de Kafka:

Entonces… ¿cómo es que Kafka ha llegado a ser lo que representa ahora? Pues a pesar de ser ninguneado en vida por crítica y público, manoseado (para bien o mal) por sus valedores tras su muerte, los motivos del triunfo se deben a algo extra literario, porque ni la publicación apresurada y manipulada de El proceso en 1925, con un Kafka que había fallecido el 3 de junio de 1924, ni la de El castillo en 1926 (vendió mucho menos de las 1500 copias que conformaban la primera edición), ni El desaparecido en 1927, significaron gran cosa en la difusión de la obra ni de la personalidad del autor.

En el libro aparece una de las mejores, tal vez la mejor, recreación de El Odradek, objeto vivo que se menciona en el relato de Kafka titulado La preocupación del padre de familia.

Además, los libros de Kafka fueron quemados (ahora sí, brutal ironía) en las piras nazis, y después prohibidos por los gobiernos comunistas que asolaron la Europa que se congelaba tras el Telón de acero. Para unos, era un artista judío degenerado, para los otros no se ajustaba al miserable paradigma de encefalograma plano que imponía el realismo socialista con su héroe positivo.

Un Kafka en color para su encarnación como objeto de la Praga turística.

Pero hete aquí que Max Brod dio con la tecla para convertir a Kafka en una marca registrada, un icono de Praga y, por el camino, menos mal, un genio de la literatura alemana y un padre de la literatura moderna. ¿Cómo lo hizo? Lo santificó. Brod convirtió la figura de Kafka en la de un mártir de la literatura y, después, lo ascendió a los altares de forma beatífica. El vehículo para ello fue la biografía que escribió sobre su amigo, desde un punto de vista admirativo, en donde nos presenta a un Kafka que casi parece un santo, sufriendo permanentemente por llevar a cabo su literatura, viviendo por y para esa pasión. Acababa, como he leído alguna vez por ahí, de metamorfosearlo.

La biografía de Kafka perpetrada por Max Brod. El inicio de la beatificación.

El proceso no ocurrió de la noche a la mañana, claro. En el libro Franz Kafka: El hombre que trascendió a su tiempo hay un capítulo dedicado a todo esto de lo que os vengo hablando: Kafka en el país de Kafka. Hasta 1957 no se publicó la primera traducción al checo de una de sus obras, concretamente El proceso.

Aquí os dejo un documentazo, el propio Max Brod explicando en televisión los motivos que lo llevaron a la no destrucción de la obra de Kafka:

Los siguientes años vieron el aumento del interés en su obra, que culminó con el primer Congreso sobre Kafka, celebrado en el Castillo Liblice, a 30 kilómetros al norte de Praga, en donde los sesudos intelectuales comunistoides trataron de interpretar su obra a la luz del marxismo y del realismo socialista, pero también hubo quienes lo veían como una forma de apagar los rescoldos que todavía quedaban del modelo estalinista en Checoslovaquia. Curiosamente, Kafka, el asocial, el insociable, el outsider, ahora se convertía en un arma arrojadiza contra la opresión intelectual del pensamiento único totalitario.

El Castillo Liblice, un lugar muy comunista para celebrar el primer Congreso sobre Kafka.

El Congreso, celebrado del 27 al 28 de mayo, tuvo grandes opositores. En el excelente artículo Kafka como detonador político del eslovaco Eduard Goldstücker, profesor de literatura y diplomático (se puede consultar, en traducción de Faustino Eguberrien, el PDF o el artículo en el blog Viento Sur), nos dice al respecto:

Alfred Kurella atacó con severidad nuestra conferencia, sosteniendo que Kafka era un escritor decadente cuya obra no tenía absolutamente ningún interés para una sociedad que construía el socialismo. En nuestra conferencia, los representantes de la República Democrática Alemana habían desarrollado una orientación que, de una parte, reconocía la calidad de Kafka como artista y escritor pero que, de otra, —según lo que decían— reflejaba en sus obras las condiciones sociales del capitalismo y, por encima de todo, la alienación que golpeaba al ser humano en la sociedad capitalista, una realidad que no tenía nada que decir y que ver con los seres humanos de la nueva sociedad, los que estaban construyendo el socialismo. En suma, la representación de Alemania del Este consideraba a Kafka como un simple fenómeno histórico”.

Alfred Kurella fue un importante funcionario del partido de la RDA, que representaba de forma rigurosa la línea estalinista en materia cultural. Este funcionario de la cultura —no creo que haya un término peor para definir a alguien relacionado con la cultura (¿cuántos de estos miserables sufrimos en España?)—, exiliado en la URSS desde 1933 y de vuelta a la RDA en 1954, escribió un artículo, tras la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, que tuvo la desfachatez de titular: Franz Kafka, el padre espiritual de la contrarrevolución checoslovaca. Ahí queda ese ejemplo de volubilidad, cambio de chaqueta y miseria espiritual a la hora de mantener las propias convicciones.

                    Eduard Goldstücker.

Volviendo al Congreso, los defensores de Kafka se agarraron a un tema muy del gusto marxista: la alienación, indudablemente uno de los estilemas de la obra kafkiana, tal y como nos cuenta Eduard Goldstücker:

La mayor parte de las intervenciones en la conferencia expresaron un punto de vista exactamente opuesto (se refiere a las ideas de os conservadores acérrimos como Kurella). Argumentaban que el solo hecho de una conquista del poder por el Partido Comunista en un país no representaba ninguna garantía de una solución automática a los problemas de la alienación. Sosteníamos, de forma mayoritaria, que durante el período de transición del capitalismo al socialismo, la alienación continuaba siendo un fenómeno social muy presente. Personalmente, afirmé que, sobre la base de mi experiencia personal, podía muy bien existir una situación en la que el ciudadano se sintiera como profundamente más alienado en una sociedad socialista que en una sociedad capitalista. Esta observación fue naturalmente considerada como un casus belli.

A pesar del Congreso, la obra de Kafka seguía bajo sospecha. Es significativa la anécdota que refleja Goldstücker a este respecto. Durante una visita a Praga en 1965 del escritor soviético Ilya Ehrenburg, gran valedor de la obra kafkiana, la Unión de Escritores Checoslovacos organizó una comida en su honor. Goldstücker le manifestó su agradecimiento por reivindicar a Kafka dentro del sistema comunista, tanto, que se habían publicado sus obras, al fin, en la Unión Soviética, pero Ehrenburg le respondió algo tristemente demoledor:

He visto un volumen ruso sobre Kafka en las librerías de Sofía. Creo que hemos publicado a Kafka en ruso para los lectores búlgaros”.

En la URSS, ese volumen ya estaba secuestrado. Sin embargo, la pedestalización y ascenso a los cielos literarios de Kafka según los términos de Brod terminó cuajando con la llegada de la postmodernidad y la apropiación del mito. Estudios, ingentes y mastodónticas biografías, ediciones críticas, reseñas, tesis doctorales…  Podría decirse que, cuando Kafka resucitó tras unos años muerto, años que resultaron convulsos, se dio cuenta de que se había convertido en un suvenir cultural y en un referente desnaturalizado de consumo rápido.

Vasos de chupito, marcapáginas, postales, tazas, lápices, bolígrafos, bombones, todo Kafka convertido en merchandising:

En el volumen editado por Libros del zorro rojo, se hace un recorrido por otros aspectos que interpretados, y otras veces mal interpretados, han contribuido a la imagen más pública y manida de Kafka: el judaísmo, las mujeres a las que amó (o le amaron, si es que realmente hubo alguna que lo hiciera de verdad), su enfermedad, la relación con su padre y su familia y, como no, su muerte.

Todo ello, sometido a la iluminación oscura de la tinta negra de la praguense Renáta Fučíková, la principal culpable de que el libro sea una obra de arte. Especialmente notables son las puestas en una especie de mini novela gráfica de los relatos La condena, La metamorfosis y Un artista del hambre.

Cuatro ejemplos de las magníficas ilustraciones del libro:

De manera que nos encontramos ante un libro completísimo, a pesar de lo conciso de sus capítulos, que resultan ideales para quien desee aproximarse a la figura de Kafka entendiendo que solo era un hombre que necesitaba escribir, inmerso en mundo que se lo impedía. Es una desintoxicación del mito, una visión de la realidad completada con la interpretación pictórica que nos ayuda a acercarnos a Kafka de una forma diferente y a la par bellísima.

Primera página de la recreación del relato La condena.

Si después, os interesa saber más de la literatura de Praga, aquí os dejo sendos enlaces de dos entregas que realizamos sobre este asunto en Achtung!:

http://www.achtungmag.com/visiones-de-praga-la-ciudad-escrita-por-sus-autores-primera-parte/

http://www.achtungmag.com/visiones-de-praga-la-ciudad-escrita-por-sus-autores-segunda-parte/

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