ACHTUNG!, artes | letras, libros, literatura, Odradek, opinión — 15 marzo, 2019 at 21:32

El Diablo de la Guarda: una novela transgenérica de Alfredo F. Alameda

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Hoy quiero traer a este Odradek de los viernes un libro cuya lectura me ha resultado especialmente interesante, a ratos sorprendente, y siempre placentera. Se trata de El Diablo de la Guarda, publicado por Oportet Editores, del escritor madrileño Alfredo Fernández Alameda. ¿Qué tiene de especial esta novela? El autor nos presenta una novela que, en principio, es de género negro, para ir derivando hacia otros géneros, tomando referencias literarias y estableciendo esa conversación con libros y autores que me resulta imprescindible a la hora de construir la literatura. Eso convierte al libro en una novela muy atractiva.

Alfredo Fernández Alameda nos engaña, establece en un párrafo inicial un contrato ficcional con nosotros, lectores, sobre el género de la novela negra, para destruir una y otra vez nuestro horizonte de expectativas con derivaciones del texto en dirección a otros géneros diferentes.

El principio marca lo que podrían ser los parámetros de la novela:

El 7 de abril de 1963 amaneció especialmente frío en Ávila y una copiosa nevada cubrió de blanco las montañas y caminos circundantes. Era Domingo de Ramos, pero ni el domingo ni los ramos impidieron que fueran asesinados dos frailes y un boticario”.

Como lectores, nos decimos un “vale, novela de crímenes, de investigaciones para encontrar a los asesinos del boticario y los frailes”, y en efecto, el narrador seguirá esa línea, en principio, para después ofrecer todo un curso de géneros literarios diferentes que deja en ridículo a las legendarias Tablas de Géneros de Cascales.

Francisco Cascales, que en 1617 intentó aproximarse a los géneros literarios agrupándolos en sus célebres Tablas.

Otro aspecto definitivo y que influirá determinantemente en la deriva genérica del libro, es el marco temporal. Que la acción se sitúe en 1963 ya anuncia un cronotopo de la novela que se establecerá en la España de la década de los sesenta, con todo lo que eso significa, marca e influye en el desarrollo de la acción y de los personajes. Una década extraña y fea para este país. Fea por el franquismo asentado, desgastado y cansino, al que todavía le quedaban años hasta agotarse, y extraña, porque dentro del cerrojazo del régimen se atisbaban ciertos aperturismos timoratos de aquella España retrasada y ridícula. Todo ello aparecerá reflejado en El Diablo de la Guarda.

Tal y como ya afirmé hace bien poco en otra crítica que he escrito de la novela, en este caso para el sitio digital Mi Nueva Edad —enlace que os dejo a continuación—, el autor nos lleva por un viaje narrativo que recorre los suburbios sociales de aquellos tiempos, con lo que la obra adquiere un tinte costumbrista, también realista, e incluso de novela social de los años 50, que empieza a enmascarar su propuesta inicial de género negro y comienza a convertirla en una narración tremendamente atractiva.

El enlace a la crítica en Mi Nueva Edad, aquí:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2019/3/4/el-libro-del-mes-el-diablo-de-la-guarda-de-alfredo-fernandez-ala/

De entrada, ese género negro que Alfredo Fernández Alameda enriquecerá hasta convertir al texto en una novela transgénero —o transgenérica si se prefiere, es decir, atravesada por todos los géneros y que a su vez mutará de un género a otro—, propone, además de la novela policiaca, un recorrido por la idea de la España de provincias al estilo de Delibes e, incluso, aliñado con toques del tremendismo de Cela. Esto sucede porque la acción se ubica, en su inicio, en capitales de provincias, concretamente Ávila y Valladolid (esa Ávila delibesiana de La sombra del ciprés es alargada, novela que no en vano aparece mencionada en el libro, y hasta el propio Delibes que hará una fugaz aparición en el texto como director de El Norte de Castilla).

Después, el giro de los acontecimientos nos conducirá a un Madrid costumbrista y de barrios bajos, prostíbulos y pensiones que, de inmediato, enlazan con el Cela de La colmena o las obras de Galdós. Será entonces momento de mostrar algo del deshielo del régimen, mediante dos chispazos de presunta modernidad que, quizás, de modernidad no tuvieran mucho. Las veladas de boxeo en el Campo del Gas y las sesiones de música ye-ye en el Price.

Estamos, así, en un recorrido de casi 500 páginas por una España tan funesta que podría definirse como la infortunada España eterna: la investigación criminal la llevarán a la par un Guardia Civil y un cura, y durante la narración aparecerán gitanos, macarras, putas, huéspedes de pensión, sacerdotes que rigen un internado e, incluso, huérfanos. En efecto, nos encontramos ante esa España amarga y de sudor retratada por Ignacio Aldecoa en su novela Con el viento solano, allá por 1956.

Nótese en la portada de esta edición de la novela de Aldecoa la forma en la que se hace hincapié en la imagen de esa España eterna, rural y de la Guardia Civil.

El primer tramo de la novela nos describe la vida de dos hermanos en un internado de Ávila, en donde abusan física y sexualmente de ellos. Estamos ante un género clásico, la novela de internado, y no puedo menos que recordar aquí la obra maestra A. M. D. G de Ramón Pérez de Ayala, escrita en 1910.

Y ya, tras este arranque demoledor, aparecen las barriadas gitanas del extrarradio, y nos adentramos en un tono de novela realista y social que, además, recuerda en el tratamiento pausado y ceremonioso de sus escenas a El Jarama de Sánchez Ferlosio: hay cierto manto de tristeza, la novela transmite un blanco y negro secular que transpira en sus líneas.

Pronto, nos toparemos con la pareja clásica de investigadores, el Capitán Gúber y el cura Alfonso Teruel. Los personajes de Alfredo Fernández Alameda se muestran en la novela con fuerza y sin fisuras, y eso es producto de la evolución que experimentan, generalmente víctimas de situaciones ajenas a su condición, que les obligan a comportarse de una forma radicalmente distinta a la que podríamos esperar.

El autor, Alfredo Fernández Alameda, con un cartel de la promoción de la novela.

Esta implacable pareja de sabuesos designada para desentrañar los tres asesinatos terminará destrozando los ideales que se blindan detrás de sus uniformes: el Guardia Civil aceptará un soborno fallido y el cura se enamorará confesando, además, que no cree en Dios. Un golpe de efecto dentro de la dinámica de múltiples golpes de efecto que nos ofrece el autor. Por cierto, la pareja investigadora nos puede llevar, inevitablemente, a recordar cualquier novela decisiva de serie detectivesca, al estilo de Sherlock Holmes. A la memoria me vienen otras que, pese a formar parte de la modernidad española, prefiero no mentar.

La obra nos va llevando de la mano por este recital de registros diferentes. Ahora, entramos en la trama farmacéutica al estilo de Graham Green o John le Carré, mezclada con ciertos toques de novela de dictador bananero, tipo el valleinclanesco Tirano Banderas, aunque en el caso de El Diablo de la Guarda se trate solo del General Mendes, pero un General inmerso en esa red de contrabando farmacéutico que muy bien podría haber salido de El recurso del método de Carpentier o de Yo el Supremo de Roa Bastos e, incluso, de El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias.

El principio de esta novela de crímenes ha experimentado ya una larga serie de mutaciones. Las minuciosas descripciones de las vidas de algunos de los personajes, para mostrarnos de donde proceden, incluso de secundarios de los bajos fondos, nos acercan a la novela naturalista de Zola o incluso a Balzac. Tal vez, en el fondo, Alfredo Fernández Alameda pretenda mostrarnos aquí cierto tipo de Comedia Humana.

Todo esto viene a afirmarnos dos cosas: que el autor tiene una firme formación humanística que desea homenajear, y traer al frente como una de sus referencias, y que si la novela negra es el género más indicado para sacar a flote las miserias de los estratos más bajos de la sociedad, pero también de los más altos, si además se fusiona con el realismo y el naturalismo descarnado se consigue un cuadro en relieve del momento que se pretende radiografiar.

Vamos, que Alameda no consigue una radiografía, ni tan siquiera un TAC o una foto en color de los años 60; logra una panorámica en HD proyectada en IMAX.

Cuando parece que poco más se puede decir ya de la novela, el autor nos ofrece el bandazo más definitivo y delicioso. Convierte la historia en la preparación y el proceso para llevar a cabo el atraco a un banco y asaltar así una de sus cajas de seguridad. Y todo ello coordinado por un grupo disparatado en donde hay hampones de baja estofa, un huérfano, una prostituta, un botones que hace recados para un mafioso…

Este grupo pone de manifiesto una de las grandes características de la obra: su intención de ser una novela coral, aunque parezca una novela de personajes. Es más, su título de El Diablo de la Guarda hace referencia a la protección sin desmayo que por parte de Lorenzo, uno de los huérfanos, lleva a cabo con su hermano pequeño Hugo. Esto podría conducirnos a pensar en que el protagonista de la trama es Lorenzo, pero como todo lo que nos adelantamos a pensar en este libro, tampoco parece ser así.

Aquí hay sitio para el protagonismo de todos en algún momento, componiéndose un ejercicio grupal, como no podía ser de otra forma dadas las referencias anteriores: novela costumbrista, social, realista, a ratos naturalista… Son conceptos que cuadran plenamente con el personaje colectivo, incluso con el género de la novela urbana (dado que transcurre buena parte en Madrid), y que generalmente ha sido polifónica y de protagonismo coral.

No puedo dejar de mencionar otros géneros que se pueden atisbar: un poco de novela de ring, es decir, de boxeo, y algo más de novela de carretera, aquella en la que sus protagonistas experimentan un antes y un después del viaje, o incluso se transforman durante el trayecto. Los continuados viajes en coche de Ávila a Madrid, o a Valladolid, componen micro novelitas de carretera en donde los personajes tienen tiempo para conversar decididamente, cambiar de pareceres o consumirse en sus pensamientos.

Así es esta nutritiva novela de Alfredo Fernández Alameda, un pieza intrigante que va encajando a la perfección, una denuncia de una sociedad, de unas costumbres y de un momento concreto, un ejercicio de estilos, que no de un único y aburrido estilo, un engranaje de sorpresas, un mar de narración y narrativa (también es, además, una novela-río), pero sobre todo ello se erige un grandísimo esfuerzo de escritura que no solo se obstina en mostrarnos los recovecos de la oscuridad y la maldad, sino que intenta reconciliarnos con el mundo gracias a la luz que desprenden sus personajes.

Alameda se ha comido con su escritura las carnes de la Historia de los años sesenta en España, la ha roído hasta los huesos, y nos ha presentado el tuétano de toda una época que no conviene olvidar. Y eso sin que en esta crítica haya tenido que recurrir a los guiños cinéfilos, de los que soy poco amigo, y que nadan por la novela envueltos, desde los títulos de algunos de sus capítulos, hasta escenas que rinden cierto homenaje a películas.

Algunos misterios sin desentrañar tendré que dejarle al lector para que disfrute de este libro pletórico de sorpresas.

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