carrusel, Chico bisex busca, ocio — 7 julio, 2015 at 10:00

Palabras y música

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Palabras y música

Por A.C | Fotografía Cain Q

No conocía este sentimiento. Supongo que la vida se trata de eso: experimentar situaciones nuevas en las que de poco vale lo que se haya podido aprender antes, acusar los golpes, endurecerse. No sabía lo lejos que puede llegar a estar una persona de la que me he sentido tan cerca. Aunque también pienso que quizá el problema era previo, que a lo mejor yo podía sentirme muy cerca y la otra persona no tanto, que era bonito engañarse. Al fin y al cabo siempre es un poco lo mismo: solo podemos estar seguros de lo que sentimos nosotros, y a veces ni eso. Toda esta mierda viene a cuenta de Samuel. Se ha borrado de mi vida. A veces me salta alguna notificación en Instagram por algún “me gusta” suyo en cualquier foto mía de hace dos años o tres años. Pero eso es todo. No hemos vuelto a hablar desde el último día que nos vimos y sé lo mismo de él que cualquier de sus dos mil y pico seguidores. Sé que sigue con Eva. Me parece un puto cobarde por seguir con ella. Lo de Alberto sí lo entiendo, fui un subnormal y merezco que pase de mí.

No sé en qué momento creí que Zaragoza funcionaría. De alguna manera había identificado en Carlos algo que era mucho más grande que él, que le superaba. Claro que necesitaba una figura así, paternal, cariñosa, pero enseguida me aburrí de ir a su casa. También pensé que mi madre estaría mejor si yo pasaba una temporada con ella, se sentía muy sola y al principio sí noté que mi presencia la animaba algo. Sin embargo, en cuanto se acostumbró a que yo anduviera por casa, empezó a concentrar su angustia en mí. Me preguntaba adónde iba siempre que salía, me lanzaba advertencias cada vez más explícitas sobre los “peligros” a los que me exponía dando por hecho (y acertaba siempre) que le mentía cuando le decía que solo quería airearme o gilipolleces así. Y más de una vez al volver de noche me la encontraba con la luz de la mesilla encendida, los ojos bien abiertos, la mente totalmente ida y el pequeño transistor emitiendo noticias deportivas o testimonios de gente anónima que no tiene otra cosa mejor que hacer que llamar insomnes a un programa de radio para contar sus miserias.

Pienso en todo esto ahora, no obstante, como si fuera algo muy lejano en el tiempo. Un poco como lo de esas personas de las que estaba cerca y ya no, pero sin pena. Marta ha venido a recogerme a Atocha. Con ese vestido blanco, esa sonrisa que no dejaba de abrirse y su pelo recogido en dos coletas, me ha parecido una niña pequeña, guapa, buena. Lo peor de todo es que nunca la hubiera visto con esta ternura. Es raro, pero en estos dos meses separados la he conocido más que en todo el tiempo que llevaba en mi vida. Sin ella no habría durado en Zaragoza ni una semana. Cada noche me ha estado mandando un mensaje de voz por whatsapp donde me cantaba un estribillo, una estrofa de cualquiera de las canciones de nuestro “tesoro de música”. Lo llamamos así, perdón por la ñoñería, pero es que no sabemos llamar de otro modo a todas esas canciones que vamos añadiendo a nuestra lista compartida de Spotify. La última la añadió ella ayer, cuando yo estaba preparando la maleta para mi regreso con Billie Holiday a todo volumen para no escuchar los lloros de mi madre mezclados con gritos donde me acusaba de su desgracia. Y es que no he podido más, habíamos llegado a un punto en que yo solo la desestabilizaba. Quizá ha sido su manera de asumir su duelo, pero creo que haría mejor en buscar un psicólogo porque que yo me acueste con tíos más o menos compulsivamente no va a cambiar el hecho de que mi padre lleva muerto más de cuatro meses.

Anoche Marta me envió, cantado sobre la original, un pedazo de esa canción. La sorpresa de que fuera una melodía desconocida me descolocó, pero en cuanto volví a embriagarme de su voz sobre la voz de Sarah, la cantante, me pareció lo más bello que jamás había escuchado. Era una confesión sobre cómo de joven siempre esperaba a que pasaran los exámenes finales para que escuchar música dejara de ser un secreto que debía ocultar a sus padres. La música le apasionaba y sabía que le acompañaría siempre, incluso cuando se casara y tuviera niños no tenía duda de que todas esas canciones seguirían siendo importantes para ella. Busqué la letra en internet, abrí nuestra lista de Spotify, vi que Marta la acababa de añadir y ya no dejé de ponerla durante horas. Hoy la he escuchado en el viaje de vuelta, hasta le he enviado yo mismo desde un baño del tren otro pedazo donde Sarah cuenta que estaba enamorada y que sabía que su chico también lo estaba porque le había grabado una cassette con canciones y ella la escuchaba y la escuchaba en su habitación. Cuando estaba llegando a la zona de espera, he divisado a Marta dando saltitos y haciéndome señas. He acelerado el paso, el corazón, el deseo. Y ahora Zaragoza está en otro planeta, mi planeta es la habitación de Marta, su atmósfera es de ondas sonoras y la tierra es el colchón donde yacemos desnudos y follamos a cada rato, entre porro y porro, mientras suena la historia de Sarah y su amor por la música y cómo ese amor nunca dejó de crecer.

Marta está cocinando pasta en la cocina. Yo escribo esto. Siento que es preciso registrarlo, como el extraño e importante sonido del sintetizador que resonará hasta el final en la vida de aquella adolescente de los setenta y sus amigos con los que cada noche que quedaban, fuera para lo que fuera, terminaban conversando sobre música.

Palabras y música.

} continuará

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