carrusel, Chico bisex busca — 5 mayo, 2015 at 5:09

Tu vida sin mí

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Por A.C | Fotografía Cain Q

Tu vida sin mí

No miré el whatsapp de Samuel. Tampoco tuve el valor de borrarlo, simplemente lo dejé sin leer y enfilé la calle Magdalena rumbo a casa de Alberto. Llevo una temporada de muchas epifanías. Demasiadas, lo sé. Sin embargo, juraría que no ha habido ni una sola vez que haya tenido tan claro todo como en ese paseo apresurado, casi a la carrera, decidido a pedirle perdón por haber sido un niñato. Cuando llegué a su portal experimenté uno de esos momentos infrecuentes, pero muy intensos, en los que siento que el mundo es mío. 

Llamé, nadie respondió. La tarde era tibia, mi cuerpo oscilaba entre la excitación por la espera y la indolencia por lo recién ocurrido en la habitación de Céline. Ya podía estallar una tormenta o helar como en la peor noche invernal: yo iba a permanecer allí. Me senté a un lado, me puse los auriculares y empecé a escuchar música. Aunque decir “música” sería demasiado impreciso, demasiado abstracto. Lo que escuché fue Sentimentalist, de Sondre Lerche, en loop

Don’t you know me, my love?

Don’t you know me, my love?

I may ask you again, but you may never know

I’ll be damned if I fight

I’ll be damned if I don’t

Era nuestra canción, la que le dio por ponerme el día que nos conocimos y todas las veces que nos vimos hace dos años. No sé cuánto tiempo hemos podido estar abrazados mientras sonaba, tarareándola juntos. Se me quedó grabada, desde entonces la he escuchado obsesivamente aunque no fuera en él en quien pensaba siempre. De hecho, en las últimas semanas la he asociado a Samuel, a mi locura por tenerle. Y sin embargo, en el atardecer de Lavapiés, absorbido más y más por la oscuridad apenas rasgada por los aislados fulgores de las farolas, mi pensamiento lo inundó Alberto: aquella cita del Matadero, cuando casi estuve a punto de aceptar que estaba enamorado de él, la madrugada en que fui capaz de despertarle al enterarme de que mi padre había muerto…

Volví a llamar varias veces al portero automático, aunque no le viera el sentido. No quería mandarle un whatsapp o llamarle. Buscaba sorprenderle, que me encontrara allí, esperándole sin importar a qué hora llegara a casa. Lo que no pude prever fue que, a eso de las once, cuando llevaba allí desde las siete escuchando nuestra canción, fuera a salir del portal acompañado por un chico. Alberto iba detrás de él, fue quien cerró la puerta y se quedó mirándome un par de segundos antes de que el otro se volviera y le cogiera de la cintura. Echaron a caminar calle arriba. Su novio era algo mayor, algo más alto, algo más guapo que yo. No se habían alejado demasiado cuando se echaron a reír y Alberto le arrastró contra un coche aparcado y se lo comió a besos mientras las manos recorrían sus cuerpos amparados en la penumbra. Al final Alberto tiró suavemente de él, seguro de que yo ya había tenido suficiente, y se perdieron camino del centro, del metro, de donde cojones fuera su destino esa noche. Nunca me había oprimido así la ciudad, nunca había llorado por un chico, nunca había deseado que nadie se fijara en mí en plena calle. Fue entonces cuando leí el whatsapp.

Después Samuel me hostió en el sofá, me folló la boca, me tiró del pelo y se corrió en toda mi cara para volver a meter su polla entre mis labios hasta que se la dejé bien limpia. Fui volviendo a la realidad. Todo ese rato había mantenido mi mente en blanco, me había bebido una litrona con el estómago vacío mientras le esperaba y le había recibido en bolas, de rodillas, mi voluntad completamente suspendida. No me prometió nada, no quería otra cosa que verme, ni la herida abierta ni el olor a mí habían bastado para hacer explotar nada entre él y Eva aquel domingo.

Samuel se piró enseguida, aunque esta vez sí se dio una ducha rápida antes. No se lo impedí, hasta me permití sonreír por dentro por la ironía de todo aquello. Y desde luego que fue breve: debía eliminar bien mi rastro y a la vez no demorarse mucho más en su ausencia, pero aun así me dio tiempo, con el sabor de su semen aún en mi saliva, a pajearme como un adolescente enloquecido imaginando que era yo a quien Alberto había empujado contra esa carrocería, los latidos desbocados, todo el tiempo perdido libre de su peso en mi conciencia.

Al salir del baño no dijo nada, tampoco hizo ademán de acercarse, tan solo miró un par de veces de reojo mientras se vestía mi cuerpo salpicado. Arqueó las cejas a modo de despedida, fue hacia la puerta y la cerró sin hacer ruido. 

Me levanté, recogí mi móvil del suelo y lo lancé por el balcón. Se me pasó por la cabeza y lo hice, sin más. Los segundos que duró su vuelo desde mi cuarto piso hasta estamparse contra la acera de enfrente, los percibí extrañamente dilatados, llenos de algo insólito, irrepetible.

Repetí el PIN primero en mi cabeza: “dos, seis, cero, cinco”. 

Luego en voz alta. Dos, seis, cero, cinco. 

Deslicé el dedo índice por mi cara, por mi pecho, por mi glande todavía húmedo, y dibujé los números en el cristal: “2605”.

Sabía que tenían un sentido, fue entonces cuando lo encontré.

} continuará

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