carrusel, Chico bisex busca, ocio — 26 febrero, 2015 at 11:28

El viaje

por

Por A.C | Fotografía Cain Q

El Viaje

Nunca he disfrutado de la soledad. Me gusta hacer cosas en compañía, no le encuentro demasiado sentido a meterme en una sala de cine, por ejemplo, si luego no voy a tener a nadie con quien comentar la película. Lo mismo me pasa con todo, salvo con lo que no se puede compartir: un libro, el trayecto diario al curro o un momento jodido de la vida que no quieres echarle encima a nadie por mucho que insistan en acompañarte.

Pensaba en estas cosas el sábado por la mañana durante el viaje. Los márgenes de las rocas laminadas para abrir camino a las vías de acero quedaban atrás a toda velocidad. No había llegado a sentarme, me fui directamente a la cafetería con mi mochila a la espalda. Empecé a beber latas de cerveza, no Mahou precisamente, pero al menos fría e igualmente eficaz con mi estómago vacío de haber vomitado todo lo vomitable dos horas antes, cuando pasadas las siete de la mañana le cogí el móvil a mi madre después de veintitrés llamadas perdidas. Había estado por ahí, fue una de esas noches con ‘blackout’, incapaz de recordar qué hice a partir de cierto momento, dónde estuve, con quién. Supongo que me dio por desactivar el modo avión del móvil, mirar los avisos, mecánicamente. A pesar de tanta llamada debí de considerar sensato esperar a la siguiente. Estaba borracho, no podía afrontar nada. Recuerdo que el móvil sonó, no sé cuánto tiempo me había pasado mirando la pantalla, haciendo scroll para comprobar las horas de las llamadas. Todas desde las seis, todas sin mensaje en el buzón de voz porque lo dejé de tener activado. Ya no soporto escuchar esos mensajes sean de quien sean y digan lo que digan. Hay algo perturbador en una voz grabada, una voz de alguien que podría incluso haber dejado de existir cuando la escuchas. En todo esto pensaba cuando un tío de unos cuarenta años llegó a la cafetería y pidió un café con leche. Trajeado, en forma, rasgos angulosos… En cuanto reparó en mí, comenzó a mirarme sin descanso. Me la puso dura, muy, muy dura. Cuando terminó su café, eché a andar hacia el pasillo y me metí en el primer baño abierto. Era de los pequeños,  con un ventanuco por el que se cuela el frío. No eché el cerrojo, a los pocos segundos escuché un par de golpes de nudillos, suaves, como un padre que solo quiere comprobar si su hijo está dormido al otro lado de la puerta. Le dejé entrar, tiré la mochila al suelo y me puse de rodillas sobre la tapa del váter. Se desabrochó el cinturón y me hizo comérsela. Me agarró de la cabeza para que me la tragara hasta el fondo y me dio tal arcada que se me saltaron las lágrimas y me puse a toser. Entonces me dio la vuelta, me escupió varias veces entre los glúteos y empezó a rozarse pajeándose. Sabía que no iba a parar, se corrió por todo mi culo. Se entretuvo azotándome con su polla pringada, me dio otra vez la vuelta y me la hizo limpiar entera con la boca, me golpeó también con ella en la cara, me soltó alguna hostia. Todo me daba igual. Enseguida volvió a abrocharse y se largó. Me pareció que había alguien esperando al otro lado, pero yo ya había decidido encerrarme allí hasta que el tren llegara a la estación. Seguía con los pantalones en los tobillos, tenía mucho frío, el olor a sexo y a orina era fuerte. Me puse los auriculares y las canciones de The Smiths ahogaban las voces ocasionales, los golpes contra la puerta, todo lo que no era ese mísero cubículo. El alcohol se agolpaba en mi cabeza. Su semen se secaba en mi piel, me excitaba eso. Me corrí dos veces. Deseé poder seguir bebiendo, seguir escuchando a The Smiths y no salir nunca de allí…

Cuando el tren llegó a Zaragoza y bajé al andén, distinguí a mi hermano mayor arriba, en la zona de espera. Vestía un traje tan elegante como el del tío del tren. Un traje negro, camisa gris, sin corbata. Gafas de sol de marca cara. Boca cerrada con los dientes apretados.

Las escaleras mecánicas me deslizaban en un zoom que deseé más lento, congelado, infinito.

En su coche me eché a llorar como un bebé. Inconsolable, con hipos y mocos y gritos sin sentido.

Pensaba que no quería a mi padre. Estaba equivocado.

} continuará

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