Chico bisex busca, ocio — 15 julio, 2015 at 10:00

Domingo Astromántico

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Por A.C | Fotografía Cain Q

Domingo astromántico

Te he confesado que quería sacarte una foto, no me bastaba con deslizar mi mirada sobre tu cuerpo para intentar retener todo lo que acababa de suceder, retenerte a ti. Me he estirado para sacar el móvil del bolsillo de mi pantalón tirado a los pies de tu cama y, cuando me he incorporado, ya estabas contra la pared tapándote la cara con tu cojín de Mickey Mouse. Te he dicho que no fueras idiota, que lo quitaras de ahí, pero tú solo podías reírte a carcajadas y no ibas a consentir que yo me saliera con la mía. Ahora, sin embargo, cuando veo la enorme sonrisa de Mickey en vez de la tuya, me entran ganas de reír a mí también y de follarte así, con el cojín escondiendo tu rostro cachondo, inocente y turbio a la vez.

No pensaba salir ayer, no estaba en el mood. Quería ponerme una peli, estar tirado, fumarme algún porro con la maría que aún le quedaba a Marta, pero ella sí tenía ganas de salir. Su plan era pillar una borrachera en la terraza de cualquier 100 Montaditos y dejarse llevar. Sentí que se lo debía. A pesar de la confianza me da palo seguir en su casa hasta que encuentre un trabajo, así que accedí a acompañarla en su roaring rampage of revenge, como nos gusta llamar a ese tipo de noches. Casi nos ligamos a un turista en el de Puerta de Toledo, no era tan mayor y llegamos a fantasear con que fuera “generoso” una vez le hubiéramos dado lo que quería. Al final nos dio pereza y decidimos pillar el metro y tirar para el Gris. En realidad lo tenemos vetado, hubo un momento en que empezó a parecernos muy decadente incluso para nosotros, pero el sábado nos dio por ahí. ¿Quién sabe qué puede ocurrir cuando no te atienes a tus reglas?

Llevábamos ya más de una hora allí, al fondo de la barra. No había nadie que ni a Marta ni a mí nos llamara la atención, todas las personas parecían fuera de lugar o de tiempo, como si una Tardis mal programada las hubiera arrojado allí por error. Nadie encajaba, era triste por más que Marta y yo bromeáramos. Todo aquello no decía mucho de nosotros tampoco, para qué engañarnos. Pero entonces entraste, te divisé y no dejé de mirarte avanzar decidido por el pasillo hacia la planta sótano siempre vacía con ese futbolín solemne y la barra cerrada, arqueología de otros tiempos en que, según cuentan, era un espacio nebuloso bajo el humo de los cigarrillos, el bullicio de las partidas de futbolín apenas dejaba escuchar la música, los chicos guapos de mi edad y más jóvenes sí estaban en el lugar y el momento precisos.

Te seguí. Apuré mi tercio de Mahou, lo dejé en la barra y bajé tras de ti con el corazón en la boca. Tuve que tener cuidado de no pisarte los talones bajando las escaleras y que no advirtieras que te seguía tan descaradamente hasta el baño. Tampoco creo que te hubieras dado cuenta: ibas borracho, lo habías disimulado bien hasta que apoyaste la frente contra la pared mientras meabas copiosamente y empezaste a murmurar insultos contra alguien que, deduje, era tu novio o algo parecido. Yo te observaba desde el urinario de al lado, tú solo me devolviste la mirada cuando empecé a mear también y bajaste tus ojos hacia abajo. Entonces te cogí del brazo y te arrastré a la cabina, los dos con los pantalones medio caídos. Te besé, te arranqué la camiseta y entonces vi el tatuaje en tu pecho: yo mataré monstruos por ti. Me flipó: te lo mordisqueé, deslicé mi lengua por tu estómago y tu vientre y tu vello púbico que había quedado al aire. Quería seguir, pero tú eras algo más que un chico muy mono y muy bebido al que podía follarme y punto. No cualquiera se hace un tatuaje así, no cualquiera te mira con esa profundidad en la cabina infecta de un baño de pub. Te abroché la cremallera, me abroché la mía y tiré de ti a través del sótano imaginando que los espectros de otras épocas nos contemplaban con envidia. Al llegar arriba, Marta ya no estaba. Ella me conoce tan bien que sabía que regresaría triunfante y no quería estorbar mi conquista. Por cosas así la quiero tanto.

Vivías cerca. Al menos no estabas tan pedo como para no poder llegar a tu casa, siempre he pensado que esa es la última facultad que un borracho pierde. Cuando llegamos, te dejaste caer en la cama. Te pregunté si estabas bien, si necesitabas algo. No respondiste, tan solo empezaste a quitarte todo hasta quedarte completamente desnudo en posición fetal, y pensé que nunca había deseado tanto follarme a alguien como tú: más joven, más pequeño, más indefenso. Pero no lo hice. No es que yo estuviera sobrio precisamente, me empezaba a sentir muy mareado, pero tenía la responsabilidad de “cuidarte”, de pasar por alto mi propia embriaguez y, simplemente, acompañarte. Así que fui a tu cocina a por dos vasos de agua, busqué ibuprofeno y te obligué a tomártelo conmigo. Luego me desvestí también, te arrastré hasta depositar tu cabeza sobre la almohada y te abracé por detrás. No dejé de acariciarte hasta que te quedaste dormido.

Lo siguiente que recuerdo es tú echado sobre mí, comiéndome la boca, recorriéndome con tus manos. El sol entraba por la gran ventana de tu habitación, yo apenas podía abrir los ojos, tan solo me he abandonado a tu aroma dulce que ni el sudor ni tu aliento a alcohol y tabaco habían logrado extinguir. Tu cuerpo era firme y suave, tu polla dura era totalmente desproporcionada con el resto de tu anatomía, me tenías a cien. Solo al cabo de unos minutos, tras darte la vuelta y ponerme un preservativo que has sacado de un cajón de la mesilla, me he dado cuenta de que habías puesto Love of Lesbian. Te he agarrado bien fuerte de las caderas y he comenzado a follarte mientras sonaba Domingo Astromántico. Tú, lo mismo gemías que tarareabas un pedazo de letra. Era algo único, no hay otra forma de decirte cómo me ponía todo, por qué he soltado ese grito al correrme, por qué te he puesto de nuevo boca arriba y te la he mamado hasta que has descargado en mi garganta y me he quedado con la cabeza descansando en el hueco de tu cadera.

Luego he querido hacerte esa foto. Sonaba Me llaman octubre y entonces te he cantado eso de que no pretendas saber nada más de mí. Pero ¿sabes qué, Martín? Por dentro sentía todo lo contrario. Quería contártelo todo, cosas que ni siquiera Marta sabe y que son una puta bomba de relojería en mi mente. No lo he hecho, me he conformado con imaginar cómo el domingo transcurría en tu habitación y nos enamorábamos lentamente. Imaginar es inofensivo. Lo único a lo que me he atrevido ha sido preguntarte si querías darme tu whatsapp para mandarte la foto. Y me he marchado.

Ahora estoy en casa, me he hecho tres pajas esta tarde obsesionado con tu cuerpo y tu cabezota enorme de Mickey Mouse. Podría no parar en toda la noche.

Quiero enviarte la foto, pero tengo miedo. Seguro que lo entenderías si hubiera tenido las agallas de decirte que esto nunca me había pasado la primera vez.

} continuará

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