Chico bisex busca, ocio, sexo — 26 marzo, 2015 at 6:49

Permanencias

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Por A.C | Fotografía Cain Q

Permanencias

Noche de sábado. El cierzo arroja la lluvia contra los cristales. Hace frío afuera, solo un magnolio prematuramente florecido, una mancha rosa agitándose al otro lado de la ventana, delata la estación en la que justo ese día entra el año. Pero dentro el aire es cálido y yo contemplo la tormenta mientras Carlos me abraza por detrás también desnudo, también hipnotizado por algo que no deseamos expresar.

Por la tarde había asistido a una misa por la muerte de mi padre. Mi abuela, esa señora beata que por suerte me desconoce por completo, se había empeñado. No había ido por ella, sino por mi madre. Al fin y al cabo hacía casi un mes, desde poco después del funeral, que no la veía, y yo sabía que quería que volviera a Zaragoza para estar con ella en ese trance aunque no me lo hubiera pedido. No soy una buena persona, pero si por alguien soy capaz de hacer un esfuerzo, es por ella.

Mi relación con la ciudad es ambivalente. Mis padres nacieron allí, pero por el trabajo de mi padre se trasladaron a Madrid con mi hermano mayor antes de que yo naciera. Para mí siempre ha sido una ciudad que me he visto obligado a visitar con frecuencia sin desearlo. No ha significado jamás nada más allá de eso y, sin embargo, me pasa algo con ella que no dejo de agradecer: me ofrece una vida pasajera, alternativa a Madrid, que nunca me ha acabado de disgustar. Marta tiene la coña conmigo de que seguro que en Zaragoza me espera siempre una “novia” con su acento maño disimulado, sus aspiraciones provincianas, a veces pija y otras perroflauta (en eso Marta nunca acaba de decidirse). Y no, no han ido nunca por ahí los tiros, pero sí me ha excitado ser carne fresca cada vez que vengo, que el Grindr se me llene de mensajes en cuanto llego a la estación del AVE, saber que no tengo competencia si quiero acostarme con quien me dé la gana. Eso no me pasa en Madrid, pero sé que nunca podría vivir en Zaragoza, quedarme en ese lado de la trinchera.

No leí su mensaje hasta que acabó la misa y pudimos salir de esa iglesia construida en recuerdo a los fascistas italianos “caídos” en la Guerra Civil. Cuando mi abuela se pone, se pone, y como mi padre comulgó allí creyó que sería una buena idea. Lo primero que me llamó la atención de Carlos fue su edad, cincuenta y cuatro años, los mismos que mi padre habría cumplido ese día (siempre solía decir que su cumpleaños “inauguraba la primavera”). También vi que estaba muy cerca, apenas quinientos metros. Decidí contestarle a él en vez de montarme un trío con unos novios de gym aburridos de su vida. El mensaje de Carlos era más seductor: “Tal vez te apetezca compartir una botella de vino y ya vemos”. Le pedí la dirección y le dije que estaría allí en diez minutos. A mi madre le conté que me apetecía dar un paseo, que a lo mejor quedaba con algún conocido, pero que en todo caso estaría de vuelta en casa no demasiado tarde. Se hizo la tonta, como siempre que suelto excusas así. Es de esas cosas que me hacen quererla aún más, aunque no se lo pueda confesar.

El piso de Carlos era amplio, con un solo dormitorio. Me recibió vestido como yo vestiría si tuviera su edad: casual, pero sin pretender parecer un postadolescente como muchos cuarentones y cincuentones maricas: camisa remangada, pantalones de tela con buena caída, zapatos de ante. El pelo canoso, corto pero con un peinado que le sentaba bien. Lo que más me gustó fue su mirada, había algo en ella que me resultaba familiar. En la mesa frente al sofá ya había preparadas dos copas, un plato con frutos secos y golosinas (me hizo gracia, me encanta la combinación) y otro con aceitunas. Sacó el vino de una pequeña nevera especial, pero sin ninguna ceremonia, como cuando yo saco una litrona de la nevera. Me preguntó si lo conocía. Al sonreírle negando con la cabeza me aseguró que me iba a encantar, y así fue. La conversación fluyó con facilidad. En un momento determinado me preguntó por qué llevaba traje, supongo que había sentido curiosidad desde el principio, y aunque tenía intención de mentirle si llegaba el caso, le conté que venía de una misa por la muerte de mi padre. Hubo algo en su reacción que me gustó, no fue condescendiente ni insensible, sino más bien cercana, directa. Tal vez por eso acabé hablándole de él, cómo había nacido y vivido en Zaragoza hasta después de casarse, cómo se había establecido en Madrid hasta que en 2010 se había vuelto con mi madre porque surgió la ocasión y no habían dejado de darle vueltas cada cierto tiempo a la idea de regresar. Resultó que Carlos había ido al mismo colegio, al mismo instituto, a la misma facultad que mi padre, solo que siempre un curso por delante. No tenía una foto de suya en mi móvil, pero sí pude encontrarla por internet en la web de su empresa. La cara de mi padre no le sonaba, al menos no con ese aspecto ya de hombre maduro. Tampoco su nombre le decía gran cosa. Sin embargo, a ambos nos impresionaron bastante las coincidencias. Era obvio que habrían tenido que cruzarse cientos de veces. Carlos también se había casado, también tenía dos hijos, pero un día había sido incapaz de soportar más la distancia entre su realidad y la imagen que todo el mundo tenía de él. Hacía ya diez años de eso. “¿Eres más feliz?”, le pregunté. “No lo sé, pero es lo único que podía hacer”, me contestó, y entonces me tumbé en el sofá y reposé mi cabeza en sus piernas. Permanecimos así, la música que había puesto estaba muy bien: un disco de minimal que no sé de dónde habría sacado, desde luego no lo esperable en alguien de su edad. A mi padre le gustaban cosas más normales, más comerciales, nunca fue un gran aficionado a la música.

Más tarde, cuando sus caricias en mi pelo, en mi cara, en mi cuello que sus manos recorrían adentrándose en el nacimiento de mi pecho, me acabaron calentando, me deslicé hasta sentarme sobre él y tener mis ojos a la altura de sus ojos, mis manos en sus mejillas, mi boca encontrando su boca con un sabor teñido por el vino. Su robustez me excitaba y al mismo tiempo me hacía sentirme protegido. Se incorporó levantándome en sus brazos sin esfuerzo, me aferré a él y me llevó hasta el dormitorio. Allí me depositó sobre la colcha suave, casi resbaladiza. Me desvistió, me recorrió entero con sus labios, me colocó en las posturas que quiso, siempre con autoridad, pero con un tipo de autoridad que le hubiese sido concedida por mí. Responsabilidad, esa es la palabra que mejor definiría su actitud. Yo me abandoné por completo, delegar en él era todo lo que deseaba. No recuerdo haber tenido un sexo tan amable, tan lleno de matices, tan consciente. Quizá con Alberto, incluso con Marta, pero hace mucho tiempo ya de eso.

Más tarde, mientras observaba el magnolio venteado, sus flores tempranas arrancadas cayendo sobre el asfalto mojado, abrazado por ese hombre cuyos pasos siguió sin saberlo mi padre tantos años, deseé poder quedarme a dormir en su cama apenas deshecha por lo que allí había ocurrido y sentir hasta que me alcanzara el sueño su pecho canoso contra mi espalda, su cuerpo cernido sobre mi cuerpo y olvidar, como había llegado a hacerlo mientras Carlos me hacía el amor, que me había convertido en un huérfano.

} continuará

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