carrusel, Chico bisex busca, ocio — 13 mayo, 2015 at 18:31

Final feliz

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Por A.C | Fotografía Cain Q

Final Feliz

Afuera la noche era fría. La brisa agitaba las cortinas, erizaba mi vello todavía empapado en sudor, resecaba los restos de semen en torno a mis labios. Carlos se estaba duchando, antes había insistido en que “no me fuera sin lo mío”. Se notaba que no lo decía por compromiso, pero yo le había respondido que no hacía falta. No había ido a su casa por el sexo. Al menos, no era con lo que había fantaseado aunque fuera él quien me encontró en el Bender y me escribió a eso de las once. Uno de mis vicios es dejar las cosas al azar y quise probar a ver si me salía un plan mejor para la noche de sábado por improbable que fuera. No resultó, y en el fondo me alegré cuando leí su mensaje. Me pareció una metáfora involuntaria pero redonda.

Nada había sido real hasta que el AVE arrancó y fue dejando atrás los antiguos edificios ferroviarios de la avenida Menéndez Pelayo, la estación de Méndez Álvaro y sus cines multisala donde tantas veces he ido con Marta cuando nos apetecía meternos un peliculón taquillero y un menú Whopper gigante después para reírnos a gusto, las barriadas de extrarradio de un Madrid que abandonaba sin que nadie hubiera ido a despedirme. Bueno, Marta sí habría ido. Cuando la llamé para contárselo insistió mucho, pero me pillé un billete a una hora en que ella trabajaba con la excusa de que me salía mucho más barato y le prometí que volvería pronto. Marta, como siempre que le prometo cualquier cosa, me cantó esa canción de Los Piratas. Pegó su boca al móvil, comenzó a susurrarla. Yo me tapé el oído libre para aislarme del bullicio nocturno de Callao. Sabía que si no la paraba, iba a tarareármela hasta el final. Pero los dos lloramos antes del “se irán, se perderán, se irán, se perderán…”. Y nos dijimos te quiero y de verdad supe que nadie me quiere como ella ni yo quiero a otra persona como quiero a Marta. Claro que prometo pensar en ti y cambiar y no fallarte en nada. Tan solo dame tiempo.

El viaje en AVE a Zaragoza es rápido, no llega a hora y media. Sin embargo, a la velocidad de los túneles que perforan las montañas, los páramos de roca rojiza y los bosques de molinos eólicos ya cercanos a la ciudad, asomado a la ventana del vagón-cafetería pasaron ante mis ojos muchos recuerdos de los últimos años solo interrumpidos cuando me acercaba a la barra para pedir otra lata de Heineken. No había desayunado, la cerveza caía en mi estómago vacío y excitaba mi memoria. Reviví el día que me follé a Eva y Samuel supo que me la había follado, reviví mi trío en los baños de Atocha con aquellos dos niñatos buenorros, reviví la noche que conocí a Alberto y no me di cuenta de que él podría haberme cambiado la vida si yo no fuera tan imbécil. Y todo retornó con detalle, podía oler a cada momento el aroma de sus pieles, podía recuperar en mi saliva todos sus sabores, podía escuchar sus gritos de placer y los míos al mezclarse nuestros cuerpos. Si hubiera seguido hasta Barcelona, hasta la frontera, hasta las entrañas de un continente todavía desconocido para mí, la cascada de recuerdos habría continuado fluyendo sin control como fluye ahora que escribo estas palabras y no puedo resistir su embestida.

Mi madre se pasa el día entero en la cama. Sería poco sincero afirmar que he vuelto por estar a su lado; no, he vuelto por mí. Ni siquiera diría que he vuelto, en realidad he huido. La adoro, incluso la adoro demasiado como para estar tan cerca, bajo el mismo techo, siendo testigo de su inmenso duelo. La adoro a pesar de que ya no reconozco en ella la mujer que se comía la vida, la mujer sugestiva, la mujer de una inocencia contagiosa que se reía por cualquier chorrada. Está irreconocible. Y sí, claro que mi presencia significa mucho para ella, pero me mata por dentro que crea que todo esto es un sacrificio para mí. No, mamá: estar ahora en Zaragoza es mi salvavidas. No sé si tengo VIH, jamás me he hecho un análisis. No tengo ni puta idea de lo que quiero. He llevado mi vida a un punto donde solo podía dar un paso más y despeñarme o retroceder, buscar tu regazo y recuperar, si todavía estoy a tiempo, algo de lo que era, aunque no sepa cuándo fue ni en qué consistía no ser quien soy.

Cesó el sonido del agua de la ducha y empecé a pajearme. Pensé en aquel encuentro en los sótanos de la plaza de los Cubos con Samuel, mi mayor engaño y a la vez mi mayor ilusión. No es casualidad que sean sinónimos. Carlos regresó al dormitorio ya seco, relajado. Se sentó a mi lado y empezó a acariciarme y a besarme por todo mientras yo escalaba en mi fantasía y Alberto se nos unía a Samuel y a mí en ese amasijo de manos, bocas, pollas duras entrechocándose bajo los vaqueros a la vista de cualquiera que pasara por allí. Jamás he llegado más lejos del presente como en ese lapso imposible de medir hasta que me acabé corriendo contra las sábanas, contra mi cara, contra el cabecero de la cama. Cuando me abandoné y extendí mis brazos en cruz, Carlos me dejó solo. Al poco empezó a sonar Billie Holiday en el salón, uno de sus cientos de vinilos. Escuché cómo abría una botella de vino y se servía una copa seguro de que tarde o temprano me uniría a él. Un hombre sereno. No tiene prisa, ha olvidado lo que es la inquietud, la angustia.

Escuchando I’m a Fool to Want You, vaciado, sin la menor idea de qué hacía realmente allí, en su casa, en Zaragoza, arrastrado una vez más por esa corriente de resaca mar adentro tras el orgasmo, sonreí al recordar el mensaje de Carlos aquella noche por el Bender.

“¿Vendrías a darme un masaje con final feliz?”

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