carrusel, cartas desde, teatro, viajes — 16 Febrero, 2014 at 10:00

Días Estupendos

por

Cartas desde Nueva York

Por Sergio Rozalén | Fotos Elena Pou

Es el verano el momento al que uno siempre quiere volver, aunque presuma de que le guste más el invierno. Es el estío el tiempo para el que uno reserva las más notables escapadas (algunas duran una semana, otras más de medio año y hay de las que no terminan nunca), prepara reencuentros, anhela añadir nuevos nombres a la lista de lugares visitados. Cuando las experiencias vividas se recuerdan de tal manera que, años después, quedan en nuestra memoria como “aquel verano en el que viajamos a la costa gaditana” o “ese agosto que pasamos en el camping de la Costa Brava”. Siempre unidas a una compañía concreta, porque sin compañeros de viaje, la mayoría de las veces, no hay viaje. Puede que sea el verano que nos convencimos de que íbamos a terminar viviendo cerca de una cala ibicenca o de que una casa rural con huerto y gallinas en los bosques asturianos era el destino vital ideal. Es el verano el que se graba en nuestro subconsciente para recordar nuestra primera vez de casi todo, el olor a crema solar, la frescura de un rocío al amanecer en la montaña o un atardecer en Sant Antoni con banda sonora de Café del Mar.

A esos lares que desde aquí parecen tan lejanos me trasladó “Días Estupendos”, la sorprendente obra del madrileño Alfredo Sanzol (ganador del premio Max de teatro por esta pieza en 2012), cuando un pequeño y coqueto teatro del East Village neoyorquino me la mostró casi por sorpresa. La dirección, de Ignacio García-Bustelo, trabajada y notable. Con excelente transición entre las 13 escenas (recortadas de las 16 originales) y una fuerza en la representación que va de menos a más, como el propio guión. Como el propio trabajo de los protagonistas, cinco españoles de esos que se abren camino en tierras americanas, y bajo el paragüas de AENY (la asociación de artistas de Nueva York). Actores que cambian registros con la rapidez que el espectador necesita para sentir como propios cada uno de los sketches, en escenarios siempre veraniegos, siempre ibéricos, siempre tan nuestros. Y es ahí donde destacan Pep Muñoz, notable en su parte cómica, y Maria Peyramaure, creíble en todas y cada una de sus apariciones. Ella, la que te mira tras la actuación con cara de yoatiteconozcoperonosédequé con una timidez tan marcada como la energía que muestra sobre el diminuto escenario delIATI Theater. O eso se imagina uno.

Días estupendos que me impedirán para siempre volver a subir al Empire State con la persona que quiera, por si acaso nos ataca la aplastante lógica de dejar a alguien a quien quieres por miedo a que esa pasión haya alcanzado su pico. Días estupendos de escapadas con amigos, aunque alguno de ellos se folle a un melón y seamos testigos ocasionales. A veces es un melón, en ocasiones una cabra, pero todos hemos oído historias semejantes y más o menos cercanas. Forma parte de la huella hispana, de la piel de toro, de las llanuras bélicas y los páramos de asceta, de la diversidad cultural que no deberíamos dejar que se desintegrara, porque aquí todos reconocemos como próximas esa historia del etarra puesto en libertad, o del muchacho de ciudad que acompaña por primera vez a su tío pagés por esos valles catalanes de los que ya no se querrá alejar, o incluso de esas paradojas de torero andaluz con súbito amor por los animales. Historias no tratadas antes, cierto, pero no por ello ajenas a nuestra cultura colectiva, a nuestro ADN de españolitos.

Y, entre todos, destacando, asombrando por su lucidez, el extraordinario texto de “lecciones de vida”, la mejor de las escenas y la menos veraniega, la más lograda de las interpretaciones de María Cuartero, la otra actriz en el elenco. Un momento de iluminación prodigioso de Sanzol que logra en pocas palabras sintetizar aquellas premisas que olvidamos con tanta facilidad como el verano llega a su fin cada año. Cuando algunos empezamos a compartir en voz alta la manera en la que educaríamos a nuestros descendientes, asunciones tan simples y tan difíciles de asimilar como “serás libre, podrás hacer lo que quieras con tu vida, sé valiente y recuerda que no estarás aquí para siempre” son bocanadas de realismo, casi mágico. Fue un gran amigo el que me dijo que tener hijos era una manera de no morir. Días estupendos si somos capaces de recordar, algún día, estas lecciones, incluso dirigidas a un predictor que acaba de darnos la buena nueva.

Son días estupendos, a pesar de la nieve y el frío de un invierno que se hace más largo de lo deseado. Quizá porque la obra me trasladó a un verano que dentro de poco asomará la cabeza. A un verano típico y tópico español en el que todos nos reconocemos de alguna manera. Del que a veces renegamos pero del que no queremos, en el fondo, escapar del todo. Porque quien más, quien menos, todos queremos volver a alguna playa nudista con nuestra pareja, a todos nos gustaría volver a jugar a la seducción con un grupo de amigos, revivir una y otra vez esas fiestas de pueblo de las que es imposible desengancharse y alcanzar, de nuevo, la cumbres de Ordesa, donde puede que hoy mismo una persona especial e imprescindible esté gritando aquello de “aquí estamos los que quedamos de cuando hervía la sangre”. Son días estupendos, porque estamos aquí para contarlo. Son días estupendos, porque tenemos memoria y deseo. Son días estupendos porque, como dijo el maestro, tenemos Venecia, tenemos Manhattan, tenemos cenizas de revoluciones, tenemos naufragios soñados en playas de islotes sin nombre ni ley ni rutina, tenemos proyectos que se marchitaron, retratos de novias que nos olvidaron y un alma en oferta que nunca vendimos.

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