Carmen y Justo

por

De cercanías, miradas y fidelidad

 

¿Por qué todo el alboroto sobre la fidelidad?

No tiene nada que ver con nuestra propia voluntad. Los jóvenes quieren ser fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden. Eso es todo lo que se puede decir.

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde

Los cojones, querido Oscar.

Era un jueves. Hacía calor. Llego tarde y mal, como siempre, al tren. Dirección Valencia. Carmen y Justo entran un par de paradas más adelante, cogidos de la mano. Él camina delante, como si el aire fuera misterio. Como si no supiera lo que puede encontrarse en cada paso. Aun así, camina valiente y decidido. No dejará que a ella la sorprenda nada. Si hubiera alguna bala, nunca la alcanzaría. Justo no lo permitiría. Detrás, Carmen le sigue, sonriente, con la tranquilidad de quien tiene un ejército custodiando su castillo.

Sé sus nombres porque el adorable señor mayor de mi lado los conocía y empezó a hablar con ellos. También sé que tenían dos hijos y tres nietos. Justo y Carmen decidieron sentarse delante de nosotros. No se soltaron las manos en ningún momento, y qué jodido se les hacía dejar de mirarse entre ellos para mirar al señor de mi izquierda. Empezaron a hablar. Yo hice como si no escuchara nada, pero lo hice.

— Carmen, cariño —dijo Justo—. Igual cierro los ojos y pego una cabezadita, si te parece bien.

— Claro. —contestó ella, mientras se dirigía al señor sin nombre de mi izquierda, como si tuviera que dar alguna explicación—. Ayer no dormimos demasiado.

— Vaya, ¿que qué hicisteis?

Lo de todas las noches. Absolutamente nada. Estar uno junto al otro.

Miradas cómplices. Risas más que nerviosas por parte de ella. Se sonrojan. Lo entendí. El señor de mi izquierda no sabía dónde meterse. Él también lo entendió. No había lugar a dudas. Justo y Carmen estuvieron follando sin piedad toda la noche. BRA-VO. Entonces me fijé más en ellos. Allí no había costumbre ni tradición. Ni pizca de rutina. Nada de aquella mirada que tanto veo, esa llena de desolación y pena por haber tenido que obedecer un dogma externo y sin sentido hace tiempo. Solo dos manos sucias de construir placeres, entrelazadas como si la vida de sus hijos dependiera de ello. Tampoco había señal de arrepentimiento por todo lo perdido, de impotencia por aquello que no podrá venir ya que, dicen, no queda tiempo. Que se lo digan a ellos, y que ellos me lo expliquen a mí. Yo no llego a la treintena y estoy menos vivo que Carmen y Justo.

Durante todo el trayecto, cada frase y cada gesto de mi encantadora y salvaje pareja era un golpe al absurdo culto a la juventud que hoy puebla todo el puto mundo. Si Oscar Wilde hubiera estado a mi lado en el tren —porque todos sabemos que Wilde era mucho de ir a Valencia en Cercanías—, le hubiera tocado meterse la cabeza entre las piernas y admitir la derrota ante la obviedad. Que la altura en el que te encuentras del camino no tiene absolutamente nada que ver con la forma en la que decidas recorrerlo. Que el futuro es el más absurdo de los recuerdos, y el pasado una pila de promesas incumplidas. Que hay belleza en las arrugas y en los años marcados en la piel. Que nunca es tarde para reírnos de la muerte, follar como animales y bailar con la incertidumbre, para recordar que no hay recuerdos y admirar a quien respira sabiendo cómo hacerlo. Para seguir caminando sin traicionar tus propios pasos. Diría que Justo no es de los que miran hacia atrás. Más bien, hacia el escote de Carmen. Y a sus ojos. Y de nuevo, hacia su escote. Y no creo que haya nada en este puto mundo que la importe una mierda a Justo salvo su mujer. Ojalá alguien me mire alguna vez como este hombre miraba a Carmen.

Bajaron en la penúltima parada, comiéndose con la mirada y sin soltarse las manos. Apretándose para no escaparse. Con la tranquilidad de dejarse existir. Alcancé a escuchar, poco antes de perderlos de vista, que Justo le decía a su amigo que tenían intención de pasear. El señor sin nombre le preguntó que hacia dónde. No llegué a oír la respuesta, pero me la puedo imaginar. Hacia ningún sitio. Justo no parecía de los que necesitan destino para construirse su camino. Más bien de los que pasean por pasear, porque pueden. Porque les da la santísima gana. Pero siempre —y digo siempre sabiendo que es una palabra de las que pesan demasiado como para levantarlas uno solo. Tanto que, a mí. me aterroriza su eternidad. Pero tengo la corazonada de que Justo se la tatuaría sin dudarlo en el pecho—, siempre, junto con Carmen. No creo que exista tormenta en este lado del hemisferio que sea capaz de derribar su sonrisa.

Carmen y Justo han encontrado su siempre y no hay nada más que entender. Como aquellos maravillosos primeros minutos de Up. Como la tempestad de melancolía y añoranza que inunda los ojos de mi abuela cuando recuerda a mi abuelo. Y yo no puedo dejar de sorprenderme y admirar esto, porque nada hay más rebelde en estos tiempos de adoración a la disconformidad, a la contracultura y a la instantaneidad que casarse con la fidelidad con un para siempre de testigo. Es el principio de todo. La partida de todas las partidas. El final de todo comienzo. Ese, en el que alguien decide rendirse ante la evidencia porque sabe que, más allá de ella, qué cojones, no hay nada. Absolutamente nada.

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